sábado, 26 de septiembre de 2009

Garabateada de redes


Primavera interrompida, de Alexandre Dantas.

  El veintiuno de septiembre entré a un bar buscando un lugar tranquilo para escribir y hacer tiempo hasta que Andrea saliera del trabajo. Andy había vuelto a mi lado después de cien poemas tristes y oscuros que hablaban de amores poco insensatos y del suicidio y del asesinato como solución para las mujeres que se alejan.
  Andrea había vuelto diciendo "Marilina, te extrañé. Y no quiero extrañarte más y quiero que me ames mucho, como yo te amo. Perdoname".
  El bar elegido no resultó ser el lugar tranquilo que yo necesitaba para mi poema celebratorio por el amor recobrado, aunque tuve que quedarme en él porque no había otro en la zona que tuviese un precio de café que yo pudiera pagar. Es que soy una poetisa pobre.
  El caso es que el lugar era tan tan barato y tenía un menú con precios tan módicos que estaba lleno de gente, especialmente jóvenes aprovechando y celebrando la primer noche de primavera al ritmo de sus brazos subiendo y bajando mientras se llenaban y hartaban de cerveza.
  Mi estómago se revolvió frente al olor a hombre y alcohol y yo me cohibí un poco al notar que la única mesita libre en medio de la aglomeración de gente estaba al lado de una mesa ocupada por tres adolescentes con cara de paja que no dejaban me mirarme y de posar sus ojos desesperados en mis pechos que, ya se sabe, son bastante voluminosos.
  Haciendo tripas corazón, me dije no queda otra y me senté; con una seña pedí café al mozo y saque mi libretita y comencé a garabatear:

  "Temo compararte con la primavera,
amiga mía,
porque la primavera dura cuatro meses
y yo quiero tu amor la vida entera".

  Tache todo el verso, era muy cursi o muy lírico o muy parecido a cualquier poema de Mistral a su secretaria. Además no había llegado mi café y eso me cortaba la inspiración. Levante la vista y busqué al mozo que demoraba mi café. El tipo venía esquivando mesas y sillas con la bandeja en alto.
- Tome señorita. Este café es una invitación.
- ¿Cómo que una invitación?
- Sí. Ya lo pagaron. La están invitando.
  Me quedé helada. Un segundo. Y enseguida miré al grupo de adolescentes con cara de paja que habían mirado las tetas. Los pibes ya no me miraban sino que conversaban entre ellos de cualquier cosa, de accidentes de tránsito o que sé yo. ¿Quién podía ser tan estúpido para hablar de accidentes de tránsito como se habla de Turismo Carretera? Porque los pibes se emocionaban, contaban que borrachos se pusieron a derrapar y se les fue el auto de control y pensé que me moría, boludo, pero justito puse primera y no sé cómo salí con el Civic y la reputísima madre que te re mil ese mismo estúpido que habla así de autos y accidentes de tránsito es el mismo boludo que podía llegar a pensar que me podía levantar pagándome un café.
  Agarré el taza, me paré, me acerqué a la mesa de los tres pendejos y les grité:
- ¡Pelotudos! ¡¿Se piensan que me van a levantar con un café?! -Y sin decir más les tiré el café por la cabeza.
  Los pibes se levantaron, bardearon y me agarraron a trompadas y gracias al dios potito que apareció justo justo Andrea, de la nada, como si fuera un efrit, porque sino yo iba a terminar muy mal porque lo mio es la poesía y no el boxeo.
  Andy, llegada así, de improviso, comenzó a revolear piñas y patadas para todos lados y luego, cuando hubo abierto una brecha, me tomó de la mano y salimos corriendo  perseguidas por los tipos, hasta que los perdimos a varias cuadras del bar.
  En la agitación por la carrera, Andy me preguntó el motivo de mi pelea con los pibes.
- Es que me invitaron un café.
- ¿Y le tenías miedo al empacho?
- ¿Empacho?
- Sí. Miedo de empacharte de café: el café que te pagaron ellos más el café que te invité yo.
  Abracé a Andy suspirándole "¡Ay, te amo tanto!" y luego nos compramos flores y copos de nieve y le escribí un poema que dice así:

"Temo compararte con la primavera,
amiga mía,
porque la primavera dura cuatro meses
y yo quiero tu amor la vida entera".

