lunes, 25 de junio de 2012

Suerte


  Tarde de sábado, llovía, yo tomaba café con leche en un barcito.
  Sentado en una mesita arrinconada contra una esquina, alternaba el partido de fútbol entre el Zaragoza y el Madrid con la vista que se me ofrecía a través de la ventana: las chicas iban y venían, corriendo bajo el agua, mojando sus cabellos y provocando pensamientos no muy santos en los que yo las secaba con una minúscula toalla. Pasaba una chica y mi vista y mi imaginación se iba tras ella, hasta que se perdía doblando la esquina.
  Volvía al partido un rato, miraba el peloteo ir y venir, y cuando se presentaba otro momento de pesadez en el que la pelota no salía del mediocampo, otra vez buscaba con mi mirada una chica mojada, una adolescente rebelde que hubiera salido sin paraguas y sin abrigo y a quien la lluvia atacara de camino a mi casa donde yo, nervioso, dando vueltas, acomodando los almohadones de mi cama y tirando una y otra vez perfume sobre las sábanas, no dejaba de mirar la ventana y calcular el tiempo que tardarían mis padres en volver.
  Y mientras me perdía en recuerdos, mi mujer entró al bar.
  Llegó como llega el invierno, con los rulos aplastados y los pies sudando charcos.
  Se acercó a mi mesa y se sentó de espaldas a la televisión, encendió un pucho con olor a humedad y me dijo:
- Tenes suerte de que llueva, sino te habría confesado una infidelidad.

Ana y la lluvia, de Sebastían Castro

miércoles, 6 de junio de 2012

Frazadita


 

  Mi hermanita y yo llegamos tarde: no quedaba nadie, excepto el cumpleañero. La piloteamos los tres, conversando y cambiando rumores, hasta que alguien golpeó la puerta. Nuestro amigo abrió y allí estaba, Celina. Llegó con un pequeño regalo, explicó algo sobre un embotellamiento en la Autopista Buenos Aires-La Plata y luego pasó por el incómodo momento en que me saludó. Tres meses desde la separación, tres meses de extrañarla y ella tan campante.
  Al rato el cumpleañero y mi hermana empezaron a arrimar: yo soy celoso, pero cerré la boca porque cuando ambos encararon hacia una de las habitaciones yo quedé a solas con Celi: momento más que oportuno para comportarme como un salame y tartamudear, instantes para hacer todo lo que había prometido no volver a hacer con tal de que ella volviera a descargar sus pestañas en mí.
-Veamos televisión, querido Deivid. -dijo pragmáticamente. Un silencio de murmullo de publicidades es mejor que un silencio incómodo.
  En el living de la casa ocupamos un sofá inmenso, encendimos el televisor y pasamos canales hasta encontrar El día de la marmota.
  El clima, dentro de la pantalla y tras las ventanas -y también entre nosotros- era frío. Fui por una frazada a la habitación de mi amigo -por suerte solo conversaban, aunque peligrosamente tomados de las manos-.
  La frazadita tenía el largo suficiente como para que la comparta con mi ex sin tocarla; pero mientras se repetían los días nos acercamos cada vez un poquito más. Le pregunté si podía abrazarla y ella accedió, con recelo.
  Pasaron los minutos, los fotogramas se repetían -porque ya habíamos visto la película varias veces- y Celina se durmió sobre mi hombro.
  Yo me prometí no dormir para disfrutar de cada uno de sus suspiros y ronquidos y de su cuerpo rozando el mío, pero me dormí y soñé que seguía estando solo, durmiendo en una cama de dos plazas, mientras los días son cada vez más fríos y en los noticieros no dejan de decir que este invierno puede llegar a nevar.