viernes, 24 de diciembre de 2010

Navidad de 1987

Felices fiestas para todos: abrazos a todos los que los merecen, perdón a todas las personas que dañé, y los mejores deseos para el próximo año.

Acá pueden leer Navidad de 1987 (está publicado en El Cuento del Día, por ahí les pide sus datos de Facebook para ingresar).

Y por si acaso, por si no tienen cuenta de Facebook o están vagos, aquí tienen el cuento:

Navidad de 1987

  Era la Navidad de 1987; yo tenía 9 años, o un poco más. Ese año, dado que mi viejo tenía que laburar toda la noche, no fuimos a la casa de la abuela y nos quedamos a pasar la Nochebuena en el Parque. Para mí era un alivio porque al ser el más chico de la familia tener que visitar a la abuela era condenarme al aburrimiento. Mis primos tenían todos como veintipico de años, y el festejo se componía de una cena sobria, después abrir regalos, mirar por la ventana los fuegos artificiales y sacar un juego de mesa y sentarse toda la familia a tirar los dados. Yo quería tirar baterías y triangulitos, pero mi mamá no me dejaba y no había ningún chico que actuara de complice.

  En cambio, cuando nos quedabamos en casa, pasadas las doce de la noche yo corría con mis regalos a la casa de mis amigos, del Rulo o Guillermo, o venían ellos a buscarme y nos poníamos a jugar y luego, a escondidas para que los grandes no nos retasen, juntabamos toda la pirotecnia que Don Vicente el kiosquero nos había vendido de contrabando y el Rulo que era el más grande, tenía once años, los encendía y rajabamos a ocultarnos para que la vecina no viera quien era el que le había tirado el petardo al perro.
  Llegaron las doce de la noche; mi vieja se puso a brindar con sus hermanas, hermanos y con mi abuela. Después, mientras los grandes salían al patio a ver los fuegos artificiales, yo me fui junto al arbolito y desenvolví mis regalos: quedé medio decepcionado porque yo quería un viríl He-Man y en cambio me encontré con un afeminado Principe Adam. Sin embargo puse una sonrisa y tomé de mi cuarto un cuadro con mi foto y un marco pintado con brillantina y papel glasé picado que habíamos hecho en clase y se lo llevé a mi mamá.
  Tras sus besos de agradecimiento y tras comer una ensalada de fruta, me disponía a salir, cuando empezaron a golpear muy fuerte la puerta de casa. Mi vieja fue a abrir: era Elsa, la mamá del Rulo. Lo llevaba de la mano y desencajada le decía algo a mi mamá. Mi mamá se volvió, le comentó algo a mi abuela, y salió. Yo quise seguirla, pero mi abuela me lo impidió.
- Comete la ensalada. -me dijo.
  Terminé la ensalada, el ambiente se había vuelto extraño, todos hacían silencio. Pregunté si pasaba algo malo, pero nadie me dijo nada y me mandaron a la cama.
  Les dí un beso a todos, me metí en mi habitación y me escapé por la ventana. Corrí a la casa de Guillermo. Había un patrullero y una ambulancia y muchos vecinos frente a la casa de mi amigo. Elsa y mi vieja abrazaban a la madre de Guillermo; el Rulo, apartado, hacía picar una pelota en medio de la calle. Mi vieja me vio venir, y en su cara le ví la intención de echarme, pero esquivé su miraba y me dirigí al Rulo.
- ¿Qué pasó?
- Se murió el papá de Guillermo.
- ¿En Navidad?
- Sí. Lo mató el vecino de enfrente. Se lo llevaron preso.
  El Rulo no sabía más, pero después me enteré lo que había sucedido. El vecino se había puesto a festejar la llegaba de la Navidad disparando su arma al aire; una de las balas se metió por la ventana de la casa de mi amigo y le voló la nuca a su padre, justo cuando el tipo descorchaba un ananá fizz.
  Por la puerta de la casa aparecieron los enfermeros, sacando en una camilla el cuerpo envuelto en una sábana manchada por todos lados de sangre. La madre de Guillermo se puso a gritar y se arrojó sobre el cadaver de su marido, mientras los vecinos hacían fuerza para apartarla. Con el Rulo nos metimos dentro de la casa, aprovechando la confusión. No veíamos a nuestro amigo, así que imaginamos que estaría dentro. Cruzamos por un pasillo a oscuras, iluminado al fondo por las luces del arbolito de la Navidad; doblamos a la derecha y ahogué un vómito frente a la mancha roja amarillenta que teñía el mantel, donde se veían fragmentos de algo que parecía carne picada. El Rulo me empujó y entramos al cuarto de nuestro amigo.
  Allí estaba él, sentado en su cama, mirando fijamente la pared, mientras disparaba una y otra vez un revolver de cebitas sin cargar.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Cartero

Charles Bukowski
Cartero
Anagrama, 2001

  Tanto me hablaron de Bukowski -algunos a favor, otros en contra, tanto de sus prosas como sus temas- y tantas noches me pasé bebiendo cerveza tras cerveza en el bar de Castelar que lleva por nombre el apellido del escritor, que un poco leerlo se había vuelto una asignatura pendiente. Me hice con el primer libro que encontré, pero ahí quedó, relegado a la pila de libros para leer. Pasó el tiempo y me había olvidado de él, hasta la angustiante noche previa a que mi señora me abandonara.
  En realidad Silvia me había dejado mucho tiempo antes, pero aún quedaban en casa pilas y pilas de cajas con cosas suyas y vendría a buscarlas durante el transcurso de la siguiente mañana, con un flete, para que se hagan una idea de la cantidad de cosas que había.
  Tener todo eso en el comedor no le hacía ningún bien a mi compostura, de a ratos me entraban ganas de tirar todo por la ventana; luego, quería acomodar las cosas en sus lugares originales -el tipo estaba negado a que la mina se le fuera.
  Buscando alguna forma de entretenerme para pasar la noche volví a tomar un libro -los días previos me había hecho una panzada de Bioy Casares. Necesitaba alguna lectura distinta, para variar un poco. Así que me acordé de Charles y me fui al otro extremo. ¡Cuanto bien me hizo!
  Cartero nos cuenta el proceso a través del cuál se convirtió en escritor Henry Chinaski: podría haberse llamado Charles Bukowski y era lo mismo, dado que en definitiva es una autobiografía ficcionalizada. El tipo realiza trabajos de porquería, el principal y más terrible es el de cartero. Al tiempo que nos narra su vida laboral, también nos cuenta sobre las relaciones que entabla con las mujeres. Y ahí está la parte interesante. Chinaski, cada vez que se le plantea una separación, no se hace ningún drama, sabe que a la vuelta de la esquina hay más cerveza, el hipódromo, y alguna mujer que va a querer meterse en su cama.
  Por ejemplo, al terminar con Betty:

