martes, 22 de diciembre de 2009

El narrador

Cuando era niño, cada vez que llegaba Diciembre, con sus arbolitos, sus guirnaldas, la locura de la gente en las calles y en los colectivos y las carnicerías subiendo los precios hasta de los huesos para perros; a mí me invadía una terrible ansiedad y mi comportamiento se volvía errático: dejaba de estudiar, ponía dinosaurios en el pesebre, consumía mantecol en cantidades industriales y asustaba a los perros con rompeportones que compraba de contrabando con el vuelto del almacén. Y hacia todo eso para no tener que pensar en la Nochebuena y para que se me pase más rápido el tiempo hasta que llegase el veinticuatro. Porque todos los veinticuatro, a eso de las doce de la noche, se abría la puerta de casa y entraba -lleno de paquetes y dando carcajadas; con su ropa roja y con su cuerpo gordo; su barba rala y su pelada incipiente- el personaje más querido de toda mi infancia: mi Tío Pocholo, el gran narrador.
Mi Tío Pocholo entraba, pasaba tambaleando a mi lado sin prestarme la más mínima atención, y sosteniendose apenas sobre los pies -porque siempre caía en casa después de brindar con todos sus amigos- y tras depositar los paquetes sobre la mesa familiar, se dejaba caer en una silla.
- Pocholo, ¿otra vez vestido con esa camiseta de Independiente? Te la podrías sacar, el olor a transpiración no se aguanta. Es Navidad, sacatela al menos por mí - le recriminaba mi vieja. El Tío Pocholo suspiraba, abría uno de sus paquetes y sacaba una botellita de vino tinto y barato, pedía una porción de helado de sambayón y comenzaba a contar.
No sé si era la borrachera o mi tío era un hombre de mundo o simplemente un gran artista, pero sus dotes de narrador nadie pudo igualarlas nunca. Yo me sentaba a su lado y lo escuchaba, abriendo grandes los ojos cada vez que contaba una de sus historias o anécdotas, las cuales me parecían una más maravillosa que la otra. Mi espíritu infantil se perdía imaginando los fantásticos paisajes que pintaba con sus palabras: bares sucios y con olor a desinfectante barato; lupanares con mujeres gordas y peludas; peleas en los alrededores de los estadios en las que siempre ganaba La Barra del Rojo. Sus historias dejaban una moraleja, un consejo detrás de las palabras.
Así, La historia del Hombre que se mató trabajando me enseñaba a no tildar de vago a aquel que prefería el bar antes que el laburo; La aventura con Marta sugería que antes que una flaca con plástico, es mejor una gorda con tetas naturales; y No ganamos pero rompimos todo dejaba en mí la certeza de que los hinchas de Racing son todos homosexuales.
La noche de Navidad pasaba y mi tío no paraba de hablar y hablar y se mantenía firme a pesar de los vinitos que no dejaba de beber. Yo, embobado a su lado.
Mi Tío Pocholo nunca tuvo un gesto de cariño hacia mí; nunca me despeinó ni me dijo “¿Cómo estás, sobrino?”. Sin embargo, me dejó su ejemplo y la convicción de que por más que escriba muchos cuentos, las mejores historias siempre las voy a encontrar en la mesa familiar.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Rodo, el poeta vegano

Encontré a mi amigo Rodo, el poeta vegano, desmoronado sobre la mesa del bar de Ramón que solíamos compartir en nuestra desocupación. Tenía los ojos rojos y el conjunto que hacia su cuerpo laxo y la mirada perdida me extrañó enormemente porque Rodo, además de odiar la explotación animal, era abstemio y ahora todas las señales indicaban que se había agarrado una buena curda.
Sin embargo, rapidamente, la botellita de agua mineral sobre la mesa desmintió mi tesis. No era borrachera, así que solo podía ser depresión.
- ¿Qué te pasa, Rodo? -le pregunté amable y chistosamente- ¿Otra vez con el dilema moral sobre si está mal tomar agua sin escherichia coli?
- No es eso, amigo, no es eso. Estoy arruinado. Hice una locura.
- ¿Te comiste un sanguche de vacio de los que hace Ramón? No te preocupes, que con la excusa de que los hace jugosos, vienen prácticamente con la vaca viva.
- No te rias, Manuel, no te rias de mi desgracia.
- ¡Eh, che! ¿No habras perdido la inspiración, no? Si es así, yo te ayudo. Escucha el poema que hice mientras viajaba en el 500:

Algo oscuro
se cruza en mi camino;
pateo al gato negro
¡mierda!
era soruyo de canino.

Mi poema no fue del agrado de Rodo que enseguida comenzó a destruirlo; me dijo que más que poema parecia un aro-aro, que era especista porque asumía que estaba bien pegarle a un gato y que si de verdad había pisado caca me lo merecía por cobarde y no se cuantas cosas más porque en ese momento me fui a la barra y le pedí a Ramón un vinito.
Volví con mi botellita y dos vasos; serví uno para mí y otro para mi amigo que se negó a tomar; lo agarré del pescuezo y le eche un trago de tinto en el garguero. No pasó mucho tiempo para que la bebida hiciera efecto y Rodo soltara la lengua.
- Este vino es riquísimo, es como una zapatilla de los tiempos que me lleva a mi niñez. Me acuerdo cuando aún no conocía la poesía y miraba a las niñas en el jardín, tirandome al piso para ver sus bombachitas de goma. ¡Cuánta inocencia! Más luego vino la edad y las mujeres se convirtieron en un dolor de cabeza; me rechazaban, me cuerneaban, me pateaban. Comencé a sufrir como un perro y mi corazón se hacia trizas. ¡Pobre Rodo enamorado! Y entonces descubrí la poesía. Empecé a unir palabras, a jugar con las ideas; y las mujeres volvieron a mirarme, volvieron a interesarse en mí. Empecé a ser un bicho raro en el barrio y las chicas en la cola del supermercado suspiraban por mí y las madres en las veredas, en el mate vespertino, se pasaban recetas para evitar que yo entre por las ventanas de sus casas y desvirgue a las quinceañeras. ¡Me convertí en un seductor, en un Don Juan! Porque encima, a mi sensibilidad de poeta se unía mi sensibilidad de vegano y eso atraía más y más a las féminas, aunque sus padres les decían que si yo no comía carne debia ser homosexual.
Las historias de las conquistas de Rodo, el poeta vegano, me las conocía de memoria, porque siempre eran un recurso para distraer a los rivales en las canchitas del barrio, contandoles que mi amigo se había acostado con sus hermanas, lo que los enfurecía y se quejaban y decían "antes con un Testigo de Jehová o con el viejo que levanta la Quiniela, pero con ese anormal no!".
- Bueno, pero todo eso ya lo sé. Ahora desembuchá de una vez. ¿Qué te pasa que estás así de tirado?
- Es que... Embaracé a Sarita...
Era verdad. El poeta vegano había metido la pata hasta el fondo, porque Sarita no era otra que la hija del Tano, el carnicero del barrio.
- ¿Te das cuenta lo qué eso significa? El Tano es un tipo jodido. En cuanto se entere que su hija esta embarazada, me va a obligar a casarme con ella.
- Claro. Y además te va a obligar a laburar.
- Sí. Los esposos de las hermanas mayores de Sarita trabajan todos en la carnicería. ¡Sería mi peor pesadilla hecha realidad! Imaginarme los cadaveres de las vacas me revuelve el estómago; tener que cortar sus cuerpitos, decirles a las señoras que la paleta está tiernita... ¡¿Qué hago, Manuel, qué hago?!
A cualquier otro yo le hubiese aconsejado abortar, pero mi amigo ponía en el mismo plano a terneros y a bebés y eso lo hubiera visto como un crimen contra la humanidad. Otra era rajar; pero El Tano no lo dejaría escapar, lo iba a encontrar tarde o temprano y lo metería en la Iglesia para felicidad de Sarita.
A falta de consejo, le llené el vaso nuevamente para que ahogue sus penas en alcohol.
- Por suerte, Manuel, aún me queda la poesía. -Me dijo el poeta vegano. Y llamándo a Ramón, el dueño del bar, recitó una de sus geniales creaciones:

Mozo, mozo
sirvame tinto del fino
que esta noche me emborracho bien borracho
porque a mi novia no le vino.


