lunes, 14 de febrero de 2011

El hombre de las 41 mujeres

   Es mentira que Carlos Ward, el hombre de las 41 mujeres, murió asesinado por los tiros traidores efectuados por Nadiuska, su amante croata, en uno de los copetines de Liniers, esos que estaban debajo del puente antes de que el gobierno de la Ciudad decidiera demolerlos. Es cierto que recibió ese tiro, ese tiro que lo volteó de la banqueta en la que estaba sentado, pero no se murió.
  Lo que pasó fue que al caer, su cabeza golpeó el piso y se desmayó. La amante enojada lo dio por muerto y salió corriendo para el lado de San Cayetano. Luego, llegaron la policía y una ambulancia del SAME, y los oficiales presentes lo reconocieron porque Carlos Ward era intensamente buscado desde hacía varios meses por haberse acostado con la esposa de un comisario y el comisario se había ocupado de que toda la federal estuviese enterado de su rostro, aunque las razones que había urguido para evitar el ridículo de que un boliviano fuese capaz de robarle la mina a un argentino de ley como él lo señalaban como el lider de una red de narcotráfico.
  Carlos Ward despertó arriba de la ambulancia y se vio esposado a la camilla. Carlos Ward era un luchador implacable -y no hablamos de un luchador de causas justas, hablamos de un luchador de pendencias- y con un solo brazo dejó grogui al policía que lo custodiaba y obligó al médico de emergencias a dejarlo escapar. Saltó de la ambulancia, cayó sobre Avenida Rivadavia y se largó a correr hacia un rumbo más seguro que las calles de Buenos Aires.
  Eran aproximadamente las once de la noche cuando Stellita sintió los golpes en la puerta. Se asomó por la ventana de la casita que tenía en Ciudadela y vio a su amante ensangrentado. Con prisa, lo hizo pasar dentro y comenzó a practicar con él todos sus conocimientos de medicina. Stellita estudiaba para médica; no le iba muy bien, pero era persistente, y en catorce años de carrera al menos sabía como hacer para extraer una bala y cicatrizar una herida.
  Carlos Ward se despertó desnudo y con mucha energía: necesitaba descargar toda la adrenalina de las últimas horas, así que zamarreó a Stellita que velaba dormida en una silla, al lado de la cama. La mujer abrió los ojos, tomó la mano que le ofrecía el hombre, y se dejó llevar bajo las sábanas. Tantas ganas tenía Ward que ni siquiera la desnudó. Al cabo de una hora Stellita había acumulado varias sonrisas y entonces se atrevió a preguntar que había pasado.
- Me mataron, me clavaron un cuchillo por la espalda.
  Stelliya no desmintió a su amante; en lugar de eso lo besó y se levantó para prepararle algo para comer. Luego, mientras lo dejaba cenando, salió a la calle y caminó hasta la estación de servicio donde dejaba estacionado el Fiat 1500. Volvió con el autito rojo, Ward se escondió en el baúl, y arrancó rumbo al lugar que previamente el hombre le había indicado.
  Un rato después, Stellita estacionó el auto sobre la ruta 3, cerca de una esquina llena de prostitutas. Ward se apeó, la besó y la despidió, asegurandole que más tarde la llamaría. Luego se dirigió hacia el lugar donde paraba Marcela, alias la Pichi. Stella se alejó en el auto, pero a los cien metros pegó la vuelta para ver con quien iba a encontrarse su amante: miró y luego rajó, criticando a la prostituta por gorda y tetas caídas, pero deseando que no le arrebatara a su hombre.
  Carlos Ward increpó a su amante con un vamos: la chica se despidió de las demás y lo siguió. Dieron la vuelta a la esquina y se mataron un rato a besos. Ward le explicó luego lo que le había sucedido y le pidió ayuda para esconderse de la policía y de Nadiuska, la muchacha despechada. La Pichi, cuando escuchó que había otra de por medio, puso mala cara, pero amaba a Ward y se lo tenía que bancar así como él se bancaba que ella hiciese la vida.
- Te puedo ofrecer ochenta pesos, la noche no viene muy bien.
- Yo no acepto dinero de mujeres. Yo quiero que me ayudes a llegar a un lugar seguro. Solo vos sabés donde se esconde Minina.