jueves, 16 de diciembre de 2010

Posando una mano cálida sobre su brazo

  Subí al tren en Padua, empujando, como siempre. La presión de los pasajeros que entraron detrás me tiró contra el lado contrario haciendo que casi me estrole contra una hermosa chica que descansaba la espalda contra la puerta. Para no apoyarla estiré mi brazo por encima de su hombro mientras hacía fuerza con mi cuerpo contra las personas que tenía detrás, buscando mantener lo más grande posible la distancia entre la muchacha y yo.
  El tren arrancó. De refilón, examiné a la chica: un rostro pequeño, con algunas pecas, el cabello castaño larguísimo, un vestido blanco que mostraba dos pechos duros y medianos y más abajo lo que desde mi ángulo parecían dos piernas carnosas, justo como me gustan a mí. Yo estaba con bermudas y el vaivén del tren de a ratos me tiraba contra ella. Por arriba podía mantenerme a raya, pero por debajo mis piernas se rozaban con las de ella y ella esos momentos miraba hacia el techo y yo rápidamente corría mis pies y trataba de retroceder un poco, sin dejar de sentir una hermosa sensación de frescura y de ganas de hablarle, de decirle algo bonito y no el simple perdón que susurré a la tercera vez que mis pantorrillas se tocaron con las de ella.
  Ella asintió con un gesto y siguió mirando el techo. Yo quería decirle algo, pero no me animaba. Se me ocurría que una buena era, la próxima vez que nuestros cuerpos se juntasen, pedirle perdón nuevamente y luego invitarla a tomar algún refresco a fin de compensar la incomodidad. Pero eran las 9 de la mañana, seguramente la chica iría a trabajar y no iba a bajar del tren para beber algo conmigo. Además era una excusa muy remanida, lo mismo que ponerse a comentar sobre la temperatura y que no llueve más y qué hacés viajando a esta hora y fijate que mal funcionan los trenes.
  No. Lo que yo necesitaba era un argumento único, jamás usado, algo que la sacara de lugar, que la dejara sin palabras y que no la dejara decirme que no a nada; algo que convirtiese la pesadilla del viaje en un día inolvidable en el que un flaco se había enamorado de ella a primera vista y ella se había enamorado de él cuando escuchó eso tan lindo que la puso patas para arriba. Es que la tenía tan cerca, sentía su perfume, con un dejo de sudor por debajo, su aliento fresco. Sus ojos parecían emanar un brillo tal que nunca había visto en mujer alguna; sus mejillas, levemente rosadas por el calor, tenían un halo de pelusita apenas perceptible que me daban ganas de pasar mis labios por ellas para terminar en la boca pastoza de labial.
  Pero no se me ocurría ninguna forma de empezar el contacto, solo frases tan usadas como una silla gastada, tan obvias como escribir un cuento sobre un trencito de vapor.
  Entonces, cuando la formación se detuvo en Castelar mientras se realizaba el cambio de vías, me vino la inspiración. Ahí estaba la frase, era única, original, ganadora, un trapo rojo, un matambre de Olga. Me aclaré la garganta, me incorporé, metí panza y corté unos centímetros de distancia buscando su mirada. En un movimiento rápido, lo más casual que me salió, mi brazo se resbaló y llevé mi mano hacia su brazo. Ella bajó la vista del techo, clavó sus pestañas en las mías y cuando yo separé mis labios y mis cuerdas vocales articularon la primera sílaba de la inolvidable frase, la chica se puso a llorar.
  Así, de la nada.
  Comenzaron a brotarle lágrimas, le caían despacito, ella ni sollozaba ni nada. Me miraba y lloraba. Yo no sabía que hacer. ¿La abrazaba? ¿O era que la había acosado mucho, frotando mi pierna contra la de ella? ¿Tal vez se había dado cuenta de que en dos estaciones no le saqué el ojo de encima? Aunque hacía calor; sí, esa era una buena explicación. Le había bajado la presión, probablemente no había desayunado. Ahora tenía que preguntarle si se sentía bien. Invitarla a bajar, a comer un tostado. Y tenía que hacerlo rápido, porque los demás pasajeros iban a notar que ella lloraba, en silencio pero copiosamente, y yo corría el riesgo de que alguno se hiciera el galán y la invitase primero.
  Hice acopio de valor.... Pero no me salió nada.
  El tren comenzó a moverse e ingresó en los andenes de Castelar. Me bajé y me alejé.
  Ella sigue detrás mio, llorando.

Llorona maquea, de Ana Carvallo

lunes, 6 de diciembre de 2010

seis del doce

  La casa está vacía, salvo las cajas desparramadas a lo largo y ancho. Suspiro y apago la luz.