Bebe, por Sergio Martínez

lunes, 19 de octubre de 2009

Cinco minutos más

Son las seis de la mañana. Comienza a sonar el despertador, que pensando en mis obligaciones laborales programé ayer.
Estiro el brazo, trato de apagarlo y luego lo arrojo bien lejos, donde ya no nos molesta. Acomodo como puedo las sábanas, que durante la noche se desengancharon. Tomo a mi mujer que mientras dormia se fue alejando de mi lado y suavemente la doy vuelta y atraigo su cuerpo el mio. La acurruco contra mi pecho; ella cruza una de sus piernas sobre las mías y murmura algo que yo respondo con un beso del que no se entera porque está soñando.
Este es el momento en el que me quedo dormido.

Guerra de cama, por Jorge Miente


jueves, 8 de octubre de 2009

Contale algo al Cuento del Día


El cuento del día, el proyecto que comenzó con el puntapié de nuestra amiga María Ward y que tiene como propósito publicar de Lunes a Viernes -menos feriados- un cuento por día, comienza un gran concurso para darle espacio y difusión a los escritores no tan conocidos.
Por ahora no se anunció la fecha de cierre, así que hay que aprovechar y enviar los originales a cuentodeldia@gmail.com -no olviden indicar sus datos personales. El tema es libre así que no tienen limitaciones a la hora de escribir, pueden dar lo mejor que tengan.

Voy a formar parte del jurado junto a María Ward, Soledad Morán y Julián Beroldo. Por mi parte prometo no fijarte en la faltas de ortografía -ustedes prometan no mirar de ahora en más las mias.

¡Suerte y a escribir!

Más información: El cuento del día (tienen que entrar con su cuenta de Facebook).

lunes, 5 de octubre de 2009

Pequeño aporte sobre el problema de la inseguridad cotidiana

Oveja descarriada, de Catalina Olavarria

Me había costado un dineral en flores; un dineral en chocolates; un dineral en ositos de peluche. Ella era inalcanzable, demasiado bonita para un tipo como yo, feo muy feo; pero a fuerza de endeudarme hasta la médula, ella aceptó salir conmigo. Aunque no era una salida romántica.
En realidad ella me citó en la Rotonda y una vez allí me dijo:
- Tenés que entenderlo, Roldán, ¡vos no me gustas! Te pido que por favor dejes de enviarme flores, chocolates y ositos de peluche.
Yo quede desolado. La plaza estaba llena de gente; gente tomando mate, gente jugando a la pelota, gente sudando al sol. Pero entre toda la multitud, yo me sentía muy solo, el rechazo nunca me lo había imaginado tan cruel.
Apagado en mi tristeza, no me dí cuenta que un tipo se acercó por detrás de Amanda. Se pegó a ella y me espetó, en voz baja pero con el volumen suficiente para que lo escuche yo:
- ¡Dame toda tu plata o quemo a la piba!
- ¡No a ella no! ¡Te doy todo, pero no la quemes!
- ¡Te digo que la quemo, dame la guita o la quemo!
- ¡Soltala, no le hagas nada! ¡Te voy a dar todo, pero espera a que cobre porque me gaste todo mi sueldo en flores, chocolates y ositos de peluche!
- ¡Te dije que me des la guita o la quemo! ¿No me la das? ¿No me la das? Entonces la quemo.
El tipo, ante mi desesperación, empujó a Amanda contra mí y disparó a los gritos el gran quemo para mi amada:
- ¡Escuchen todos, escuchen! ¡Esta piba tan bonita sale con este mamarracho que ni siquiera tiene dos pesos en la billetera! ¡Sale con un tipo pobre y feo!
Amanda se puso colorada y salió corriendo con lágrimas en los ojos, mientras toda la gente en la plaza se reía de ella y le gritaba "tiene novio-tiene novio".

sábado, 26 de septiembre de 2009

Garabateada de redes


Primavera interrompida, de Alexandre Dantas.

  El veintiuno de septiembre entré a un bar buscando un lugar tranquilo para escribir y hacer tiempo hasta que Andrea saliera del trabajo. Andy había vuelto a mi lado después de cien poemas tristes y oscuros que hablaban de amores poco insensatos y del suicidio y del asesinato como solución para las mujeres que se alejan.
  Andrea había vuelto diciendo "Marilina, te extrañé. Y no quiero extrañarte más y quiero que me ames mucho, como yo te amo. Perdoname".
  El bar elegido no resultó ser el lugar tranquilo que yo necesitaba para mi poema celebratorio por el amor recobrado, aunque tuve que quedarme en él porque no había otro en la zona que tuviese un precio de café que yo pudiera pagar. Es que soy una poetisa pobre.
  El caso es que el lugar era tan tan barato y tenía un menú con precios tan módicos que estaba lleno de gente, especialmente jóvenes aprovechando y celebrando la primer noche de primavera al ritmo de sus brazos subiendo y bajando mientras se llenaban y hartaban de cerveza.
  Mi estómago se revolvió frente al olor a hombre y alcohol y yo me cohibí un poco al notar que la única mesita libre en medio de la aglomeración de gente estaba al lado de una mesa ocupada por tres adolescentes con cara de paja que no dejaban me mirarme y de posar sus ojos desesperados en mis pechos que, ya se sabe, son bastante voluminosos.
  Haciendo tripas corazón, me dije no queda otra y me senté; con una seña pedí café al mozo y saque mi libretita y comencé a garabatear:

  "Temo compararte con la primavera,
amiga mía,
porque la primavera dura cuatro meses
y yo quiero tu amor la vida entera".

  Tache todo el verso, era muy cursi o muy lírico o muy parecido a cualquier poema de Mistral a su secretaria. Además no había llegado mi café y eso me cortaba la inspiración. Levante la vista y busqué al mozo que demoraba mi café. El tipo venía esquivando mesas y sillas con la bandeja en alto.
- Tome señorita. Este café es una invitación.
- ¿Cómo que una invitación?
- Sí. Ya lo pagaron. La están invitando.
  Me quedé helada. Un segundo. Y enseguida miré al grupo de adolescentes con cara de paja que habían mirado las tetas. Los pibes ya no me miraban sino que conversaban entre ellos de cualquier cosa, de accidentes de tránsito o que sé yo. ¿Quién podía ser tan estúpido para hablar de accidentes de tránsito como se habla de Turismo Carretera? Porque los pibes se emocionaban, contaban que borrachos se pusieron a derrapar y se les fue el auto de control y pensé que me moría, boludo, pero justito puse primera y no sé cómo salí con el Civic y la reputísima madre que te re mil ese mismo estúpido que habla así de autos y accidentes de tránsito es el mismo boludo que podía llegar a pensar que me podía levantar pagándome un café.
  Agarré el taza, me paré, me acerqué a la mesa de los tres pendejos y les grité:
- ¡Pelotudos! ¡¿Se piensan que me van a levantar con un café?! -Y sin decir más les tiré el café por la cabeza.
  Los pibes se levantaron, bardearon y me agarraron a trompadas y gracias al dios potito que apareció justo justo Andrea, de la nada, como si fuera un efrit, porque sino yo iba a terminar muy mal porque lo mio es la poesía y no el boxeo.
  Andy, llegada así, de improviso, comenzó a revolear piñas y patadas para todos lados y luego, cuando hubo abierto una brecha, me tomó de la mano y salimos corriendo  perseguidas por los tipos, hasta que los perdimos a varias cuadras del bar.
  En la agitación por la carrera, Andy me preguntó el motivo de mi pelea con los pibes.
- Es que me invitaron un café.
- ¿Y le tenías miedo al empacho?
- ¿Empacho?
- Sí. Miedo de empacharte de café: el café que te pagaron ellos más el café que te invité yo.
  Abracé a Andy suspirándole "¡Ay, te amo tanto!" y luego nos compramos flores y copos de nieve y le escribí un poema que dice así:

