jueves, 21 de mayo de 2009

Burundanga

Todo se me había dado: hacía frio, podía invitar a Jésica a tomar un café con esa excusa y encima era Viernes y había cobrado la quincena, por lo que me alcanzaba para una buena habitación en un telo, con televisión y todo.
Baje del tren en la estación de Morón y fui derecho para Nuevo Morón, la pizzería en la que me esperaba mi chica.
- ¡Rubén! -Me llamó desde su mesa, pegada al vidrio de 9 de Julio. -Te extrañaba, ¡tardaste mucho en llegar!
- Es que salí más tarde. -Le explique mientras la besaba y recorría con mis manos todo su contorno. - Yo también te extrañé, hoy tuve un día de mierda. Pero ahora estamos solos los dos y no importa nada más, salvo que nos corramos de la ventana.
- ¿Qué nos corramos de la ventana?
- Sí, no me gusta este lugar.
- Pero desde acá se ve la Estación y la Plaza; podemos ver a la gente haciéndo cola para tomar el colectivo y a los vendedores ambulantes vendiendo chucherias y cd's truchos. Además, si pasa algún conocido, podemos saludarlo y aumentar nuestra vida social, que siempre estamos solos y no quiero que a la larga eso repercuta en nuestra relación, que nos termine aburriéndo al uno del otro.
- Mirá, no me interesa estar expuesto frente al vidrio, siento que soy un muñeco en una vidriera; además no te veo en toda la semana y lo único que quiero es estar con vos y si viene algún conocido me voy a poner de la cabeza porque me va a sacar el poco tiempo que tenemos para estar juntos. ¡Por favor, Jésica, estuve toda la semana pensándo en vos, deseándo verte, vamos a un lugar más intimo!
Convencida Jésica, agarró su cartera y nos fuimos más adentro de la confiteria. Pedimos café con tostados y ella comenzó a contar su semana. Hablaba y hablaba de los cursos que había comprado en Educap, que había pasado el cobrador por la escuela y no sé qué; que al parecer una de sus alumnas se había rajado con el novio y hacia dos días que no aparecía por la casa y era una verdadera lastima porque era de las que mejores notas tenía; que había descubierto un método para que la carne picada no se le pusiera negra y era meterla en taper apenas la compraba y frizarla en el momento. Todo eso me contaba y yo opinaba acá y allá, mientras me devoraba los sanguches uno atrás del otro pensándo cuando seria el momento políticamente correcto para pedirle que paguemos y nos vayamos corriéndo a encerrarnos en una habitación en cualquier hotelucho: tenía muchas ganas de acostarme con ella y decirle muchas cosas bonitas para hacerle bajar la guardia y que se ponga gauchita.
Apure mi café, pague los tostados y las bebidas y Jésica seguía hablándo. La interrumpí:
- Amor... Me encanta escucharte, pero me parece que la podemos seguir afuera. Ya pague y el mozo me mira con mala cara, capaz que ya van a cerrar.
- Pero Rubén, ¡recién son las diez de la noche!
Era muy temprano, era cierto, así que rápidamente invente otra cosa:
- No importa, vamos. Pobre tipo, imaginate que cuanto antes nos vayamos, más temprano va a poder retirarse. Además, debe estar ansioso por recibir mi propina. Tal vez le faltan dos pesos para comprarse un Parliament. Fijate la cara de transnochado que tiene, el desparpajo para vestir el saco y el jean: capaz que es un loquito y se saca si no fuma; dale, vamos, que nos mira raro.
Mi chica tomó su cartera y su abrigo mientras miraba con desconfianza al mozo y mientras salíamos se pegó a mí.
- ¿Qué hacés?
- Te abrazo, ese mozo me da miedo, ¿viste como me miraba? Vamos, rápido Rubén, no quiero quedarme más acá.
- Bueno, vamos, pero soltame el brazo, que es mejor que estemos separados, por si el loco del mozo nos corre.