martes, 16 de noviembre de 2010

La noche de los perros


  Antonio caminaba pegado a las paredes: en el barrio comentaban que si uno no quería quedar como un gil tenía que marchar por el medio de la calle, pero él estaba seguro de que yendo por la vereda tendría más chances de saltar una reja y meterse en un zaguán u ocultarse tras un árbol en caso de que doblando la esquina apareciese algún chorro o una bandita con ganas de punguear. Sacó el celular y miró la hora: no vio nada, porque la pantalla no tenía luz de tan casqueado que estaba, y no había mucha iluminación en el barrio. Debía ser, calculó, alrededor de las dos de la madrugada. Media hora antes había salido de su casa en busca un kiosco: su novia llegó de visita después del trabajo y, como no la esperaba, la heladera estaba pelada y en la alacena solo había migas: sabiendo que si ella no comía se ponía de un humor de perros, había salido a buscar algún lugar abierto donde comprar aunque sea unos alfajores.
  En el cruce de Pedriel y Olazabal, un perro que dormía junto a un portal levantó la cabeza cuando pasó y lo miró con sus ojos lagañosos. El perro se había escapado por la tarde tras una hembra en celo, y tras dar andar diez cuadras, en las cuales se prendieron otros nueve perros callejeros, intentó abordar a la perra. Ella mostró sus dientes, le tiró tarascones y los otros animales no se quedaron atrás, “que se vaya”, le dijeron, “que se vaya, perro feo”, mientras lo corrían por toda la avenida para destrozarlo a dentelladas. El perro, que se llamaba Pupi por culpa del niño de la casa, era medio rengo por culpa de un camionero que había chocado por culpa del perro al esquivarlo para no pisarlo cuando se le atravesó en el camino: viendo el daño el conductor había bajado del vehículo y le pegó tal cantidad de palos que le quebró la patita al animal. Ahora el perro no era atractivo para las perras por culpa de su pata renga, y tras el rechazo amoroso no había tenido otra cosa que hacer más que volver a su casa; pero como era medio desorientado, le había costado trabajo encontrarla y al llegar ya estaba la puerta cerrada, por lo que se echó en el piso a pasar la noche.
  Nicolás dormía con sus pies fuera del cobertor: aplastaba bajo su cuerpo a Pupi, el oso de peluche. Pupi debía su nombre al único balbuceo que podía articular el bebé, su dueño. El niño soñaba con la teta gigante de su madre, aunque esto era una cuestión de perspectiva, ya que el marido de la señora opinaba que las tetas de la misma no eran tanta teta como el desearía, una tetas como las de la verdulera, esa sí que tenía busto. Gracias a ese par de pechos nunca se había visto tal cantidad de hombres haciendo los mandados los domingos. Sus mujeres, contentas, y ellos, boquiabiertos.
  Perla, la verdulera, estaba próxima a cumplir los cuarenta años. Ya se había retirado de la conquista amorosa desde que había liado al carnicero del barrio, pero aún así gustaba de llamar la atención y por eso vestía anchos escotes y por eso mismo estaba despierta a esa hora, esperando todavía diez minutos más antes de sacarse la mascarilla para eliminar imperfecciones de su rostro. Mientras se miraba desnuda en un espejo para corroborar que aún su cintura era más delgada que la de la esposa del carnicero: seguía igual de ajustada que siempre. “Entonces”, se preguntaba, “¿por qué llega tan cansado?” Y una y otra vez se daba la misma respuesta: “seguro que debe estar comiendo en casa, con esa yegua de la mujer, no sé cuando la va a dejar. Por mí que siga con ella, pero que no me quite la verdulería que me puso”.
  Sonó el timbre de calle.
  “Es el carnicero”, pensó Perla, y se echó sobre los hombros lo primero que encontró a mano: una toalla que había usado para enroscarse el pelo recién lavado y que estaba echa sopa sobre una silla.
  Antonio se había hartado de caminar buscando un kiosco, así que al pasar por la verdulería se decidió a probar algo osado: al ver luz por la ventana de la casa contigua al local pensó que a lo mejor los dueños del mismo vivirían allí y si así era tal vez le podían vender unas frutas o algo de verdura para improvisar una ensalada para su novia.
  La puerta se abrió y Perla y sus pechos vestidos solo con un corpiño aparecieron. El muchacho trató de no mirar más que el rostro de la señora, pero le era difícil porque este estaba cubierto de una pasta verde, y además esas tetas eran demasiado grandes como para ocultarlas de la vista, más que la toalla que traía la mujer sobre los hombros chorreaba agua y esta caía en un delicioso hilillo por el surco. Haciendo un esfuerzo increíble, le dijo que “disculpe la hora, pero quería saber si usted es la dueña de la verdulería porque tengo urgencia de comprar melones... Es que vino una amiga a visitarme y no tengo nada que darle de comer... Por favor, está con hambre y si no come se pone de un humor de perros”. “Espera que me voy a vestir”, contestó Perla, después de reaccionar y darse cuenta que estaba media en bolas delante de un desconocido y luego de sopesar si no sería un chorro o si habría algo raro tras el extraño pedido. Roja de vergüenza pero halagada por la mirada del joven, Perla entró a su casa, se quitó la mascarilla, se puso una remera y volvió.
  “Vas a tener que ayudarme a levantar la persiana, porque no tiene puerta”. Perla se agachó y quitó los candados. Antonio comprobó que la figura era apetitosa, mirase por donde mirase. Entre ambos levantaron la persiana y el aire se impregnó de un fuerte olor a lechuga. En la oscuridad, desde el fondo del comercio, se escuchó un gruñido. “Pedra, vení para acá. ¡Pedra!”
  La perra había sido encerrada en el local como un favor a una vecina que tenía terreno al frente y con la perra en celo no podía dormir del desfile de animales frente a su domicilio. Encima la perra era una perra atorranta, que a cada rato se escapaba para ir a provocar varones, y la vecina no quería que quedase otra vez preñada. Así que al volver Pedra de sus aventuras por la tarde, la agarró por el collar y le pidió a la verdulera si la podía encerrar en el negocio esa noche, que la metería dentro de su casa, pero su marido no quería, que le molestaban los animales adentro y no quería que se pusiere enojoso.
  Pedra mostró los dientes y se acercó con el lomo arqueado: la verdulera no era nadie para darle órdenes, y encima molestarla justo que mordisqueaba un pepino.
  “Es la perra de mi vecina, sabe lo que me cuesta decir que no y me trajo el animal para que lo cuide. ¿Ahora como entramos? Esta perra malcriada no le hace caso a nadie. Mira si nos muerde”.
  Haciendo acopio de valor y pensando que si no comía su novia se pondría de un humor peor que el de Pedra, dio un paso en el local a oscuras. Desde atrás de una pila de cajones de tomates saltó el animal. Ambos cayeron al suelo y comenzaron a dar vueltas, hasta que, cerrando Pedra su mandíbula, tomó al chico del pantalón, a la altura de la cola, y le arrancó un pedazo que se quedó masticando mientras el pibe huía hasta la entrada del comercio.
  “Mejor cierro, que esto va a terminar mal”. “No, por favor, espere que agarro dos naranjas, aunque sea”. “No te preocupes, vení a casa y cocino algo y de paso te coso los pantalones”. “No, por favor, no se moleste”. “No hay problema, me gusta cocinar y coser. Además, tengo la heladera llena de carne. ¿Cuál es tu comida preferida?” “Las marineras”. “Serán marineras, entonces”.
  Bajaron la persiana, pusieron los candados, y entraron a la casa de Perla.
  Atravesaron un pasillo e ingresaron a una amplia cocina donde la verdulera, tras decirle que se sacase los pantalones para coserlos luego, se puso manos a la obra y en un segundo, mezclando harina y carne, preparó unas marineras. Tomó una sartén, le echó aceite y la puso al fuego. “Ahora, apenas calienta el aceite, pongo la comida a freír y te llevas unas milangas espectaculares”, dijo mientras se daba vuelta sonriendo. Al hacer esto tuvo el pequeño accidente: con su cuerpo empujó la sartén y la sartén se dio vuelta y el aceite saltó hacia ella: no estaba tan caliente como para aullar de dolor o levantar la piel, pero Perla se asustó y comenzó a gritar igual. Solícito, Antonio estuvo al instante junto a ella y la ayudó a sacarle la remera. El aceite había traspasado la tela. “Vamos junto a la canilla así te limpias… Ahí sale todo”. “Sí, te quedó medio colorado, ¿te arde?” “No, no me arde para nada”. “Pero tenés la panza coloradita”.
  Antonio estaba en calzoncillos y enseguida se notó como lo perturbaba el juego de tocar a Perla. Perla, que estaba extrañando los juegos con el carnicero desde hacia días, también reaccionó, y tras que estaban ambos con poca ropa, de ahí hubo un paso a que estuviesen sin ninguna.
  Un rato largo después, Antonio prometía volver y salía con el pantalón roto y un atado con marineras bajo el brazo. Comenzó a desandar el camino.
  En la esquina de Pedriel y Olazabal, el mismo perro que lo había mirado a la ida, levantó la cabeza entre su sueño y lo observó nuevamente. “Este ya pasó por acá”, pensó Pupi. “Pero... ¿qué es ese aroma? ¿es el aroma de la dama que seguí hoy? No puede ser, no puedo controlarme, desde esta tarde que ese perfume me tiene loco”.  Pupi se abalanzó sobre Antonio, desorientado como siempre, confundiendo al muchacho con su amada. Él quería refregarse un poco, pero el pibe pensó que otra vez un perro lo atacaba y empezó a correr.
  Nicolás, el bebé, se despertó con los gritos que pegó el acosado muchacho. “¿Pupi?”, dijo, y se puso a llorar. Su madre se levantó, sacó un pecho fuera del camisón y le metió el pezón en la boca para que se durmiera otra vez. El niño se sintió colmado y enseguida se le pasó la rabieta. Desde la cama, el marido de la señora, que se había despertado por culpa del llanto, se tapó la cabeza con la almohada y se preguntó cuando se destetaría ese niño, que ya le están saliendo dientes y la mordisquea toda a Susana y después no se deja ni tocar. Las mujeres son todas iguales, como esa verdulera que tanto muestra y tan poco vende.
  Afuera, con el perro tras él, Antonio recordó aquellas palabras que decían de noche era mejor caminar por la calle que por la vereda, pensó que tal vez no hacían referencia a chorros sino a perros enojados, así que decidió probar, bajó el cordón y siguió moviendo sus pies por el asfalto. Pupi no aflojó. Rengo y todo, corría tras su presa y pensaba en todo el amor que le ofrecería a esa perra ahora que no había otros perros que compitiesen con él.
  El muchacho estaba desesperado, esa noche le había tomado un miedo atroz a los perros. Ya sin saber que hacer para escapar de su perseguidor, abrió el paquete de marineras y se las arrojó. El perro, que desde que se fuese ese día temprano de su casa no había probado bocado, aminoró la marcha y volvió tras las marineras. “Es que si no tengo el estómago lleno no voy a poder rendir frente a ella. Si me alimenta, es porque me quiere conquistar. Que ya sabemos que las mujeres predican esa creencia de que al hombre se lo conquista por el estómago. Que quien sabe cocinar, ya se puede casar. Que tortas y postres para el novio y un cerdito para la boda”. Esto cavilaba Pupi, comiendo en medio de la calle, y no vio venir el camión. El camionero sí lo vio, pegó un volantazo y se la dio de lleno contra un árbol.
  Tomándose la cabeza, el conductor descendió y al ver el daño comenzó a putear y se abalanzó contra el perro, que si bien rengo podía correr, ya no tenía la misma velocidad después de dos kilos de marineras. Un palazo tras otro palazo recibió y un gran golpe en una de sus patitas sanas que se quebró en dos.
  El muchacho abrió despacito la puerta de su casa: las luces estaban apagadas, por lo que pensó que su novia se había dormido, pero no, solo estaba sentada en la oscuridad, en el sillón, esperando. “¿Qué pasó que tardaste tanto?” “Es que no conseguí ningún lugar abierto donde comprar comida”. “Me cansé de llamarte, ¿cuándo vas a cambiar ese celular zaparrastroso que nunca funciona?” “Es que lo quiero así, aunque esté rotito”. “¿Y ese olor?”, preguntó y se acercó a olerle el cuello. Ahí se enojó y le vino el humor de perros que solía adoptar cada vez que algo le molestaba. “¡No se puede confiar en vos, yo me voy inmediatamente!” “¡No, mi amor, no es lo que vos pensás!” “¡Sí, es lo que yo pienso! Tenés un olor a marineras terrible: vos comiste en otro lado y a mí que me parta un rayo, sola acá, como una perejila!
  La puerta de la pieza se cerró con un estruendo. Antonio se acomodó para dormir en el sillón pensando que, si quería el perdón de su novia, debería olvidarse por un tiempo de comer marineras para evitar recordarle el motivo de la discordia. No le importó mucho, porque decidió, desde el día siguiente, incorporar más verduras a su dieta.