"Temo compararte con la primavera,
amiga mía,
porque la primavera dura cuatro meses
y yo quiero tu amor la vida entera".

viernes, 11 de septiembre de 2009

Docente garpa bondi

El otro día fui a buscar a mi señora a la puerta de la escuela en la que enseña. ¡No! Tuve que esperar que se fuera el último chico porque ella estaba "de guardia", lo que implicaba que era la responsable de enviar a cada niño a su casa. Y justo ese día los padres estaban remolones y se olvidaron de sus crios, parece.
El caso es que tres horas después, a las tres de la tarde, pude rescatarla.
Le di un pequeño beso, porque estabamos en la puerta de la escuela, no hay que hacer alaraca, y nos fuimos a la parada del 500.
Nos pusimos a conversar, le conte que le tenía ganas de comer filet con puré; que Emilia estaba en celo; que mi hermano quiere ser padre otra vez.
En fin, el colectivo se asomó sobre el final de Pearson y cuando se acercó levante el brazo, paró y subimos.
Detras nuestro, sobre el filo, se subió un policía. Y como los policias viajan gratis y como nosotros nos quedamos renegando con las monedas de diez centavos, el tipo fue y se sentó en el único asiento libre.
Y yo pense: ¿por qué este tipo viaja gratis y mi pobre señora tiene que pagar boleto, siendo que la docencia es mucho más importante para la sociedad?
Por que los docentes les enseñan cosas a los chicos, en contrapartida a los policías que los apalean. Y aún frente a los niños violentos, un docente solo tiene su palabra para lidiar con ellos; en cambio el cana tiene la cachiporra y la 9 y no duda en usarlos y después plantar un arma.
¡Los beneficios que goza un policía son tales que hasta su uniforme es oscuro, para no tener que lidiar con las manchas de aceite del pollo!
Por suerte mi señora no estaba cansada: el ambiente del aula esa mañana había sido tranquila, los chicos se habían portado bien y yo la había ido a buscar para robarle algo del cariño que reparte en clase.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Ruletenburg



A pesar de todas las que me hizo, siempre voy a odiar a Florencio Romero por lo que me hizo la última vez que lo ví.
Porque Florencio Romero me citó un día de tormenta de Santa Rosa en un bar pequeño y sucio del pueblito en el que vivía. Para llegar tuve que viajar en un colectivo con el techo roto y las ventanas que no cerraban y me baje tan molesta y luego pise tanto barro en esa plaza de Marcos Paz que cuando entre al lugar en el que me esperaba ya lo odiaba como nunca hubiera pensado cuatro años antes que lo iba a odiar.
Encima sentí el olor a humedad y cigarrillo del lugar y pense que me estaba metiéndo en la boca del lobo, una vez más. Porque Florencio Romero,había sido mi novio intermitente, volviéndo a mí cuando estaba falto de piernas, acechándome siempre desde detrás de las paredes, con poemas y flores en los labios con las que lograba tironear de mi virginidad.
Estaba allí, sentado en una mesita verde, bebiéndo cerveza de un porrón sucio, con sus dedos amarillos de la nicotina y la mirada de perro perdido con la que inspiraba ternura.
- ¿Para qué me citaste?
- Por que ayer soñe con vos, Laura.
Pero yo estaba preparada. De hecho había pensándo durante todo el viaje los argumentos para evitar ser engañada nuevamente y no terminar en uno de esos antros con olor a desinfectante de hospital que él llamaba hoteles.
- ¡Florencio! ¡Vine para hablar seriamente! ¿O acaso pensás que a mi edad puedo estar cayéndo en tus trucos baratos? Ya no vas a poder llevarme a fiestas de cumpleaños de tus amigos borrachos y darme alcohol hasta que me duerma; no voy a aceptar piedras como anillos; ya no vas a poder convencerme de que te olvidaste las correcciones de mis libros en tu casa, en tu habitación, bajo la cama.
- Esta vez es verdad, Laura. Anoche te metiste en mi cabeza y me dijiste: "¿Por qué escribis esas cosas sobre mí? ¿No te alcanza con haber destruído mi vida real, que ahora querés destruir mi vida literaria?". Y me inspiraste un cuento. Voy a hacer un cuento y contar toda la verdad; contar como te engañe; como te pedí prestados los libros de Amado y nunca te los devolví. Y así me voy a redimir de todas las veces que te dije que no pongas palos en mi rueda.
Me levante y me fui, corriéndo y chapotéando barro y me subí al primer colectivo que vi y llore mucho con mi cabeza pegada al vidrio frio porque él nunca va a apreciar los sacrificios ni tampoco se va a tomar el esfuerzo de pedir perdón o mascar un chicle antes de hablarme.

miércoles, 19 de agosto de 2009

La acostumbrada sensación de estar portándome mal


Fotografia de Gisela Giardino.

