miércoles, 19 de noviembre de 2014

Única canción de amor, de Nicolás Olivari

I

¿Ves? Estoy obligado
a llorar en verso la pena
de tu amor perdido
para siempre en la nada.
¡He pedido tan poco!,
¡con tan poco edifiqué mi ensueño!
La cocina humosa,
la familiar tertulia del Domingo,
el grave silencio de tu barrio pobre,
el arco iris de mi conducta hacia tus senos,
la dulzura de vivir bajo tus años
acurrucado como un perro trémulo
bajo la suave amenaza de tu mano...
Sensaciones fugitivas, románticas y zonsas,
desaliño ideal y trunco,
dejar en la puerta de tu casa chica
la complicación de mi superioridad,
y sentirme a la altura del agua barboteante
de tus lustrosas canillas sin personalidad
y de las tiras de cortezas secas,
-¡ilusión de campo!-
largas tiras de corteza de naranja
que se espiralizaban en los estantes...
La juventud mía es un asfalto
sereno y vulgar de puro oscuro
y tú eras la luna abrillantando
su opaca tristeza
clavada en mi desesperanza...
Mas todo es vulgar en la vida, y tú misma
bella y todo, fría y ausente,
vulgar pedestremente...
Fui a tu encuentro con el alma abierta
como una puerta familiar a la sombra amiga
y sólo encontré el enorme bostezo
de tu aburrimiento
y fuimos un largo bostezo de aburrimiento,
cuando podíamos ser un poema
o una luz en él asfalto
de nuestras vidas
anuladas para siempre...
Yo bostezo amada, larga y dulcemente,
para que, amada,
mi cara
disimule el llanto,
porque por vez primera
en este libro que ha burlado tanto
he llorado, amada,
por ti, por mí, por el amor ido para siempre,
y como un romántico...
II

Yo podría ser un hombre rico,
-el sol dorado se acuesta en tus mejillas-
te hubiera llevado hacia una comarca
-nostalgia de lo andado que vi dentro tus ojos-
paisaje de sonrisas que en mis noches de visita,
tendías a lo largo de la murada calle;
cuando a la puerta salías a dejarme
Paisaje que
pasaba mi cabeza
recolectada en tu belleza,
y repartías tu ansia entre los mundos que habrá
y tu lástima a mí...
En la innutrida enredadera del traspatio
un bicho vergonzante mastica 20 erres,
la vita nuova que soñamos aún no ha detenido
su improbable mentira de día de Reyes,
y hasta, ripio de conforme, la burguesa quimera,
-pan, sal, tranquilidad-
-el amor en mangas de camisa-
se fue... se fue...
¡Justicia de Dios! Te traje
hasta el alcance de tu ojo, entristecido y plúmbeo,
la cuarentena de mi tristeza que alargaba
mi cara
de aburrimiento.
-¡Oh el olor a mandarinas de tus senos alargados!
y gocé de prostituirte
-junto al plátano que decora la barriada-
con la incolora voz con que traduje
para tu oído, ausente en la caracola de los sueños que te hablan, los chismes indecentes que en mi oficina ofician...
De profundis clamavi a te mi amor semiasfíxiado
por el temor de ser ridículo,
mientras tus largas piernas, suaves, blancas,
eran dos caminos blancos, suaves,
que yo, miserere di me, sin transitar ya desandaba...
III

¿Qué hacer? ¿Qué hacer si así ya somos,
si ya es inútil el beso que no alcanza
a fingir la cruenta vulgaridad de todo
este pedazo de carne entusiasmada
que era yo ante ti, con la vergüenza
de querer obligarte a querer lo que no alcanza
a querer mi egoísmo?
(¿La madre que me quiere
acaso porque me parió y sólo por eso?)
Como una estaca que marca los caminos
ansiosa de belleza y de utilidad
florece cada año con brote que renueva,
así tengo mi amor, aparte y bien cuidado,
íntegro cultivo en el campo del recuerdo,
de lo que parsimoniosamente vos me distes
en las entrevistas truncadas por la duda,
cuando eras la señora de las islas que soñabas
y tus maravillosos ojos color de las glicinas
diluían las visiones de tierras tan distantes
de pueblos sin historias y sin literatura
ante el que podría ser un hombre rico
para colmar tu anhelo,
y no fue más que un oficinista
cuya alma crecida en tu belleza
es un gran borrón de tinta...

Canto de la dactilógrafa, de Nicolás Olivari

Y caíste. ¡Bien! ¡Hurra! ¡Aleluya!
Es muy lógica esa satisfacción tuya:
tu antigua vida es ya una lejanía...
Adiós el mostrador, la miserable faena,
el suplicio de la máquina, el sufrimiento mudo,
¡qué bella persona es tu burgués panzudo...!
¡Ah! el pálido poeta ilustra «Noticias de Policía»
se ha pegado un tiro... pero eso no vale la pena...

Le pardon, de Prudhomme

Ah ! j'en connais beaucoup dont les lèvres sont belles,
Dont le front est parfait, dont le langage est doux.
Mes amis vous diront que j'ai chanté pour elles,
Ma mère vous dira que j'ai pleuré pour vous.