 Fotografía del señorísimo Julián Beroldo

lunes, 11 de octubre de 2010

2º Concurso El Cuento del Día



El Cuento del Día -proyecto mediante el cual se lleva un algo de cultura a las redes sociales publicando día a día, excepto los feriados, un poco de literatura- lanza su segundo concurso de cuentos: es una oportunidad excelente para probar la fama -hay más de 4000 personas que siguen el proyecto.
Aquí, las bases para que, sin demora, participen:

Bases y Condiciones.

1. EL CUENTO DEL DÍA convoca al 2º Concurso literario “El Cuento del Día”, edición 2010. 

2. PUEDEN OPTAR A ESTE PREMIO autores de cualquier edad y de todo el mundo.

3. SE PREMIARA un cuento que puede ser largo, corto, de cualquier género, de cualquier estilo; la condición indispensable es que sean cuentos: no participarán poemas, aforismos ni ensayos ni nada que no sea un cuento. Un microcuento sí, porque es un cuento, pero más cortito.

4. EL PREMIO consistirá en la publicación del cuento en El Cuento del Día y un pequeño premio sorpresa. No te vamos a publicar un libro ni te vas a ganar un millón de pesos ni te van a entrevistar para ningún suplemento de cultura (bueno, puede que sí, pero no por culpa nuestra). Es un premio simbólico, pero no por eso menos importante. A criterio del Jurado podrán otorgarse dos menciones especiales.

5. EL JURADO estará integrado por el equipo de El Cuento del Día y prestigiosas personalidades del mundo literario.

6. LOS TRABAJOS se presentarán via mail a cuentodeldia@gmail.com en formato html, doc, pdf o txt.

7. CADA PRESENTACIÓN deberá contener los datos personales del autor -nombre, apellido, nacionalidad, ciudad de origen, mails y/o teléfonos para contactarlo.

8. LA OBRA u obras presentadas deberán ser inéditas, aunque si escribiste un cuento y lo publicaste en tu blog o en algún otro nos lo podés mandar igual y por supuesto, deberán ser obras no premiadas. Una obra que haya resultado previamente premiada quedará automáticamente descalificada.

10. EL PLAZO para la admisión de las obras cerrará el 10 de diciembre de 2010 a las 23 horas de Argentina.

11. EL FALLO del Jurado tendrá lugar en el final del mes de diciembre de 2010 y será por mayoría simple entre todos sus miembros. Las decisiones del Jurado serán inapelables, teniendo la facultad de declarar desierto el Premio.

12. TRAS EL FALLO del Jurado, EL CUENTO DEL DÍA se pondrá directamente en contacto con el ganador. Seguidamente, el resultado será publicado en El Cuento del Día durante la última semana de Diciembre de 2010 o en la primera de Enero de 2011, distribuyendose la obra bajo una licencia Creative Commons 2.5 Arg. En caso de resultar premiado, el autor se compromete a declarar bajo su responsabilidad el carácter inédito y no premiado de su obra, su total sometimiento a las bases del concurso, así como a poner su nombre a plena disposición de EL CUENTO DEL DIA a efectos de la posterior promoción y/o difusión del Premio y de la obra editada.

13. EN NINGÚN CASO se hara una devolución particular sobre las obras no premiadas ni se mantendrá correspondencia al respecto. Todos los mails con cuentos no premiados seran eliminados por El CUENTO DEL DIA. 

14. LA PARTICIPACIÓN en este premio implica aceptar, sin reservas, todas y cada una de las bases de esta convocatoria, entendiéndose que el incumplimiento de alguna de ellas será suficiente para dejar fuera de concurso la obra presentada.

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viernes, 27 de agosto de 2010

Recuerdo mojado

  Yo entiendo que una de las cosas más sagradas que hay en este mundo es la hermana de un amigo: pero si hubieran visto a Daniela como yo la vi, entenderían por qué se me iban los ojos detrás de ella cada vez que Víctor se daba vuelta para cambiar la yerba o cuando, con la excusa de ir al baño, dejaba de mirar los bodrios de partidos que mi amigo ponía los sábados por la tarde y entonces me metía por el pasillo y, sigilosamente, miraba por la cerradura como la chica dormía la siesta. Lo mejor era espiar en verano, porque en verano... El primer verano que la espié fue en el del ´93. Yo tenía diecisiete años y ella era una niña de trece, pero ya tenía las piernas que la distinguen. La espié y fue empezar a tejer fantasías y así pasé, como un estúpido, cinco años pensando en la forma de hablarle. A ella y a Víctor, porque no tenía ninguna duda de que él seria, ante una eventual relación, el primero en oponerse.
  Víctor y Daniela eran el día y la noche. La fragilidad de Daniela, sus buenas notas, sus buenos modales y la forma tan tierna de morder las biromes mientras estudiaba contrastaban con lo tosco de mi amigo, su desprecio para todo lo que no fuera fútbol y heavy metal y su forma de escupir tan precisa. ¿Yo? Yo era un tarado que durante mucho tiempo oscilé en el dilema de estudiar para sacar buenas notas y agradar a la hermana de Víctor o ratearme junto con él para tomar un vino en la plaza.
   Finalmente, como buen cagón, nunca confesé mis sentimientos por Daniela. Ni ella ni mi amigo se enteraron y con el tiempo me resigné a que ella iba a ser de cualquier otro, incluso de alguien a quien Víctor odiase, un médico o un abogado, menos mía.
  Terminé el secundario y los caminos con mi amigo empezaron a diferir. A él le gustaba el fútbol y el metal, y como no tenía actitudes para la pelota, decidió comprarse una guitarra. A pesar de su insistencia, rechacé invertir mis ahorros en una batería y puse todas mis energías en la Facultad.
  Poco a poco, como sucede a veces con las amistades de pibe, nos dejamos de ver. Que él estaba en un ensayo, que yo tenía que trabajar; que él tocaba el sábado a la noche, que yo tenía que estudiar.
  Igual, estudiar estudié, pero no me fue muy bien: cinco años después tuve que abandonar la carrera. Mi trabajo en el tallercito me permitía tirar, pero llegaba a clase tan cansado que buscaba los asientos del fondo para dormir. La última vez que el profesor me despertó, agarré mis cosas, salí de clase, y ya en la vereda le dije adiós a los estudios y a los deseos de ser un comunicador social. Empecé a caminar, pensando en el superpancho que me comería en la estación de Caballito, cuando un afiche mal pegado en un poste de luz me llamó la atención: Corroebalas, la banda que dos años antes creara mi amigo, tocaba el siguiente viernes en un sucucho de la capital y era la banda principal. Súbitamente me invadió la nostalgia: me dieron ganas de volver a escuchar la guitarra estridente de Víctor; sus canciones contra los caretas, los canas y los futbolistas que se iban a jugar al exterior. Además, se me ocurrió, tal vez Daniela asistiese. Solo pensarlo, afloró todo lo que sentí alguna vez por ella; me acordé de todas las veces que la espié, sigilosamente, por la cerradura y me dí cuenta de que eso era lo mejor que me había pasado en hasta ese entonces.