Lo que hizo María -o más bien aquello que le faltó hacer- era como para atarla con alambre de púas a una silla y untarle miel entre los dedos de los pies y dejarla sobre un nido de hormigas marabunta.
No es que sea un tipo vengativo, pero tienen que entender que ansiaba contar esa historia. Que si la historia lograba concretarse, iba a vender muchísimo porque iba a excitar como me había excitado a mí la primera vez que la escuche aún sin conocer a quienes la encarnarían:
Cuando era un adolescente sin dinero, allá por plena crisis económica de comienzos de década, salía con una chica que le tenía tanto temor a los embarazos no deseados que tuve que inventar, improvisar, descubrir mil atajos para satisfacernos sexualmente cuando no nos alcanzaba la plata siquiera para comprarnos preservativos.
Teníamos mucho sexo oral, mucha masturbación mutua. No la pasabamos mal a pesar de la falta de trabajo -la casa de sus padres siempre estaba desocupada como para encontrar un rincón sin tener que recurrir a hoteles.
Ella una vez me comentó que quería ver una película porno, que nunca había visto una. Yo le dije que ni bien tuviese el dinero suficiente como para costear el alquiler del consabido VHS la iba a complacer. Pero, pobre de ella, nunca me sobraban los tres pesos necesarios para el videoclub, y así su deseo se postergaba.
Entonces, aprovechándo mis dotes de narrador -porque me creo un gran narrador, sino no estaria escribiéndo aquí- decidí inventarle las películas.
En el ardor de las masturbación me acercaba a su oído y comenzaba a contarle fantasias bien narradas. Luego las fantasias se hilvanaban y formaban el tapiz de una película. Por ejemplo, dos amigos levantaban una prostituta al costado de la ruta, pero no se daban tiempo a llegar al hotel y se murreaban en el asiento trasero del vehículo. Deseosos de más, llegaban al telo, pero el recepcionista no los dejaba entrar de a tres. A fin de solucionar el percanse, la chica aplicaba sus labios al sexo del tipo y media hora más tarde una de las habitaciones era escenario de una partuza de a cuatro.
Las fantasias en voz alta fueron progresándo y ella fue conociéndo todos los rincones de mi cabeza, fue testigo de mi lengua larga a la hora de librarse de los tabúes. Fue una buena época. Ella ya podía leer en mis ojos cualquier pensamiento que yo tuviese, por caliente y depravado que fuese.
Pero un día me canse. Me canse y le pedí a ella que me contara algo. Necesitaba conocer la cabeza de una mujer para que al final de la relación me quedara algo con que acudir a mi próxima conquista o algo que utilizar en mis cuentos al momento de describir el alma femenina.
Y ella me contó una historia, sobre una chica que se iba a vivir con dos amigos homosexuales. Sobre como los escuchaba gemir por las noches y la excitación que esto le provocaba. Sobre como un día en el que no se aguantó más le saltó encima a uno de ellos en la cocina y como el otro al descubrir la infidelidad no pudo menos que dejarse llevar por la situación.
La historia me gustó tanto, me excitó tanto, que me quedó rondado por siempre en mi cabeza y ocupándo mis noches de soledad y al convertirme en el escritor famoso que soy hoy en día, siempre seguí con la idea de volcarla alguna vez al papel, enriqueciéndola con algún elemento de realidad y un entramado más consistente, para crear el summun de la literatura erótica.
Y es por eso que me interese en la vida de Rubén y Sergio.
No hay escritor con exposición y frecuentador del afecto público como yo que no encuentre por semana a una o dos personas que simpaticamente le digan con una sonrisa: "mi vida da para una novela" y ahí mismo se pongan a contar trivialidades sin ningún valor. Pero cuando en una tarde me encontre con estos dos hombres, tomados de la mano y visiblemente enamorados, y cuando ellos me miraron y me dijeron la consabida frase, no dude de que la vida de ellos fuese interesante. ¿Cómo reaccionaria una pareja homosexual al tener en su vida a una chica que insiste en seducirlos? Seguramente terminaria todo en una orgía de sexo bisexual que yo iba a aprovechar para escribir. La idea me atraía enormemente. Era tambien la posibilidad de revivir las fantasias que me contaba mi noviecita de la adolescencia.
- ¿Así que ustedes tienen una vida de novela?
- Sí, nos conocimos en Rio de Janeiro. Yo escapaba de un novio celoso y él había viajado para olvidar a un ex que lo había abandonado. - Me dijo Rubén, apretándo fuertemente la mano de su pareja, quien me miró asintiendo.
- Bueno, no hay problema. Esa debe ser una historia sumamente interesante. Ahora mismo estoy terminándo una novela, pero me interesa sobremanera, muchísimo, la historia. La compro. Dos meses y comenzamos con las entrevistas, ¿les parece?
Por respuesta obtuve sendas sonrisas de alegría. No es habitual que un escritor reconocido como yo se decida a novelar la vida de uno y la gente suele tener el ego bastante inflamado.
Llame a mi representante, le avise que la entrega de la novela histórica sobre el primer viaje de Benjamin Morrel a sus dieciseis años iba a ser antes del plazo fijado por la editorial y me puse frenéticamente a escribir los capítulos finales, poniéndo mucha fantasias y elementos absurdos para hacer honor al autor de Una narrativa de cuatro viajes. Pero todo esto ya lo saben porque me he cansado de dar entrevistas promocionándo ese libro.
Mientras tanto, empecé a buscar entre mis alumnas de la Facultad alguna que diera con el perfil que necesitaba para que sea mi asistente en la novela sobre la pareja homosexual. Me fije principalmente en María, una chica muy pegada a mí, que hacía trabajos prácticos citándo siempre Elementos narrativos para una refundación de la literatura argentina, mi primer libro teórico o alguna de las entrevistas que me publicó Clarín en Ñ.
Un día después de clase le pedí que me acompañase con un café y ya en el bar le hable.
- María, vos sabés que siempre trato de ser un escritor de experiencias. Comparto lo que escribió Burroughs, aquello de que "sólo hay una cosa de la que puede escribir un escritor y eso que está ante sus sentidos en el momento de escribir". Ahora bien, estoy escribiéndo una novela, pero hay una realidad que no se muestra a mis sentidos. Es una novela sobre una pareja. Y necesito entrar a su intimidad. Por eso quiero ofrecerte un trabajo.
- ¿Qué trabajo es, profesor?
- Necesito que te hagas pasar por empleada doméstica. Vas a entrar al domicilio de la pareja y me vas a contar todo lo que pase. Y tu nombre va a salir en los agradecimientos de mi próximo libro.
María aceptó. Con ese sí, llame a Rubén y Sergio y les comente que ya ibamos a comenzar con las entrevistas, pero que antes quería pedirles un favor. Que tenía una amiga mia que estaba sin trabajo, que si por favor podían darle trabajo como mucama, con cama adentro mejor, que yo le iba a pagar el sueldo y mil mentiras más.
Rubén aceptó y lo hizo aceptar a Sergio y una semana después ya tenía horas y horas de casettes con anecdotas variopintas y María ya estaba viviéndo en el departamento de Villa Luro con cama adentro y anotándo en una libreta todos los pormenores.
Yo, por mi parte, con los elementos biográficos que descubría en mis entrevistas,me iba formándo una imagen de la pareja que daban ganas de ponerla en un cuadrito: el buen humor de Sergio a toda hora, sus celos para con su pareja; el enamoramiento de Rubén, su preocupación cada vez que su amor llegaba tarde del trabajo.
Y María me contaba cosas parecidas: el sarcasmo de Sergio, los celos violentos y los golpes hacia su pareja; los intentos de Rubén por salvar la pareja, su nerviosismo cuando su amor se retrasaba y la amenaza de verlo aparecer borracho.
- ¡Tenés que seducirlo, María, tenés que seducirlo! ¡A menos que lo lleves a la cama y lo des vuelta como una media no va a romper con ese golpeador!
Pero María no lo sedujo. En lugar de aprobar la cursada prefirió buscar asesoramiento legal y psicológico para Rubén, que terminó haciéndo las valijas y volviendo a la casa de sus padres.
Yo me quede con la novela trunca, porque la mia debía ser el summun de la literatura erótica y no una historia de amores fracasados.

martes, 18 de agosto de 2009

Ápices - Natalia Tangona

Amiga de este blog, y compañera de milemilemile, Natalia Tangona acaba de publicar Ápices, en una edición de En el aura del sauce. Es un libro lleno de momentos desconcertantes, donde uno no sabe si entristecerse o reconfortarse; donde los versos lo cachetean a uno y lo hacen gritar de dolor o llorar por el cariño que tiene cada poema.
Recomiendo comprarlo. Vayan a su libreria y pidan el libro, y si les dicen que no lo tienen, hagan trompa y a encargarlo.
Y si quieren seguir leyéndo más de ella o conocer su obra, pueden hacerlo en Escritores Indie, espacio donde participa actualmente.

Natalia M. Tangona, Ápices, Colección Escrituras Indie, En el aura del sauce, 2009.

viernes, 31 de julio de 2009

Homenajeado

Lo que comenzó como un premio por un comentario a su blog, se convirtió en un homenaje -al menos así lo leo yo.
Acá pueden leer El Cerdo sin Galera, el cuento que escribió Inés Alvarez, una de las mejores escritoras uruguayas contemporáneas, en su blog Transmutación.
¡Qué hacen acá! ¡Vayan ya mismo y lean! Y no solo el cuento, sino todos los cuentos y haikus y ejercicios literarios con los que juega para nuestro deleite.


