lunes, 24 de diciembre de 2012

El gordo


  Desde su separación el Gordo pasaba las noches triste, bebiendo cerveza, comiendo comida china. Comía también muchos postres: flancitos y postrecitos de chocolate y dulce de leche que compraba compulsivamente y cuyos envases terminaban siendo ceniceros o bollos informes aplastados sobre la alfombra.
  Vivía alquilando. Un pequeño departamento en el Abasto, viejo, despintado; con un ascensor que desde siempre tenía un cartel amarillento con las palabras "no funciona". Un asco de departamento, lleno de cucarachas y lauchas que se ocupaba de llenar con más suciedad.
  Sus amigos lo iban a visitar, desodorante y bolsa de consorcio en mano; y tras estirar la cama se sentaban allí y le daban charla: le hablaban sobre Vélez campeón, sobre los motivos por los cuales los sapos no tienen mamas y otras nimiedades.
  Pero para las fiestas siempre estaba solo. Recibía invitaciones, para pasarlo allí o allá, pero nunca aceptaba porque no quería ver a sus amigos besar a sus mujeres cuando se hacían las doce de la noche y todos brindaban en medio de mesas prolijas y casas ordenadas y limpias.
  Creo que el Gordo no extrañaba a ex mujer: al principio quizás sí, y por eso comía como si se acabara el mundo, para olvidar las penas. Pero luego empezó a comer por comer. Y luego las mujeres dejaron de encontrarle atractivo a causa de la gran barriga, siempre sucia de postrecito. Sin la posibilidad de entablar una mínima relación, el Gordo siguió comiendo y comiendo, comida china y postrecitos, hasta que fue tan Gordo que una relación sexual hubiera sido con él incómoda, por lo menos.
  Pero era 24 de Diciembre a la noche y yo tenía lista toda la mesa, con velas y mantel rojo: en el horno humeaba la comida; y el mousse de chocolate preparado con la receta de mi abuela se enfriaba en la heladera. Junto con eso, poseía también la certeza de que mi marido, al telefonear para avisar que no llegaría para cenar, en realidad estaba mintiendo y otra vez se estaba en algún rincón con su amante.
  Así que agarré, salí al hall del edificio, abrí la puerta y presioné en el portero eléctrico el timbre del Gordo, la única persona que seguro estaría sola en ese momento.
-¿Quién es? -respondió al rato.
-Soy Lucía, la vecina del 1°B. La que siempre le sube las bolsas cuando viene el chico del supermercado o el delivery de los chinos.
-¿Qué necesita?
-¿Quiere bajar y pasar la Navidad conmigo?
-No, gracias. No quiero molestarla ni a usted ni a su marido.
-Es que mi marido no está, y preparé un montón de comida.
  Pareció dudar un momento. Luego me dijo:
-Gracias, pero no quiero que su marido se moleste.
-Es que no me gusta estar sola acá abajo.
  Un buen rato después, el Gordo bajó las escaleras.
  Serví la comida. Comenzamos a cenar. Él parecía no tener mucho tema de conversación, "hace mucho que no converso con mujeres". Pero me habló de Vélez campeón y los motivos por los cuales los sapos no tienen mamas, entre otras cosas. La noche fue transcurriendo, entre brindis que acortaron las distancias.
  Fue en el momento de servir el postre cuando sucedió.
-¿Qué le parece el postrecito de chocolate?
-Muy bueno. Siento mariposas en el estómago.
  Luego, un silencio incómodo, cortado por el ruido de los platos que comencé a levantar.

  Ya se acerca fin de año, mi marido nuevamente va a pasar las fiestas en su oficina y yo nuevamente voy a cenar con el Gordo. Pero en estos pocos días ha subido y bajado tantas veces las escaleras desde su departamento hasta el mío que creo que falta muy poco para que retome su vida social.

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  Se termina otro año, acá va el cuento navideño, como siempre hacemos en damebola para estas fechas. Este año estuve medio vago al momento de publicar, pero hubo una acumulación de proyectos. Espero que ahora que algunos ya están más encaminados pueda utilizar este espacio más seguido.
  Felicidades.