  Desempolvé mi vieja remera de Iron Maiden, tomé el tren y llegué al barcito. Me sorprendí, porque parecía un lugar de nivel y no un local roñoso como esperaba. Entré al barcito, estaba muy oscuro y al fondo, sobre un escenario apenas iluminado, estaban acomodando instrumentos. Había poca gente, toda sentada en mesitas. Traté de reconocer a Daniela entre esas personas, pero me fue imposible, así que me acerqué a la barra y pedí una cerveza que me salió un ojo de la cara. Corroebalas debía ser una buena banda para que tocara en un lugar en el que la bebida salía tanto.
  Un grupo de músicos subió al escenario: incluso en ese momento no sospeché nada, porque el impecable traje blanco que lucía Víctor me sonó a una ironía, una burla. Pero cuando mi amigo tomó la guitarra acústica, se sentó, y empezó a cantar canciones melódicas, se me vino la adolescencia abajo. Corroebalas hablaba en sus letras sobre amor, amistad y la paz del mundo. El mundo se había ido al carajo en dos años y yo no me había enterado.
  Terminé mi cerveza y pedí otra y otra más y para cuando Víctor y su banda terminaron de tocar yo ya estaba entonado y dispuesto a cantarle un par de verdades en la cara.
  Me sentía traicionado, y furioso lo abordé. “¡Víctor!”, lo increpé. Él se dio vuelta, puso cara de sorpresa y alegría y me abrazó. “¡Salí de acá! Vine a escuchar canciones contra los caretas y resulta que el careta sos vos! ¡Vestido de traje! ¡¿Dónde está el Víctor que yo conozco, el que se peleaba todos los sábados en la cancha?!” Tomado por sorpresa, mi amigo no sabía qué responder, y solo atinaba a hacer señas para que baje la voz para que no me echaran del lugar. Yo seguía gritando y vociferando y él trataba de meter alguna palabra.
- ¿Vos estás loco? -me susurró-. ¿Cómo vas a armar este escándalo?
- El que está loco sos vos. ¡¿Cómo vas a cantar canciones de putos?!
- Estás en pedo, estás en pedo, hace silencio, por favor.
  Víctor miraba para todos lados, rojo de vergüenza. Se dio vuelta y le dijo a alguien que me sacara afuera. Como me encontraba medio en pedo no pude ofrecer resistencia, y me empezaron a arrastrar hacia la vereda mientras yo no dejaba de gritarle: “¡Puto, careta, encima te pones la gorra y me echas del bar, ¿ves que sos un puto?!”.
  Llegué a la vereda y, no viendo ya a mi amigo, me di vuelta para pegarle al patova que me estaba sacando: pero no era un patova, era Daniela, tan igual a la Daniela que yo miraba. Quedé duro de la sorpresa.
- Pará, tranquilízate -me dijo mientras me abrazaba, temiendo que yo siguiera haciendo macanas.
  Acaté todas sus indicaciones. Que fuéramos para la esquina, que me siente en el cordón, que ya venía, que perdón, se demoró porque agarró sus cosas, que tome un poco de agua, que use su pañuelo, que si quería ir a tomar un café a un lugar más tranquilo.
  Tomamos el café y ahí me contó que la novia de Víctor estaba embarazada, que a mi amigo las cosas no le habían salido bien con el metal y en cambio, tocando esas canciones melódicas, sacaba unos mangos que, junto con un laburo en un local de música, le permitían llegar a fin de mes y construir una piecita en la terraza.
  Luego me preguntó por mí. Le conté que trabajaba como un burro para ganar dos mangos, que con la excusa de la crisis cada vez me pagaban menos, que había dejado de estudiar porque no iba ni para adelante ni para atrás, que no sabía que hacer. Ella me retó por resignar la carrera pero dijo entenderme porque había terminado recién el secundario y no sabía que hacer, que no quería meterse a estudiar porque no tenía trabajo y los viejos no la podían bancar, que tampoco podía conseguir un trabajo como la gente, que qué le iba a hacer. Pero que yo sí tenía algo que hacer.
- ¿Qué cosa?
- Tenés que venir a casa, hace mucho que no pasas. Es una buena oportunidad para que escuches las canciones que Víctor y de paso conoces a la novia que ya está de siete meses y se mudó con nosotros.
- Y... Voy a tener que ir y remontarla mucho después del quilombo que armé hoy.
- No... Víctor te quiere mucho. Incluso escribió una canción, una canción bien de puto -acá Daniela se rio y yo ya estaba pegado al techo- que habla sobre su mejor amigo, sobre ir a la cancha y ratearse de la escuela.
- Daniela...
  Víctor entró al bar. Ahora parecía una persona, se había sacado el traje y me empezó a putear desde la puerta. En cuanto vio que estaba tomando café, me dijo “y vos me decís puto a mí, pedí una cerveza, maricón”. Nos tomamos una cerveza los tres y después agarramos para el lado de Flores, donde había un festival metalero.

  Unos días después visité la casa de mi amigo; sus padres me recibieron muy bien y su novia resultó ser una conocida de mi barrio a quién él siempre le había tenido ganas. Almorzamos y después de hacer sobremesa escuchando a Víctor tocar en la guitarra sus viejas canciones contra los caretas, la policía y los futbolistas que se iban a jugar al exterior, las mujeres lavaron los platos y se fueron a recostar mientras los nos instalamos en el living a ver el partido.
  Para cuando empezó el segundo tiempo, entre el asado y el vino tinto me había dado sueño, así que me paré para ir al baño a mojarme la cara y despejarme un poco.
  Entre al pasillo y fue inevitable: me asaltó la tentación. Sigilosamente me acerqué a la puerta de Daniela: suspiré bien hondo; miré para todos lados para estar seguro de que no venía nadie; golpeé la puerta y, con su invitación y escalofríos en todo el cuerpo, entré.