martes, 14 de julio de 2009

El terror de los infieles

Estaba caminándo por Liniers, en la temprana noche del invierno, buscándo algún bar de chicas bailarinas de esos que tanto abundan en ese barrio y en el que cualquier perdedor como yo puede comprar un poco de amor. Ya eran dos meses de ausencia de Gabriela, dos meses en los que los brazos de Gabriela no abrazaban mi cuello; dos meses sin que mis dedos desenreden sus rulos de sol. Gabriela me dejó y ya no volví a saciar mi sed en su escote ni a calentar mis huesos entre sus piernas.
Y el ardor por no tenerla era lo que me impulsaba a recorrer los locales sombrios de humo y perfume barato, buscando alguna mujer de amor fácil.
Pero por más desesperación que tuvieran mis huesos, estar con otra mujer que no fuera mi Gabriela seria difícil. Por eso, para tratar de alejar lo más posible la diferencia, para poder sobrellevar los arrebatos del amor, me había provisto de un pañuelo con su perfume y su fotografia. Llevaria a cualquier prostituta a la cama y le pondría el pañuelo de mi amada, para sentir en la penumbra su aroma; y en el momento de plenitud, miraria la foto de Gabriela sobre la mesita de luz y seria como robarle al destino un momento con ella.
Me metí entre las calles del barrio, dispuesto a internarme en el primer antro, en el primer pasillo con escalera al fondo que encontrara, cuando al llegar a la esquina de Falcón y José León Suárez, un volantero me chistó:
- Señor, tenga acá, un volante con la solución a todos sus problemas - me dijo extendiéndome un papel.
Avidamente se lo arrebate y lo leí, esperándo encontrar el típico volante de cabarulo: "Diosas en Liniers. Nivel VIP $20.00" o algo por el estilo. Pero nada que ver. El volante rezaba: "Don Evaristo. Yatiri Aymara Paceño. El terror de los infieles". Se trataba de un espiritista o curandero, alguien que aseguraba en su volante: "Hago amarres eternos para siempre. Hasta que la muerte los separe. Lo amarro de pies y manos hasta que pida perdón. Reconcilio parejas separadas. Amores rebeldes. Hago regresar a tu pareja infiel por más lejos que se encuentre atándole su cuerpo, mente y espíritu. Traer su nombre o foto y el amarre es seguro".
Iba a tirar el papel, con un gesto de desprecio, cuando algo me dijo, "Juan, si sos capaz de hacer cualquier cosa por Gabriela, como acostarte con la prostituta más barata de Liniers, ¿cómo no vas a arriesgar unos pesos con este tipo?".
Así que me encamine a las cuadras de la feria boliviana donde el tipo atendía, le compre un poco de chicha a una de las vendedoras ambulantes para darme ánimos para enfrentarme a lo sobrenatural y toque timbre en la dirección que ponía en la propaganda.
Pasaron unos segundos, y una señora encorvada me abrió.
- Vengo por el volante...
- No me diga por qué viene. Don Evaristo lo está esperándo.
Me hizo pasar y atravesé un pasillo mal iluminado seguido por la mujer. En un cuarto, al fondo, se oía ladrar un perro y ahí entramos.
- Don Evaristo, llegó el señor.
- Adelante, tome asiento. - Me dijo el hombre, que era un viejito arrugado y emponchado. A su lado, un perro flacucho y con olor a mojado, me gruñia y ladraba por lo bajo. Me miró y me dijo:
- ¿Sufres por tu ser amado? ¿Te sientes decepcionado al saber que ya no te ama? ¿Crees que ya no exíste solución? Yo te voy a devolver la felicidad. Tengo más de treinta años uniedo parejas.
- Sí, pero ¿cómo sabía que venía porque mi novia me dejó?
- Yo lo sé todo. ¿Trajiste una foto o una prenda?
- Sí. Tengo una foto y un pañuelo.
- ¡Dámelos!
- Aquí tiene... ¿Pero va a funcionar?
- ¡Por supuesto! ¡Yo hago amarres eternos para siempre, hasta que la muerte los separe! ¡Amarro a la mujer de pies y manos hasta que pida perdón, reconcilio parejas separadas, amores rebeldes! ¡Hago regresar parejas infieles por más lejos que se encuentren!
- Bueno. ¿Y cuánto me va a salir?
- Dame todo lo que tengas en la billetera y ese reloj.
Pagué y terminada la transacción, me retire. Salí rápidamente del lugar y ahí caí en que acababa de perder mi aguinaldo seguramente al cuete.
Me cole en el tren y volví a casa caminándo desde la estación de Merlo. Triste, con los bolsillos vacios, y pensándo desesperadamente en Gabriela y en las ganas de hacer el amor.
Así, pasaron días y días. Tuve que pedir un vale en el trabajo para poder viajar y todos los días, cuando me bajaba del 21 en Liniers, puteaba al viejo maldito; ese Don Evaristo, cada vez estaba más seguro, se había quedado con mi dinero a cambio de nada.
Una semana sin noticias. Ya estaba desesperado. Llamé a todas las mujeres de mi agenda para invitarlas a comer arroz a casa y ver si podía arrimar alguna ficha, pero la que no se había casado en los dos años de noviazgo felíz que había tenido con Gabriela, ya había cambiado de celular.
Probe con el teléfono de mi hermano, le pedí dinero prestado y me compre una película porno para disipar los malos humores.
Llegue a casa, encendí la tele y el DVD, puse Los Amores de Laura y me desabroché el pantalón. Una presentación con una chica bailándo, luego una pareja que comenzaba a tener sexo al despertarse súbitamente en medio la noche llamados por la voz de la necesidad y yo que no podía evitar pensar en las noches que había pasado junto a Gabriela; cuando a fuerza de sexo me mantenía despierto para que al otro día llegase temprano a trabajar; cuando se escapaba entre las sábanas y al encontrarla mi boca nunca estaba en su boca y sin embargo nos besabamos como adolescentes en su segundo beso de lengua.
Perdido en estos placeres, no me di cuenta de que tocaban el timbre. Me abroché el pantalón y salí corriéndo a atender: ¡era Don Evaristo!
- Tenés que pagarme algo más, porque el trabajo era más dificil de lo que pensaba. Mi perro se confundió porque el perfume era con base de nueces y a él le va mejor con los frutales y encima la foto era de cuerpo entero y yo no tengo buena vista y me costó enfocarla para aprenderme la cara. Pero cumplí: regresó tu novia a tu lado.
Y tomándome del brazo, Don Evaristo me arrastró hasta un Ford Taunus, abrió el baúl, y allí amarrada de pies y manos, había vuelto mi Gabriela.

viernes, 26 de junio de 2009

Ramos Mejía

Fotografia de Yoshimiii

La estación de Ramos Mejía me da un sentimiento terrible de adversión. Allí, hace muchos años, mi primera novia me abrazó por última vez. y después de poner cara de que yo le daba lastima, después de avisarme que ya me lo había advertido más de cien veces, que la dejase en paz o iba a cometer una locura, que no quería saber más nada de mí porque yo era un idiota inmaduro, se arrojó de lleno bajo las ruedas del tren que entraba en la estación. No murió. Sobrevivió, perdiéndo sus dos piernas.
Paradojas del amor, su fallido suicidio me alegró, porque pensé que ahora que había quedado lisiada iba a necesitar de mí, que volvería acusiada por la necesidad.
Pero eso no sucedió, y ella se enamoró de su médico y se olvidó de mí. Y el tiempo pasó y me borró el dolor por su rechazo, me borró sus facciones, pero nunca pudo sacarme el miedo que sentí en Ramos Mejía, parado impotente al borde del anden, mientras mi amor era triturado por la formación.