  La Pichi aceptó llevarlo hasta Minina, pero por la mañana porque había recibido un tiro y tenía que descansar. Fueron caminando hasta un hotel barato, la mujer le pidió al encargado que le hiciera precio de amigo, que no estaba trabajando, y pasaron a una habitación en la que Carlos Ward tuvo que demostrar porque era tan reputada su baja por todo el límite entre Capital y el Conurbano Bonaerense.
  Por la mañana La Pichi y Carlos Ward tomaron un remis hasta Florencio Varela y Carlos Ward de despidió con un beso y un te llamo. Luego golpeó las manos en la casa de Minina.
  Minina no estaba en casa, porque eran las nueve de la mañana y a esa hora estaba dando clases. Así que Carlos Ward compró Crónica y el diario le sirvió para enterarse de que se había muerto, según declaraban unos policías junto a un cadaver irreconocible por las heridas en el rostro -tras su salto de la ambulancia había tenido lugar un persecución implacable que finalizó con un allanamiento en un asentamiento de Flores donde los policías habían tenido que descargar cientos de balazos sobre el pobre tipo al que confundieron con Ward. También el pasquín le sirvió para taparse la cara mientras esperaba frente a la casa de Minina que volviera del trabajo, no fuese a ser que siguiesen buscándolo.
   Minina no apareció hasta las seis y media de la tarde, porque al salir de la escuela se había dirigido hasta la Secretaria de Inspección y allí tomó una suplencia en el turno tarde. Volvió cansada porque el grupo nuevo era muy revoltoso y la directora una harpía y solo quería poner sus pies en una palangana con agua y sal. Cuando, desde la esquina, divisó a Carlos Ward junto al portón de entrada, no creyó al comienzo que fuese él en verdad y dudó de sus sentidos.
   Carlos Ward, el hombre de las 41 mujeres, solo había tenido un amor en su vida y era Minina. Pero Minina nunca le había dado bola, y ahora, con las emociones de las últimas horas, quería volver a probar suerte. 
  Tal vez a Carlos Ward ya le ardía la fiebre por la herida mal curada; tal vez la herida mal curada ya estaba infectada. Carlos Ward miró a Minina y le dijo:
- Vine para terminar el recorrido en tus brazos. Es solo un ratito y luego me muero.
  Minina, que nunca le había dado bola a Carlos Ward porque pensaba que era un mujeriego que solo quería desflorarla y luego marcharse a volar por ahí dejandola con el deseo de más Ward como le había sucedido a su amiga Marcela que para borrar el recuerdo del hombre tuvo que entregarse a la prostitución; Minina, que siempre había deseado que Carlos Ward muriese en sus brazos para así estar segura de que Carlos Ward no volvería a corretear por las piernas de ninguna otra mujer; Minina, que había tenido un día terrible en el trabajo con un montón de chicos revoltosos y una directora que era una harpía, y que sabía que solo Carlos Ward podía arrancarle una sonrisa; Minina dijo que no.
- ¿Cómo que no?
- No.
  Es cierto que Carlos Ward, el hombre de las 41 mujeres, murió asesinado por una mujer. Es mentira que fue Nadiuska, su amante croata. Carlos Ward murió tirado en una vereda de Florencio Varela mientras, sentada en un sillón, Minina metía los pies en una palangana.


domingo, 13 de febrero de 2011

4 años de Damebola

  Queridos lectores:

  Gracias por llegar hasta acá, hasta los cuatro años de damebola. Desde ese primer poema que publicamos en febrero de 2007 hasta el día de hoy han pasados muchas poesías y cuentos y me han llenado de comentarios que, ya sean flores o palos, me requete-contra-sirvieron para seguir adelante y empeñarme en mejorar, para ser mas claro y tratar de que mis historias sean un poquito menos mías y un poquito más suyas.
  Un agradecimiento gigante para todos los que hacen los blogs amigos, todos los artistas que colaboraron con sus fotos, pinturas y escrituras; también a los que gustan de comentar y a los que gustan de asentir o disentir en silencio.
  Para que el festejo sea completo, vamos a ir con los regalos: esta semana vamos a publicar un montón de cosas que estaban en el tintero, empezando el 14 de Febrero con un cuento de amor como para estar a tono con el día.

  Les dejo una foto que me tomó Marilú Mansilla:

(me gusta como me quedaron los bigotes).

 David Rojas.