domingo, 25 de julio de 2010

Talita musitada

  Ahora estoy en el bar de Carlos y hay un cartel grande, con la foto de un gatito pegada, que dice "Si fuma me mata, no me mate"; así que apago el cigarrillo que acabo de encender y pido dos cafés. Tamara fue al baño y yo te sigo esperando. Ya son más de las dos de la mañana, miro al frente, al edificio; todas las luces apagadas. La gente duerme y los únicos desvelados en el barrio, son los pocos borrachos habituales que se juntan acá y yo, que te sigo esperando.
  Tamara se acerca a mi mesa; su vestido tiene tan poco ruedo que todos se dan vuelta para mirarle las piernas; yo disimulo.
- ¿Cómo estoy?
- Estás hermosa.
- ¿No se ven mis ojeras?
- Para nada. Bueno, un poquito. ¿No estás muy desabrigada?
  El escote de Tamara es amplio y sus tetas son tan grandes que no caben en él, y el saquito blanco y el pañuelo que lleva al cuello tapan tan poco como abrigan.
- ¿Me estás mirando las tetas? -Se ríe. Luego me explica que perdió el abrigo antes de estar conmigo.
  Mientras espero, sigo conversando con ella; me cuenta sobre su familia, de como su hermano consiguió un nuevo trabajo y ya no va a tener que trabajar en esa sucia cocina; y sobre su viejo, que es gasista y le encanta comer cordero; sobre la casita en Santa Teresita que tuvieron que vender para pagar el departamento. Yo le cuento sobre vos; le hablo mucho de vos, de cuando vivíamos juntos, de lo mal que me trataste, de lo mal que te traté; de lo que aprendí y de lo que no voy a cambiar jamás.
  Luego, le cuento de los gatos.
- Al menos tiene que venir a buscar los gatos.
  Pero los tres gatos ya son tan míos que no vas a venir por ellos.
  Una hora después, resignado, me levanto. Acompaño a Tamara hasta la esquina, a tomar un taxi. El viento sopla y en sus piernas se le marcan los poros por la temperatura.
- Tenes piel de gallina.
- ¿Me estás mirando las piernas?
- Sí, un poco. -Pero miro sus piernas porque me recuerdan a las tuyas, o porque extraño las tuyas,y el olor que tenían en los días de invierno.
- Mirá que aún estamos a tiempo de pasar la noche...
- Prefiero así.
  Llegamos a la esquina. El taxista pone grandes los ojos cuando ve a Tamara, no es para menos, y abre la puerta nervioso. Tamara me desea un rápido olvido, me da un beso y se va al próximo cliente.

Chica y gatos por Flor A

lunes, 3 de mayo de 2010

Casa habitada



La casa era una antigüedad ubicada en pleno centro y si la vendían tan barata, nos dijeron los dueños, es  porque le tenían mucho aprecio a la construcción dado que fue el hogar que piedra sobre piedra construyeron sus bisabuelos y no querían venderlo a una empresa especuladora que no dudaría en demoler el caserón y construir catorce departamentos.
  Nosotros aceptamos, porque justo buscabamos algo en zona céntrica y el número que pedían era una oportunidad y nos íbamos a ahorrar quince mil pesos del dinero que pensabamos gastar en un comienzo. Además, Silvina se enamoró de los pisos de parquet que se hundían como elásticos; de las perillas giratorias para encender la luz; de las paredes de la cocina hechas de barro cocido.
  Entonces nos mudamos y nos descubrimos estafados: nada más llegar, la primera noche que debíamos pasar en la casa, vino a visitarnos un vecino viejo que se presentó como don Jorge, al que invitamos a entrar y una vez que se ubicó en mí asiento de ver el fútbol y comió varias galletitas de limón que le convidamos comenzó a contarnos cosas del barrio. Nosotros lo escuchamos con no más atención de la que imponía la cortesía, hasta que se mostró sorprendido por nuestra adquisición, ya que ni las empresas de construcción se habían interesado por la casa.
-¿Qué nadie quería comprar la casa? Pero, ¿por qué?
-Ricardo, ¿no le sorprendió a usted que una propiedad tan bien ubicada, con un terreno tan grande, haya estado más de quince años sin encontrar comprador? Si se tardó tanto en ubicar esta propiedad, es porque la casa está habitada.
  Silvana tembló. A decir verdad, a mí también me dio miedito y un escalofrio me recorrió la espalda y pensé en pasos en la noche, llantos de bebé y objetos moviéndose solos. Haciendo de tripas corazón, porque me dio mucho temor la respuesta, le pregunté con un hilo de voz:
-Dice que la casa está habitada... ¿Habitada por fantasmas?
-No, no. No dije habitada, dije abichada. La casa está abichada, llena de bichos. De ratas.
  Su aclaración me sacó un peso de encima, porque soy medio miedoso, pero Silvina saltó de su asiento y plegó las piernas bajo sus piernas.
-Esta casa es un nido de ratas -prosiguió el viejo-; ¡ratas gigantes de pelo gris, con colas escamosas de más de veinte centímetros que viven en el sótano y por la noche salen chillándo y se meten en las alacenas y se comen la comida y luego entran en los placares y se comen la suela de los zapatos; ratas rapaces que transmiten hantavirus, leptopirosis y la peste bubónica!
-¡Basta, don Jorge! - Lo corté, parándome como si fuese a boxearlo. Tenía que hacer algo frente al miedo que el viejo le estaba metiéndo a Silvina- ¡lo que usted dice es imposible! Primero, porque la casa no tiene sótano; segundo, porque si hubiera tantas ratas hace rato habrían atacado la comida que guardamos en la alacena; y tercero, porque esta propiedad está muy bien ubicada y cualquier constructor la habría comprado y tirado una pastilla de gamexane y listo, ¡chau roedores!
-¿Gamexane? ¡Hubiera sido perjudicial, el lindano se mete en las grasas de todos los animales, incluyendo el hombre, que estén viviéndo en el ambiente cercano a donde se liberó el pesticida y provoca, a la larga, cánceres! ¡La Asociación de Vecinos está en contra del uso de sustancias tóxicas y por eso hicimos piquetes cada vez que venían a matar con Gamexane a las ratas!
-Pero hay otros insecticidas... O gatos.
-Una vez metimos al Mauchi, el gato callejero más fiero que había en el barrio. Hasta los perros le tenían miedo. El caso es que los dueños de la casa le pidieron autorización a la Asociación de Vecinos para usar el gato -porque como era un gato callejero era un gato comunal y nosotros regulabamos su uso- y nosotros, reticentes, se la dimos. Yo mismo traje al Mauchi porque no se dejaba agarrar por cualquiera. Abrimos la trampilla del sótano, que está escondida debajo de la alfombra raída que cubre el piso del pasillo que da a las habitaciones, y tiramos al gato adentro. ¡Pobrecito! -El viejo comenzó a llorar y la voz se le quebró-: ¡las ratas le comieron las patitas! Mauchi maullaba y lloraba y por suerte le habíamos atado una correa porque nadie sabe cuanto mide el sótano en realidad y de esa forma podíamos siempre tirar y rescatar el animal en caso de que se perdiera. ¡Pobre gato! Ya nunca pudo volver a cazar pajaritos ni meterse de prepo en los jardines a embarazar siamesas.
-Don Jorge, no quiero sonar grosero pero voy a pedirle que se retire. Mi señora está visiblemente alterada por lo que usted acaba de contar, una sarta de mentiras, porque no existe ese sótano del cual usted habla. -lo tomé por el brazo y violentamente lo arranqué de mi asiento de ver el fútbol y de las galletitas de limón. Lo arrastré hasta el pasillo de las habitaciones donde estaba la alfombra raída por el paso del tiempo que había mencionado mi vecino y tiré de una esquina de esta. Una nube espesa de polvo que se había estado acumulado por años en las fibras se levantó; cuando terminamos de toser y la tierra se asentó, señalé el lugar en el que debía estar el acceso al sótano para mostrarle a don Jorge que estaba totalmente equivocado, que seguramente su edad le había jugado una mala pasada; yo tenía en mi poder los planos de la vivienda y en ellos no había ningún sótano... ¡Pero sí estaba en el piso! Cuadrada, se recortaba la figura de la trampilla sobre el piso de parquet.
-¿Me crée ahora, Ricardo?
-Eh... ¡Eso no significa nada! En los planos no figura este sótano...
-Lo que pasa es que no hay planos del sótano porque cuando la Municipalidad instruyó a los vecinos a realizar el catastro, esta casa ya estaba construída y ya estaba llena de ratas y nadie se animó a entrar en el sótano. Ya le dije, no se sabe cuanto mide. Algunos libros hablan de un sótano infinito, de un sótano donde están todos los lugares del orbe... Yo prefiero pensar que las ratas son animales asombrosos y han construído galerias que se extienden en mil direcciones.
-¡Basta, don Jorge! ¡Usted está loco! ¡Silvina, trae la linterna!
  Silvina corrió a rebuscar en mi caja de herramientas. Mientras tardaba, el silencio se impuso entre el viejo y yo. Cuando volvió mi señora, trajo la linterna y una soga, con cara preocupada
-No entre, Ricardo, acuerdese de las patitas del Mauchi.
  Sin hacerle caso, me até la soga a la cintura para que Silvina se quede tranquila y luego abrí la trampilla. Un olor denso, como la fetidez de una tumba abierta, asaltó mis fosas nasales. Tapandome la cara con el ante brazo iluminé la estancia: solo podía ver unos escalones que bajaban y se perdían en el oscuridad.
-¡Voy a bajar!
  Me dí ánimos y comencé a descender en el más absoluto silencio: silencio en el sótano y silencio arriba, en mi casa, donde Silvina y don Jorge aguardaban expectantes cualquier novedad.
  No sé cuanto caí. Luego de unos diez peldaños la escalera se terminó y yo, sin darme cuenta, caí al vacío. Dolorido, empecé a buscar la linterna, guíado por su luz. La encontré y me iluminé: primero vi el paquete de galletitas de limón, lleno de migas y soretitos negros. Después ví las ratas que corrían hacía mí agitando sus colas escamosas y amarillas y me desmayé.