jueves, 21 de mayo de 2009

Burundanga

Todo se me había dado: hacía frio, podía invitar a Jésica a tomar un café con esa excusa y encima era Viernes y había cobrado la quincena, por lo que me alcanzaba para una buena habitación en un telo, con televisión y todo.
Baje del tren en la estación de Morón y fui derecho para Nuevo Morón, la pizzería en la que me esperaba mi chica.
- ¡Rubén! -Me llamó desde su mesa, pegada al vidrio de 9 de Julio. -Te extrañaba, ¡tardaste mucho en llegar!
- Es que salí más tarde. -Le explique mientras la besaba y recorría con mis manos todo su contorno. - Yo también te extrañé, hoy tuve un día de mierda. Pero ahora estamos solos los dos y no importa nada más, salvo que nos corramos de la ventana.
- ¿Qué nos corramos de la ventana?
- Sí, no me gusta este lugar.
- Pero desde acá se ve la Estación y la Plaza; podemos ver a la gente haciéndo cola para tomar el colectivo y a los vendedores ambulantes vendiendo chucherias y cd's truchos. Además, si pasa algún conocido, podemos saludarlo y aumentar nuestra vida social, que siempre estamos solos y no quiero que a la larga eso repercuta en nuestra relación, que nos termine aburriéndo al uno del otro.
- Mirá, no me interesa estar expuesto frente al vidrio, siento que soy un muñeco en una vidriera; además no te veo en toda la semana y lo único que quiero es estar con vos y si viene algún conocido me voy a poner de la cabeza porque me va a sacar el poco tiempo que tenemos para estar juntos. ¡Por favor, Jésica, estuve toda la semana pensándo en vos, deseándo verte, vamos a un lugar más intimo!
Convencida Jésica, agarró su cartera y nos fuimos más adentro de la confiteria. Pedimos café con tostados y ella comenzó a contar su semana. Hablaba y hablaba de los cursos que había comprado en Educap, que había pasado el cobrador por la escuela y no sé qué; que al parecer una de sus alumnas se había rajado con el novio y hacia dos días que no aparecía por la casa y era una verdadera lastima porque era de las que mejores notas tenía; que había descubierto un método para que la carne picada no se le pusiera negra y era meterla en taper apenas la compraba y frizarla en el momento. Todo eso me contaba y yo opinaba acá y allá, mientras me devoraba los sanguches uno atrás del otro pensándo cuando seria el momento políticamente correcto para pedirle que paguemos y nos vayamos corriéndo a encerrarnos en una habitación en cualquier hotelucho: tenía muchas ganas de acostarme con ella y decirle muchas cosas bonitas para hacerle bajar la guardia y que se ponga gauchita.
Apure mi café, pague los tostados y las bebidas y Jésica seguía hablándo. La interrumpí:
- Amor... Me encanta escucharte, pero me parece que la podemos seguir afuera. Ya pague y el mozo me mira con mala cara, capaz que ya van a cerrar.
- Pero Rubén, ¡recién son las diez de la noche!
Era muy temprano, era cierto, así que rápidamente invente otra cosa:
- No importa, vamos. Pobre tipo, imaginate que cuanto antes nos vayamos, más temprano va a poder retirarse. Además, debe estar ansioso por recibir mi propina. Tal vez le faltan dos pesos para comprarse un Parliament. Fijate la cara de transnochado que tiene, el desparpajo para vestir el saco y el jean: capaz que es un loquito y se saca si no fuma; dale, vamos, que nos mira raro.
Mi chica tomó su cartera y su abrigo mientras miraba con desconfianza al mozo y mientras salíamos se pegó a mí.
- ¿Qué hacés?
- Te abrazo, ese mozo me da miedo, ¿viste como me miraba? Vamos, rápido Rubén, no quiero quedarme más acá.
- Bueno, vamos, pero soltame el brazo, que es mejor que estemos separados, por si el loco del mozo nos corre.
- Está bien, pero ¿para dónde vamos?
- No sé, vos camina.
Empezamos a movernos por Sarmiento. Seguimos de largo la feria y las paradas del 236; hicimos zig-zag y sin querer ya estabamos en la puerta del hotel que está frente a las vías.
- Uh, amor... Un hotel.
- ¡Rubén! Pensé que me ibas a invitar a tomar un helado, jugar al pool o unas fichas en el Bingo. Pero vos solo me querés para meterme en la cama.
- No es así. Yo quería jugar un par de cartones, pero si nos volvemos ahora capaz que nos cruzamos con el mozo loco. Dale, entra, que escucho pasos.
Entramos; nos abrieron una puertita, luego una rejita y pasamos a un largo pasillo de sillones aplastados donde varias parejas esperaban con nerviosismo su turno. Luego de esperar un rato haciéndonos arrumacos, nos dieron nuestra habitación, al final de un pasillo y al lado de la lavanderia.
Entre y salte de culo sobre la cama; el colchón estaba vencido, así que mucho no rebote.
- Este lugar es horrible.
- Pero acá estamos tranquilos. Vení, dame unos besitos.
- Es que no estoy tranquila. Se escuchan los lavarropas. Pone la radio.
Puse una cumbia espantosa en la radio, empecé a besarla mientras maniobraba para quedarme en calzoncillos. Entre besos tenía que ir diciéndole cosas dulces, no fuera a ser que se pusiera en chica recatada.
Unos minutos tarde y luego, ya despojada de su vergüenza por mis palabras de amor, empezó con las palabrotas.
Jésica gritaba y decía cochinadas y yo se las respondía y la habitación ya era un baño romano. La noche no podía ser mejor: ¡tenía una mujer a mis pies, buena de los pies a la cabeza, haciéndome todo lo que yo quería. y solo me había costado unos tostados y un par de cafés!
Estaba a punto de llegar al punto de máximo esplendor, con Jésica navegándo arriba mio, cuando un fuerte golpe me hizo saltar el corazón.
- ¡Hijo de puta, estás acá!
Tirando la puerta abajo, entró mi mujer. Sin darme tiempo a nada, mi gordita Viviana se metió en la pieza y de un fuerte trompada en la cabeza revoleó a Jésica al otro lado de la habitación.
- ¿Ya cobraste y ya estás tirándo el dinero con cualquier puta? ¡Desde el pasillo que escucho las cosas que te decía la trola! ¡Pero ahora vas a ver, te voy a cagar a trompadas para que aprendas a no meterme los cuernos!
- ¡No, gordita, no! ¡No entendés! ¡Yo te voy a explicar lo que pasa acá!
Mi mujer miró a Jésica, que había caído desmayada a un costado de la cama y me dio un minuto para que le explicara y guarda con mentirle porque me iba a romper todos los huesitos.
- No, Vivi, no me rompas ningún huesito,-le supliqué de rodillas y esforzándome por llorar:- mirá, alguien debe de haberme buchoneado, alguien me vendió, enterado de que yo cobre hoy. Y por eso está mina se me acercó, me roció con burundanga y me trajo acá, casi hipnotizado, para sacarme el dinero. Luego me desnudó y me quizo violar, amor. ¡Me drogó con burundanga!
Mi Viviana se enterneció, aflojó el enojo y me abrazó.
- ¡Mi bebé! Quedate tranquilo que ahora estás con mami y ya no te va a pasar nada. Vayamos a hacer la denuncia, ¿si?
- ¡No, gordita, la denuncia no! ¡La policía se va a reir de mí! ¡No me hagas eso! Mejor vayamos a casa y olvidemos todo.
Salí del hotel apurándo a mi esposa: "vamos, amor, apurate y tomemos un taxi, que está oscuro, no quiero que me afanen". No fuera a ser que Jésica despertara y descubriera la verdad sobre su desmayo antes de que se me ocurriera una buena mentira.