- Está bien, pero ¿para dónde vamos?
- No sé, vos camina.
Empezamos a movernos por Sarmiento. Seguimos de largo la feria y las paradas del 236; hicimos zig-zag y sin querer ya estabamos en la puerta del hotel que está frente a las vías.
- Uh, amor... Un hotel.
- ¡Rubén! Pensé que me ibas a invitar a tomar un helado, jugar al pool o unas fichas en el Bingo. Pero vos solo me querés para meterme en la cama.
- No es así. Yo quería jugar un par de cartones, pero si nos volvemos ahora capaz que nos cruzamos con el mozo loco. Dale, entra, que escucho pasos.
Entramos; nos abrieron una puertita, luego una rejita y pasamos a un largo pasillo de sillones aplastados donde varias parejas esperaban con nerviosismo su turno. Luego de esperar un rato haciéndonos arrumacos, nos dieron nuestra habitación, al final de un pasillo y al lado de la lavanderia.
Entre y salte de culo sobre la cama; el colchón estaba vencido, así que mucho no rebote.
- Este lugar es horrible.
- Pero acá estamos tranquilos. Vení, dame unos besitos.
- Es que no estoy tranquila. Se escuchan los lavarropas. Pone la radio.
Puse una cumbia espantosa en la radio, empecé a besarla mientras maniobraba para quedarme en calzoncillos. Entre besos tenía que ir diciéndole cosas dulces, no fuera a ser que se pusiera en chica recatada.
Unos minutos tarde y luego, ya despojada de su vergüenza por mis palabras de amor, empezó con las palabrotas.
Jésica gritaba y decía cochinadas y yo se las respondía y la habitación ya era un baño romano. La noche no podía ser mejor: ¡tenía una mujer a mis pies, buena de los pies a la cabeza, haciéndome todo lo que yo quería. y solo me había costado unos tostados y un par de cafés!
Estaba a punto de llegar al punto de máximo esplendor, con Jésica navegándo arriba mio, cuando un fuerte golpe me hizo saltar el corazón.
- ¡Hijo de puta, estás acá!
Tirando la puerta abajo, entró mi mujer. Sin darme tiempo a nada, mi gordita Viviana se metió en la pieza y de un fuerte trompada en la cabeza revoleó a Jésica al otro lado de la habitación.
- ¿Ya cobraste y ya estás tirándo el dinero con cualquier puta? ¡Desde el pasillo que escucho las cosas que te decía la trola! ¡Pero ahora vas a ver, te voy a cagar a trompadas para que aprendas a no meterme los cuernos!
- ¡No, gordita, no! ¡No entendés! ¡Yo te voy a explicar lo que pasa acá!
Mi mujer miró a Jésica, que había caído desmayada a un costado de la cama y me dio un minuto para que le explicara y guarda con mentirle porque me iba a romper todos los huesitos.
- No, Vivi, no me rompas ningún huesito,-le supliqué de rodillas y esforzándome por llorar:- mirá, alguien debe de haberme buchoneado, alguien me vendió, enterado de que yo cobre hoy. Y por eso está mina se me acercó, me roció con burundanga y me trajo acá, casi hipnotizado, para sacarme el dinero. Luego me desnudó y me quizo violar, amor. ¡Me drogó con burundanga!
Mi Viviana se enterneció, aflojó el enojo y me abrazó.
- ¡Mi bebé! Quedate tranquilo que ahora estás con mami y ya no te va a pasar nada. Vayamos a hacer la denuncia, ¿si?
- ¡No, gordita, la denuncia no! ¡La policía se va a reir de mí! ¡No me hagas eso! Mejor vayamos a casa y olvidemos todo.
Salí del hotel apurándo a mi esposa: "vamos, amor, apurate y tomemos un taxi, que está oscuro, no quiero que me afanen". No fuera a ser que Jésica despertara y descubriera la verdad sobre su desmayo antes de que se me ocurriera una buena mentira.