  Cuando desperté, fruto de un balde de agua arrojado en mi cara por don Jorge, inmediatamente me saqué la soga de la cintura.
-¡Rápido, tenemos que irnos! ¡Está lleno de ratas, miles de ratas, ratas grises y voraces y con colas largas y escamosas!
-Se lo dije.
-¡Ricardo, para que me cambio!
-¡No hay tiempo, Silvina, no hay tiempo! Nos vamos con lo que tenemos puesto.
  Corrí al armario de mi escritorio a buscar los quince mil pesos que me había ahorrado en la compra de la casa y tenía bajo llave y que me servirían para ubicarme unos días: ya no existían, las ratas habían entrado al cajón y se habían comido los billetes.
  Volví a la sala horrorizado. Don Jorge se había sentado a descansar en mi sillón del fútbol. Nos ofreció asilo en su casa y nosotros aceptamos.
-Me llevo el sillón, es una lastima dejar un mueble tan cómodo para las ratas.
-Llevelo nomás, don Jorge, pero vamos rápido, que no quiero estar más acá.
  Eran las once de la noche. Rodée con mi brazo la cintura de Silvina y salimos a la calle. Antes de alejarnos cerré bien la puerta y casi me vi tentado de tirar la llave de no ser porque pensaba vender a precio de regalo la casa al primer pobre diablo que se interesara.

sábado, 20 de marzo de 2010

El nuevo ralentizador

Cada noche me robo horas de sueño y experimento. Durante el día tengo que trabajar en el laboratorio en estupideces como cultivar hongos para ver si la empresa encuentra la cura para el hipo o bañar cerdos para ver como reaccionan a los nuevos jabones. Aunque tampoco la paso tan mal. Hay veces en las que me toca llevar algún papel al cuarto piso. Allí funciona el departamento de farmacología, lleno de mujeres hermosas. Incluso hay una que me gusta y me parece que últimamente me mira mucho e insinúa cosas con sus ojos, creo.
Pero de noche es distinto. Si bien no hay chicas hermosas con olor a remedio, puedo experimentar en mi casa, por mi cuenta, y sin las ataduras que impone la relación de dependencia con IR&P y que provoca que todos me traten como si fuera el che pibe.
La noche de mi historia, llevaba ya dos horas de pruebas con el preparado que más se acercaba a los números que había esbozado en mi cuaderno. Para calmar mis nervios me preparé un tesito y luego reflexioné  largo y tendido: eran las tres de la mañana, ¿dónde conseguir un sujeto de pruebas? La última vez, cuando salí a buscar a algún loquito que aceptara un trabajo tan riesgoso a altas horas solo me había topado con una señora muy desvencijada que entendió todo mal y terminó acostándose conmigo a cambio de un poco de dinero y una cafetera vieja. Pero esta vez no tenía dinero para gastar en prostitutas y estaba comenzando una relación con una muchacha de farmacología que el otro día me había pedido prestados unos guantes porque los suyos estaban rotos y a pesar de reclamar por unos nuevos aún no se los habían repuesto y tenía que manipular ácidos, así que muchas ganas no me dieron de salir a la calle porque no quería traicionar mi incipiente relación. Lo único que quedaba era experimentar conmigo.
Terminé el tesito, hice algunas anotaciones en mi cuaderno, como la composición exacta que iba a ingerir, el vomitivo sugerido y la hora. Luego, tripas corazón y me bebí de un saque, como si fuese vodka, todo el contenido del tubo de ensayo.
Inmediatamente el tiempo pareció detenerse. Miré mis manos: si las movía parecían tortugas. Corrí al espejo: el trayecto se hizo tan lento que más me pareció que caminé. Miré el reflejo de mi rostro y aproveché para hacerme unas morisquetas: al sacar la lengua y moverla imaginando que besaba a mi novia de farmacología se me movió tan lenta y babosa como un caracol. Lo había logrado: había ralentizado mi cuerpo.
Sin dudas mi descubrimiento era el más grande de la historia de la humanidad; porque no solo estaba destinado a cambiar el campo medicinal -no más enfermedades nerviosas, no más tratamientos con cannabis y su humo perjudicial para la salud- sino que también traería aparejado una revolución en la filosofía, en el modo de ver la vida. Gracias a mi descubrimiento el hombre del mañana se tomaría todo con soda y ya no se empujaría para subir al tren ni moriría tratando de pasar un camión.
¡Y para mí la gloria! Entrevistas en medios prestigiosos, premios importantísimos, Russel Crowe interpretándome en un film y lo más importante: todos mis sueños con la chica de farmacología se harían realidad y ella me llamaría para pedirme que le muestre mi movimiento sexy y despacito.
No me acosté a dormir ni nada. Salí inmediatamente para el trabajo: ahora que era más lento tardaría muchísimo tiempo en hacer el trayecto.
Así, varias horas después, terminé de recorrer las diez cuadras que separan mi casa del laboratorio de IR&P. Entré golpeando la puertas, tomé el ascensor porque por las escaleras no llegaba más y me metí de prepo en el vestuario de las mujeres: mi chica estaba allí, poniéndose su equipo para manipular ácidos.
- No sé tu nombre, pero estoy enamorado de vos. Nunca antes te dije nada porque nada tenía, salvo mi trabajo de cadete y me sentía muy poca cosa para vos, que sos hermosa y tenés una mirada muy dulce y las manos muy suavecitas. Pero anoche hice un descubrimiento que va a cambiar mi vida, un remedio para ralentizar a las personas. La posibilidad cierta de ser famoso y millonario me envalentonó y por eso es que ahora me animo a decirte esto que te digo y preguntarte esto que te voy a preguntar: ¿Querés ser mi novia?
La cara de la chica se frunció en un gesto de incredulidad. Luchando con las palabras me respondió:
- ¿En serio estás enamorado de mí...? Pero yo pensé... Es que... Yo también te amo. Por eso pierdo o rompo mis guantes todas las semanas, para hablar con vos. Pero pensé que vos... Que no me querías... Y ahora me estoy por casar...
Dí media vuelta y me fui. Tanta bronca, tanta impotencia. Estuve lento con la mina y la oportunidad me había pasado de largo. Encima tardé como quince minutos en salir de los vestuarios y ella utilizó esos quince minutos para seguir dando excusas.
Ahora sigo investigando. Estoy buscando un remedio para avivar giles y ver si  de una vez por todas despego de acá.
Tortuga por Choicita