viernes, 11 de septiembre de 2009

Docente garpa bondi

El otro día fui a buscar a mi señora a la puerta de la escuela en la que enseña. ¡No! Tuve que esperar que se fuera el último chico porque ella estaba "de guardia", lo que implicaba que era la responsable de enviar a cada niño a su casa. Y justo ese día los padres estaban remolones y se olvidaron de sus crios, parece.
El caso es que tres horas después, a las tres de la tarde, pude rescatarla.
Le di un pequeño beso, porque estabamos en la puerta de la escuela, no hay que hacer alaraca, y nos fuimos a la parada del 500.
Nos pusimos a conversar, le conte que le tenía ganas de comer filet con puré; que Emilia estaba en celo; que mi hermano quiere ser padre otra vez.
En fin, el colectivo se asomó sobre el final de Pearson y cuando se acercó levante el brazo, paró y subimos.
Detras nuestro, sobre el filo, se subió un policía. Y como los policias viajan gratis y como nosotros nos quedamos renegando con las monedas de diez centavos, el tipo fue y se sentó en el único asiento libre.
Y yo pense: ¿por qué este tipo viaja gratis y mi pobre señora tiene que pagar boleto, siendo que la docencia es mucho más importante para la sociedad?
Por que los docentes les enseñan cosas a los chicos, en contrapartida a los policías que los apalean. Y aún frente a los niños violentos, un docente solo tiene su palabra para lidiar con ellos; en cambio el cana tiene la cachiporra y la 9 y no duda en usarlos y después plantar un arma.
¡Los beneficios que goza un policía son tales que hasta su uniforme es oscuro, para no tener que lidiar con las manchas de aceite del pollo!
Por suerte mi señora no estaba cansada: el ambiente del aula esa mañana había sido tranquila, los chicos se habían portado bien y yo la había ido a buscar para robarle algo del cariño que reparte en clase.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Ruletenburg



A pesar de todas las que me hizo, siempre voy a odiar a Florencio Romero por lo que me hizo la última vez que lo ví.
Porque Florencio Romero me citó un día de tormenta de Santa Rosa en un bar pequeño y sucio del pueblito en el que vivía. Para llegar tuve que viajar en un colectivo con el techo roto y las ventanas que no cerraban y me baje tan molesta y luego pise tanto barro en esa plaza de Marcos Paz que cuando entre al lugar en el que me esperaba ya lo odiaba como nunca hubiera pensado cuatro años antes que lo iba a odiar.
Encima sentí el olor a humedad y cigarrillo del lugar y pense que me estaba metiéndo en la boca del lobo, una vez más. Porque Florencio Romero,había sido mi novio intermitente, volviéndo a mí cuando estaba falto de piernas, acechándome siempre desde detrás de las paredes, con poemas y flores en los labios con las que lograba tironear de mi virginidad.
Estaba allí, sentado en una mesita verde, bebiéndo cerveza de un porrón sucio, con sus dedos amarillos de la nicotina y la mirada de perro perdido con la que inspiraba ternura.
- ¿Para qué me citaste?
- Por que ayer soñe con vos, Laura.
Pero yo estaba preparada. De hecho había pensándo durante todo el viaje los argumentos para evitar ser engañada nuevamente y no terminar en uno de esos antros con olor a desinfectante de hospital que él llamaba hoteles.
- ¡Florencio! ¡Vine para hablar seriamente! ¿O acaso pensás que a mi edad puedo estar cayéndo en tus trucos baratos? Ya no vas a poder llevarme a fiestas de cumpleaños de tus amigos borrachos y darme alcohol hasta que me duerma; no voy a aceptar piedras como anillos; ya no vas a poder convencerme de que te olvidaste las correcciones de mis libros en tu casa, en tu habitación, bajo la cama.
- Esta vez es verdad, Laura. Anoche te metiste en mi cabeza y me dijiste: "¿Por qué escribis esas cosas sobre mí? ¿No te alcanza con haber destruído mi vida real, que ahora querés destruir mi vida literaria?". Y me inspiraste un cuento. Voy a hacer un cuento y contar toda la verdad; contar como te engañe; como te pedí prestados los libros de Amado y nunca te los devolví. Y así me voy a redimir de todas las veces que te dije que no pongas palos en mi rueda.
Me levante y me fui, corriéndo y chapotéando barro y me subí al primer colectivo que vi y llore mucho con mi cabeza pegada al vidrio frio porque él nunca va a apreciar los sacrificios ni tampoco se va a tomar el esfuerzo de pedir perdón o mascar un chicle antes de hablarme.