  David Rojas

lunes, 25 de junio de 2012

Suerte


  Tarde de sábado, llovía, yo tomaba café con leche en un barcito.
  Sentado en una mesita arrinconada contra una esquina, alternaba el partido de fútbol entre el Zaragoza y el Madrid con la vista que se me ofrecía a través de la ventana: las chicas iban y venían, corriendo bajo el agua, mojando sus cabellos y provocando pensamientos no muy santos en los que yo las secaba con una minúscula toalla. Pasaba una chica y mi vista y mi imaginación se iba tras ella, hasta que se perdía doblando la esquina.
  Volvía al partido un rato, miraba el peloteo ir y venir, y cuando se presentaba otro momento de pesadez en el que la pelota no salía del mediocampo, otra vez buscaba con mi mirada una chica mojada, una adolescente rebelde que hubiera salido sin paraguas y sin abrigo y a quien la lluvia atacara de camino a mi casa donde yo, nervioso, dando vueltas, acomodando los almohadones de mi cama y tirando una y otra vez perfume sobre las sábanas, no dejaba de mirar la ventana y calcular el tiempo que tardarían mis padres en volver.
  Y mientras me perdía en recuerdos, mi mujer entró al bar.
  Llegó como llega el invierno, con los rulos aplastados y los pies sudando charcos.
  Se acercó a mi mesa y se sentó de espaldas a la televisión, encendió un pucho con olor a humedad y me dijo:
- Tenes suerte de que llueva, sino te habría confesado una infidelidad.

Ana y la lluvia, de Sebastían Castro

miércoles, 6 de junio de 2012

Frazadita


 

  Mi hermanita y yo llegamos tarde: no quedaba nadie, excepto el cumpleañero. La piloteamos los tres, conversando y cambiando rumores, hasta que alguien golpeó la puerta. Nuestro amigo abrió y allí estaba, Celina. Llegó con un pequeño regalo, explicó algo sobre un embotellamiento en la Autopista Buenos Aires-La Plata y luego pasó por el incómodo momento en que me saludó. Tres meses desde la separación, tres meses de extrañarla y ella tan campante.
  Al rato el cumpleañero y mi hermana empezaron a arrimar: yo soy celoso, pero cerré la boca porque cuando ambos encararon hacia una de las habitaciones yo quedé a solas con Celi: momento más que oportuno para comportarme como un salame y tartamudear, instantes para hacer todo lo que había prometido no volver a hacer con tal de que ella volviera a descargar sus pestañas en mí.
-Veamos televisión, querido Deivid. -dijo pragmáticamente. Un silencio de murmullo de publicidades es mejor que un silencio incómodo.
  En el living de la casa ocupamos un sofá inmenso, encendimos el televisor y pasamos canales hasta encontrar El día de la marmota.
  El clima, dentro de la pantalla y tras las ventanas -y también entre nosotros- era frío. Fui por una frazada a la habitación de mi amigo -por suerte solo conversaban, aunque peligrosamente tomados de las manos-.
  La frazadita tenía el largo suficiente como para que la comparta con mi ex sin tocarla; pero mientras se repetían los días nos acercamos cada vez un poquito más. Le pregunté si podía abrazarla y ella accedió, con recelo.
  Pasaron los minutos, los fotogramas se repetían -porque ya habíamos visto la película varias veces- y Celina se durmió sobre mi hombro.
  Yo me prometí no dormir para disfrutar de cada uno de sus suspiros y ronquidos y de su cuerpo rozando el mío, pero me dormí y soñé que seguía estando solo, durmiendo en una cama de dos plazas, mientras los días son cada vez más fríos y en los noticieros no dejan de decir que este invierno puede llegar a nevar.


sábado, 21 de enero de 2012

Aquella cuyo nombre no debe ser pronunciado

  Jorge O'Bannion recibe un extraño libro, un libro prohibido, cuyo saber arcano, se dice, puede ser utilizado por su dueño para torcer la voluntad de otras personas. Desesperado, utilizará el mismo en un intento de hacer retornar a su ex-mujer. Sin embargo, puede que lo que retorne sea otra cosa, un dios ancestral que nadie osa nombrar.

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