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Suerte


  Tarde de sábado, llovía, yo tomaba café con leche en un barcito.
  Sentado en una mesita arrinconada contra una esquina, alternaba el partido de fútbol entre el Zaragoza y el Madrid con la vista que se me ofrecía a través de la ventana: las chicas iban y venían, corriendo bajo el agua, mojando sus cabellos y provocando pensamientos no muy santos en los que yo las secaba con una minúscula toalla. Pasaba una chica y mi vista y mi imaginación se iba tras ella, hasta que se perdía doblando la esquina.
  Volvía al partido un rato, miraba el peloteo ir y venir, y cuando se presentaba otro momento de pesadez en el que la pelota no salía del mediocampo, otra vez buscaba con mi mirada una chica mojada, una adolescente rebelde que hubiera salido sin paraguas y sin abrigo y a quien la lluvia atacara de camino a mi casa donde yo, nervioso, dando vueltas, acomodando los almohadones de mi cama y tirando una y otra vez perfume sobre las sábanas, no dejaba de mirar la ventana y calcular el tiempo que tardarían mis padres en volver.
  Y mientras me perdía en recuerdos, mi mujer entró al bar.
  Llegó como llega el invierno, con los rulos aplastados y los pies sudando charcos.
  Se acercó a mi mesa y se sentó de espaldas a la televisión, encendió un pucho con olor a humedad y me dijo:
- Tenes suerte de que llueva, sino te habría confesado una infidelidad.

Ana y la lluvia, de Sebastían Castro

Comentarios

  1. ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh, me mataste.

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  2. Este ya lo leí, pero en una versión más corta y en la cual no había recuerdo de la primera vez. ¿Es la primera vez con la mujer o es una chica distinta?

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  3. La melancolía y tus cuentos. ¿Sabías que siempre me arrancas una lágrima?

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