miércoles, 11 de marzo de 2009

El modelo de Pickman

No es necesario pensar que me volví loca, Eliana. Admito que me encuentro mucho más nerviosa que el año pasado, cuando nos vimos, pero no creo que sea tanto como para que me mandes al loquero. Aunque tengo muchos motivos para enloquecer y mucha suerte por haber conservado el equilibrio hasta ahora.
Bien, tenés que saberlo. Después de todo, fuiste la única que me escribió cuando se enteró que ya no andaba más por la Casa de la Cultura y que me aleje de María Florencia Pickman. Ahora que Pickman ya no está, de vez en cuando paso por allá, pero mi ánimo ya no es el de antes.
No, no sé que fue de Pickman y tampoco me gusta pensar en eso. Pudiste sospechar que yo sabía algo importante cuando me distancie de ella... y esa es la causa por la que me niego a pensar a dónde habrá ido. Dejemos que la policía averigüe lo que pueda. No creo que sea mucho, teniendo en cuenta que aún no saben nada de la casa del Parque San Martín. Sí, te voy a contar sobre esa casa; así sabes vos también por qué no voy a la policía.
Vas a entender que mi alejamiento de Pickman no se debió a los mismos motivos idiotas que produjeron el alejamiento de hombres como el Doctor Delgado, Pablo Arnaldi o Roberto Rehl. El arte que se ocupa de lo morboso no me interesa para nada, pero cuando una persona con la calidad de Pickman aparece, es un honor conocerla y justo reconocer su obra. En todo el Conurbano jamás ha existido un pintor o pintora tan notable como María Florencia Pickman. Lo dije desde el principio y continúo diciéndolo; también lo dije cuando Pickman dio a conocer su Vampiro alimentándose, ese lienzo en el que se observa a un ser despreciable, con unos ojos que parecían los del diablo mismo, echándo su fetidez mientras se acerca a una casa dentro de la cual se veía, por una de las ventanas, a una niña inocente poniéndo la mesa familiar para la cena. Esa escena, los ojos rojos llenos de deseo, la sospecha de que la cena no es la comida que se encuentra sobre la tabla sino la inocente niña que cumple con el rito familiar... Por esa pintura, Arnaldi dejó de saludarla.
Cualquier dibujante puede poner absurdamente un poco de color sobre un papel y anunciar que nos está entregándo una pesadilla o un retrato del diablo. Pero sólo un gran artista puede llegar a un resultado que nos parezca verdadero y nos aterrorice. Esto es posible porque solo un gran artista puede conocer la verdadera anatomía de lo terrible y la fisiología del miedo. No quieras saber qué es lo que estos hombres ven.
Cómo recordarás, el fuerte de Pickman era los rostros, la expresión que transmitían las miradas. Creo que nadie, desde Berni, ha puesto tanta intensidad en unos rasgos. Y antes que Berni tenemos que buscar en los artistas que crearon las gárgolas o las quimeras de la Basílica de Luján. Ellos creían en la realidad de las criaturas que plasmaban en sus obras... y tal vez también veían esa clase de cosas. Una vez, me acuerdo, le pregunté a Florencia Pickman, delante de toda la gente que frecuentaba la Casa de la Cultura, de donde sacaba sus ideas. Por respuesta obtuve una mirada llena de temor y me pareció notar un ligero temblor en sus labios. Y esa respuesta fue el motivo por el que el Doctor Delgado se disgustó con Ella. Delgado venía de graduarse en Patología Comparada y estaba lleno de grandes ideas sobre el significado biológico o evolutivo de cualquier síntoma mental o físico. Cada vez menos se bancaba a Pickman y terminó teniéndole miedo, horrorizándose cada vez que la veía. Decía que la expresión de Pickman e incluso sus rasgos indicaban que la artista estaba loca. Si has hablado con Delgado, seguro le dijiste que su error consistió en dejarse influenciar por los cuadros de Florencia Pickman. Eso fue lo mismo que le dije yo.
No me distancié de Pickman por ninguna de estas cosas. Nada que ver; mi admiración crecía día a día. El Vampiro alimentándose era una obra maestra. Sin embargo, la Casa de la Cultura se negó a colgarlo de sus paredes; el Teatro San Martín ni siquiera lo aceptó como donación y nadie quiso comprarlo, así que el cuadro quedó en la casa de Pickman hasta que esta desapareció. Ahora andará en algún depósito de la policía, si es que sus estómagos de rotisería los resistieron.
Empecé a visitar a Pickman, en su casa de Merlo Centro, de vez en cuando. A sabiendas de mi admiración por su obra, me facilitó el acceso a todos sus trabajos, a todos sus cuadros y dibujos que tenía con ella, incluyendo algunos bocetos realizados en crayón que hubieran significado su expulsión de la Casa de la Cultura de haber salido a la luz. En poco tiempo me transformé en una adepta que se pasaba horas y horas escuchando a Florencia Pickman.
La pintora se volvió muy confidencial, éramos intimas; seguramente debido tanto a mi admiración como al hecho de que casi todo el mundo la rehuía. Una tarde me dijo que si ella estuviese segura de mi discreción y de mi entereza, me mostraría algo distinto a lo que yo estaba acostumbrada a ver; algo mucho más perturbador que cualquiera de las piezas que tenía en su casa.
“Ciertas cosas”, me confió, “no son tolerables para Merlo Centro. Aquí estarían fuera de lugar y tampoco podrían ser concebidas. Los fantasmas de aquí son fantasmas amaestrados. Yo necesito fantasmas humanos”.
“El mejor lugar para que viva un artista”, continuó, “es el Parque San Martín. ¿Tenías idea de que antiguamente la zona estaba infecta de lagos y pantanos? ¿Qué esa es la causa de la gran humedad que reina en las casas de ese barrio? ¿Y que las manchas de humedad en las paredes forman figuras horrorosas, a veces demasiado fuertes como para querer verlas? ¿Sabías que la Quinta de los Japoneses fue loteada por una maldición que cayó sobre la familia y la obligó a desprenderse de muchas de sus propiedades? Puedo contarte mil historias como éstas; historias que harían estremecer a esos seudointelectuales. Por lo que advierto, estás interesada en todo lo que te cuento, pero: ¿qué me decís si te contara que tengo otro estudio por esa zona, donde obtengo toda la inspiración para mis obras, todo el ambiente tétrico que necesito? Hace ya tiempo que decidí pintar el terror de la vida, de igual modo que se pinta su belleza. Si querés, podés venir esta noche conmigo. Me encantaría que me acompañes. Estoy segura de que los cuadros te van a gustar mucho, dado que representan lo mejor que pinte. No está muy lejos, tomamos un colectivo y luego caminamos. Por favor, acompañame, sos mi única amiga”.
Tomamos un Quinientos, eran cerca de las doce de la noche ya. Un rato después, estábamos en el barrio. Subimos por una ancha avenida desierta, salpicada por veredas irregulares y con dos grandes zanjas bordeándola. Caminamos en silencio: Florencia Pickman estaba agitada y se podía escuchar su respiración entrecortada.
Al llegar a una esquina poco iluminada doblamos a la izquierda y tomamos por una calle estrecha hasta que nos detuvimos y Pickman extrajo de uno de sus bolsillos un manojo de llaves y me indicó que llegamos.
La propiedad era una casa de alto, con las paredes tan sucias que parecía imposible que se mantuvieran de pie. Entramos y me encontré con un vestíbulo apenas iluminado por una lamparita, lleno de polvo del cieloraso de yeso descascarado. Cruzamos una puerta a la izquierda y la artista, luego de encender la luz, me invitó a sentarme en una mecedora de mimbre, que me pusiera cómoda, dijo, como si estuviera en mi casa.
Vos sabés, Eliana, que soy una mina dura, pero te tengo que confesar que lo que me mostraron las paredes de aquella casa me revolvió las tripas. Eran los cuadros que Pickman no podía pintar ni exhibir en la Casa de la Cultura ¡eran horrendos!