Sí, es una especie de reversión retorcida del clásico de la ciencia ficción El nuevo acelerador, escrita por el gran HG Wells (click en el título para leer).

miércoles, 17 de marzo de 2010

Cuento policial

Correa se sentía un policía duro, un tipo al estilo Harry Callahan o Alex Murphy; un policía con códigos, capaz de llegar hasta las últimas consecuencias con tal de cumplir con su deber.
Y si bien no trabajaba en departamentos emocionantes como narcóticos o delitos complejos sino que su papel en la seguridad ciudadana se limitaba a ser un simple agente de tránsito en el Partido de San Miguel, llevaba con orgullo su papel de representante de la ley. Hasta esa mañana que cayó en desgracia su carrera.
Correa estaba en una garita en la esquina de Avenida Mitre y Paunero, un cruce peligroso y sin señalización en pleno centro de la localidad del Oeste cuyo gobierno reemplazó las luces en el tránsito por un ejercito de policías parados en las esquinas moviendo sus manos para indicar avance detengase. Con rostro impasible y silbato entre los labios, Correa no dejaba de ordenar el las calles.
- ¡Milico forro, pongan un semáforo! -Le gritó un fletero tirandole una botella de plástico por la cabeza. Correa ni se inmutó. Una distracción podía provocar un caos vehicular y era hora pico.
- ¡Pum-pum! ¡Maté un policía gato! -Jugaban los niños mientras le apuntaban desde un micro escolar con peligrosas banditas elásticas con municiones de papel mojado. Correa, quieto y firme siguió en su lugar, moviendo solo las manos. Si se daba vuelta podía provocar una congestión y aumentar los niveles de contaminación sonora de San Miguel.
Por eso los chiflidos no hicieron mella en él; por eso el escuchar el piropo guarango "mamita, si tus piernas son vias cómo será la estación" le pasó de largo y con una seña le indicó al colectivo que avance sin importarle a quien iban dirigidos los halagos. 
Pero no pudo evitar distraerse cuando escuchó el ruido de los tacos; se dio vuelta a pesar suyo para seguir el avance de las piernas de la morocha; perdió el ritmo de sus movimientos de avance detengase con el ruedo de la minifalda que no dejaba de levantarse con cada pasito de la mujer.
La morocha cruzó de vereda a vereda mientras a Correa se le caía el silbato y el hilo de baba le condecoraba el uniforme.
Del choque en cadena, los heridos y la intervención de los bomberos hablaron en los noticieros.


Fotografía de Enzo Velasco

miércoles, 24 de febrero de 2010

Accidente

Estaba en el bar tomando un café y tratando de concentrarme en la lectura del diario, buscando algún hecho cotidiano para inspirarme y desencajarme y poder salir de la banquina a la que me había relegado el no poder entregar el cuento que le prometí a mi editor sobre Carolina Fernández, mi amor de juventud, cuando un grupo de pibes vociferando y gritando detrás mio me distrajo. Sentados en la mesa ubicada a mi espalda, hacian tanto ruido con sus risas y cervezas que era imposible concentrarme.
El que llevaba la conversación era un pibe, de no más de dieciocho o diecinueve años, como sus compañeros. Estaba contando una historia sobre un accidente de tránsito y sobre una maniobra que tuvo que hacer con su Citroën C3. Supuestamente, si uno se atenía a la historia que contaba, había tomado de más y fumado faso y ya no podía controlar su pie que parecia hundirse en el acelerador; entonces agarró Panamericana y aprovechó que era tarde en la noche y parecía un billar; y justo cuando ya las luces no eran luces sino que parecían pintadas con crayones, empezó a ver coches parados a los costados de la autopista y gente que le hacía señas moviéndo los brazos. Pero él no frenó, porque no sabía que en realidad esa gente le estaba indicando que más adelante había ocurrido un accidente en cadena que parecia no terminar nunca porque a esa hora, en la Panamericana, todos los autos iban muy rápido y cuando llegaban a la zona del choque la velocidad no les permitia frenar a tiempo y entonces pasaban a formar parte de una masa compacta de autos, una masa en llamas, con olor a pollo y humo imposible de respirar. Entonces, cuando se dio cuenta de que había sido un error acelerar tanto y que aunque frenara iba a terminar formando parte de esa pila de autos que ya parecía Nascar en 1960 pero sin suerte, pegó un volantaso y se tiró tanto a la izquierda que la fricción entre el auto y el guard raid comenzó a echar chispas; pero no chispas como las que larga una piedra cuando la aplasta una rueda del tren sino chispas como la que larga una soldadora halógena. Así, logró pasar de largo y evitar el siniestro. Horrorizado, aceleró aún más y escapó.
El tipo terminó de contar su historia entre exclamaciones de admiración de sus amigos y palmadas de asentimiento y comienzos de historias en las que siempre quien las contaba era un experto corredor. Yo me cambié de lugar, porque si seguia escuchando me iba a seguir distrayendo y tenía que terminar el cuento sobre Carolina Fernández que me había encargado mi editor.
Me senté en una mesa contra la ventana, encendí un cigarro y pedí otro café. Mientras esperaba que lo traigan, me puse a mirar a través del vidrio los autos que pasaban por la Avenida. Entonces volví a cambiarme de lugar y me acerqué a la mesa más próxima a la barra, porque esos segundos sentado observando el transito me hicieron reflexionar sobre cuestiones filosóficas y llegué a la conclusión de que el ser humano es frágil y pelotudo y lo mejor era sentarse en una mesa contra la pared, bien al fondo, donde no pudiera llegar ningún boludo con su coche.

viernes, 8 de enero de 2010

La Pascualita

A partir del Viernes 15 de Enero, todos los Viernes, se publicará La Pascualita, una novelita que escribí recientemente, en El Cuento del Día.


La vida de Alicia Pascual -La Pascualita- esta signada por el azar.
La Pascualita tuvo una infancia normal: sus compañeros de escuela la tomaban de punto, nunca se llevó bien con su madre que la vestía ridiculamente y fue marcada a fuego por las adicciones de su padre quien la abandonó muy pronto.
Hoy La Pascualita es una mujer que no deja de buscar la felicidad, aunque se le vaya la vida en eso.
No se pierda a La Pascualita en un trepidante viaje en busca del amor de Buitrón en esta emocionante "rail aventure".

Para leerla tienen que entrar con su cuenta de Facebook aquí.

Por otro lado, ya pueden leer a los ganadores del Concurso del Cuento del Día:

La criada, de Ma. Celina Aste

De feminas y otras muñecas, de Jacqueline Rajmanovich

Rápido a Morón, de Silvia Romero