Es inútil que trate de describirte aquellas telas, porque ¿cómo hacer para describir el más terrible, morboso horror y la más completa y repugnante descomposición moral mediante unas simples pinceladas de color puestas sobre un lienzo? No se veía en esas obras ninguna técnica sofisticada, era solo un poco de pintura sobre una tela, pero lograban agrietarme el alma. Los contornos recogían los rasgos de habitaciones -un baño, un dormitorio, lo que parecía una Iglesia-, con notable maestría; ¡pero tendrías que ver los personajes que habitaban allí y las escenas para comprender mi turbación!
La locura y la deformidad se cebaban en las figuras de primer plano, puesto que, como bien sabes, en la obra de Pickman predomina un satánico retratismo. Las figuras no eran del todo humanas; más bien tenían los ojos rojos como perros, inyectados, llenos de ira. ¡Y sus ocupaciones! No me pidas precisión. Solo te diré que estaban enfrascados en orgías, atacando sexualmente a niñas mientras le aullaban a la luna. Me paralicé del horror. Sobre todo por la puta expresividad que Pickman sabía dar a los rostros del macabro botín.
A todo esto, Pickman había encendido la luz en la habitación de al lado y me invitaba a pasar para enseñarme sus últimos estudios. Aún no le había dicho nada sobre mis impresiones de lo que había visto -el terror y la emoción me habían dejado muda. Quiero que tengas en cuenta, Eliana, que no soy una flojita capaz de ponerse a gritar frente a cualquier cosa. No me dejo impresionar con facilidad. Pero lo que vi en aquella pieza me sacó un grito y tuve que sostenerme en el marco de la puerta para no caerme.
¡Cómo podía Pickman pintar esas cosas! Mientras recobraba algo de aplomo y serenidad, en tanto me iba adaptando a aquella segunda habitación morbosa, llena de escenas de vampiros cometiendo violaciones y abusos, comencé a analizar mi propio estado de ánimo. Dilucidé que todo lo que veía me producía asco porque evidenciaba la total falta de moral de Pickman. Sin duda debía ser una persona de muy bajos escrúpulos para trazar aquellas piezas tan degradantes de la mujer y la niñez. Pero también, aquellas pinturas eran aún más aterradoras a causa de su grandeza. El suyo era un arte que persuadía: al mirar sus cuadros veíamos a esos vampiros en persona y nos inspiraban miedo. Y era curioso porque Pickman pintaba de un modo lineal, sin usar trucos ni efectos, sin difuminaciones de luz o distorsión de lo real: los perfiles eran nítidos y los detalles lamentablemente definidos. ¡Los ojos, qué decirte de los ojos! ¡Esos ojos rojos que tenían los vampiros parecían reales!
Más adelante subí tras María Florencia Pickman a su verdadero estudio, que se encontraba en el piso superior, a través de una escalera húmeda y chirriante. Salimos a un pasillo y lo cruzamos. Aquí, al pasar frente a una habitación, me pareció percibir un ruido. Como un murmullo, o tal vez una tos, pero Pickman apuraba el paso, deseosa de mostrarme su obra y no se me ocurrió preguntar.
A través de una puerta hinchada, entramos a una habitación bastante grande, con piso de madera y llena de caballetes, lienzos y pinturas por doquier. Al costado, una camita de una plaza, con las sábanas revueltas, le daba una tristeza lastimosa al estudio.
Los cuadros sin terminar, algunos en los caballetes y otros apoyados contra la pared, me producían el mismo horror que los que había visto y volvían a dar fe de la meticulosidad que caracterizaba a la artista. El esbozo de las escenas era muy cuidadoso y las líneas de lápiz revelaban el cuidado con el que Pickman trataba de conseguir la perspectiva y las proporciones precisas. Era una gran pintora y eso aún lo sigo diciendo ahora.
Había algo muy perturbador en los repulsivos bocetos y en todas esas inacabadas monstruosidades que poblaban todos los rincones del estudio. Pero cuando súbitamente la pintora descubrió una enorme tela colocada sobre un caballete, no pude contener un nuevo grito de horror, el segundo en la noche. Los ecos del grito rodaron en una y otra de las habitaciones de aquella casa húmeda, y grande fue el esfuerzo que tuve que hacer para no caer en un ataque de nervios.
En el cuadro se veía un retrato familiar; un hombre y una mujer rodeaban a una niña que sostenía un libro de oraciones en sus manos y vestía de comunión. Pero lo que producía una sensación de terror y repulsión, no era el rostro del hombre, que repetía el motivo de los vampiros con ojos rojos; tampoco el rostro de la mujer, con los ojos blancos, ciegos. Si bien los ojos de ambos hubiera bastado para mandar al loquero a un hombre impresionable.
Lo que golpeaba, Eliana, era la composición del rostro de la pequeña: ¡Pickman había utilizado sus propios rasgos para dar con la cara de la niña!
Me quedé en silencio, pensando en todo el horror que estaba presenciando: ¡y sólo eran pinturas! Pero el silencio me hizo notar que, desde que mi último grito despertó ecos por todas la casa, Pickman no dejaba de mirar hacia la puerta del estudio. Su expresión era de preocupación; no, de temor. Sí, ella también era presa del miedo, aunque a diferencia del que yo experimentaba, en su caso parecía un miedo más físico que espiritual. Sin que yo lo hubiera imaginado, caminó hasta la camita, levantó el colchón y sacó un revolver. Con una seña me recomendó que guarde silencio y avanzó fuera de la habitación, cerrando la puerta tras de sí, dejándome sola en el estudio.
Sentí que mi cuerpo se paralizaba. Algo me decía que debía huir, pero mis piernas no me respondían. Aguzando el oído, me pareció percibir un sutil sonido en alguna parte, como de un par de pies arrastrándose por el suelo; luego una discusión, entre Pickman y un hombre. Las palabras subían rápidamente de tono, y se escuchaba uno detrás del otro, hasta que los insultos se cortaron y empezaron a escucharse golpes.
Sin poder soportar más, abrí la puerta del estudio y me lancé al pasillo: la puerta de la habitación en la que creí escuchar alguien tosiendo estaba abierta. Me asomé y me encontré a Pickman pegándole a un anciano con un bastón al tiempo que le gritaba “viejo de mierda, ya no me vas a coger más, no me vas a coger más, viejo violador”. Entré a la habitación para detener a la pintora en su ataque de ira, pero cuando iba a atajarla, Florencia Pickman sacó el arma de su bolsillo, apuntó al anciano y resonaron, uno tras otro, seis disparos de revolver.
Ambas nos quedamos un rato allí, congeladas al pie de la cama, observando la agonía del anciano hasta que se murió, con el pecho sangrando y el rostro con los ojos rojos mirando el cielorraso.
De ese modo concluyó la aventura de aquella noche. La promesa de Pickman de mostrarme el lugar se cumplió. Abandonamos aquel barrio por otra dirección y muy pronto me encontré saliendo a Avenida Constitución. Doblamos por Bolívar y regresamos a Merlo. Recuerdo muy bien la caminata. En la esquina de Bolívar y Avenida del Libertador, Pickman me abandonó y desde ese momento no volví a verla más.
No quieras que te explique o te de más detalles. Hay secretos mucho más siniestros que el de ella; secretos ocultos tras cualquier pared de vecino, o plantados en veredas y rutas.

8 de Marzo de 2009
Tratándo de hacerlo un poco más terrorífico,
versión libre del clásico de Lovecraft, El modelo de Pickman

miércoles, 4 de marzo de 2009

¿Qué propiedad tendrá la lluvia?

¿Qué propiedad tendrá la lluvia
que me provoca estas ganas de extrañarte
de renunciar al trabajo
morir de hambre
solo para hacer cuchara
tomar la sopa
secarme con vos?
¿Qué propiedad tendrá la lluvia?
Treinta kilómetros
y si al volver
hay sol radiante...

domingo, 4 de enero de 2009

Cuatro

Pensé que sin bolsillos podía tener un poco de su amor;
que mis ideas reemplazarían el hambre de viajes;
y que un hueco en el estómago, un día, era un hermoso gesto azul.

Pero me equivoqué juzgándo su carácter;
mis ideas no se mastican,
y tengo un agujero del que mana sangre.

Ahora le doy distintas oportunidades,
moviéndome como su sombra,
habitación tras habitación;
pero ella va a negarse,
prefiere el olvido antes que matarme.