(Algo así como "conozco muchas chicas con lindos labios, frente perfecta (?) y lenguaje muy dulce; mis amigos te dirán que les escribo a ellas, mi vieja que lloro por vos")

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Tatuajes

Se despertó tras una pesadilla. Sudaba, casi hasta pegarse al colchón. Estaba agitado.
Miró a su izquierda: su esposa dormía, el pelo extendido sobre la almohada, tranquila. Dulce sueño. La cadencia de su respiración, el subir y bajar de sus pechos, movía el tatuaje que la mujer tenía sobre el seno derecho.
Pensó. Siempre pensaba de más. "Si ese tatuaje, con esa flor, estuviera en otra parte... porque la flor es ella y la piel es ese otro que tuvo, el que andaba en velero, o tal vez aquel otro, el que corría todos los domingos. Todos hombres que debían ser gigantescamente musculosos y yo que paso horas llenándome de lípidos... O el otro, el de la cerveza... O el otro o el otro o el otro... Si el tatuaje estuviera en otro lado... Pero no, está sobre su seno, el seno que quiero estrujar y no puedo, porque es el otro, el seno vivo, respirando, no puedo dormir".
Se incorporó, harto de no descansar, y silenciosamente buscó sus pantalones, atravesó toda la casa, salió a la oscuridad de la noche y caminó una cuadra hasta la ruta.
Y se acostó sobre el asfalto.

martes, 22 de julio de 2014

Un par de promesas imprudentes

Sombra de ti, por Estrella Fugaz
Yo salía con esta chica. Lo cual es un decir, porque más que salir nos encontrábamos para meternos en algún habitación y dejar que la tarde transcurra. Tenía que ser sí o sí a la tarde, o día de semana; mientras sus hijos estaban en la escuela.
En esas tardes fuimos tomando cada vez más confianza. Habíamos hecho un acuerdo entre los dos que excluía el amor y ponía fecha de caducidad: el momento en que alguno de los dos conociera a alguien. Y ese mismo acuerdo nos urgía a aprovechar cada hora, cada minuto, tratando de sacar el máximo provecho, todo el placer posible, de esos encuentros que, ambos sabíamos, podían terminar de un día para el otro, bastaba que uno de los dos cruce miradas con una persona extraña en el tren, o aparezca una vieja relación o lo que fuera.
Tanto placer buscamos y encontramos que llegó un momento en que no pude evitar decirlo, tras dar vueltas en la cama y caer totalmente rendidos y satisfechos ambos.
-Si esto se termina lo voy a extrañar mucho. -Esto era nuestra relación, nuestro sexo, nuestros juegos. Cada movimiento.
-Podemos seguir haciendo esto toda la vida. Nadie se tiene que enterar. -Y la promesa se ratificó con más escarceos.
Y ahora, hace años que no nos vemos, pero en algún lugar, dentro de mis secretos la promesa sigue en pie y todas las tardes, mientras mi señora ronca, me imagino a mi amiga llevando a sus nietos a la escuela mientras piensa que las promesas no se rompen.

viernes, 23 de mayo de 2014

At the tiny stream entering the frozen lake

At the lake Ostensjonvannet nature reserve in Oslo.

Parte del proyecto "5 vignettes" en el cual se propone crear un vídeo con cinco tomas que duren exactamente 5 segundos, filmando en entornos naturales y con sonido ambiente. Hay algunas piezas muy buenas.

lunes, 12 de mayo de 2014

El ahorcado

  Por las tardes, en lugar de dormir la siesta, mi madre me hacía lavar los dientes y salíamos a la calle, rumbo a la casa de una amiga suya.
  Su amiga tenía un hija pequeña, de la misma edad que yo. Daniela.
  Daniela era una niña muy independiente, al decir de su familia, y gustaba de jugar sola con sus muñecas, entre los árboles que había al fondo del terreno en el que vivían, el bosque decía ella. Por eso mi presencia era un incordio para la chica, lo que derivaba en alguna que otra pelea.
  En las peleas yo siempre llevaba las de perder, porque me habían aleccionado que pegarle a una dama no era propio de un hombre: así que dejaba que ella me surta de lo lindo, pegándome, tirando de mi pelo, pellizcando. Yo, estoico, me dejaba hacer, esperando que se canse.
  Claro que las peleas no se desarrollaban frente a todos. Cuando llegaba con mi madre a la casa, Daniela me besaba mientras me invitaba a jugar al bosquecito y corría conmigo de la mano hacía el fondo, donde me metía entre los árboles que poblaban el lugar y aprovechaba para darme un golpe tras otro.
  Fue un día de tortazos cuando, tras pegarme, empezó a pellizcarme. Yo trataba de mantenerme impasible.
-¿Por qué no te duele? -preguntó.
-Porque soy hombre.
  Mi respuesta la enfureció: empezó a patearme y pellizcar con más ahínco. Yo lagrimeaba pero evitaba mostrar el dolor.
  Entonces Daniela pellizcó bajo mi cintura y el grito que pegué fue tal que vino mi madre corriendo. Ese día a ella la retaron y a mí me llevaron retorciéndome del dolor a casa.

  Pasaron algunos años: desde aquel día Daniela me llevaba al fondo, pero ya no me pegaba. De hecho, una vez allí, ni me prestaba atención. Se dedicaba a jugar con sus muñecas en el bosque, en silencio. A veces ataba cintas a sus cuellos y las hacía desfilar. Otras veces ataba las cintas a los ramas y jugaba al ahorcado. A mí me fascinaba mirarla en esta nueva etapa de paz entre los dos, pero fingía indiferencia. Yo estaba allí, viéndola jugar durante horas, y ella no me dirigía una mirada ni una palabra hasta que mi madre me llamaba para marchar.

  Fue por esa época en que comencé a soñar con ella.
  En mis sueños Daniela ataba una cinta en mi cuello y luego me colgaba de un árbol.
  Me despertaba agitado, mojado, y mi madre acudía a ver por qué había gritado. "Una pesadilla", le decía, y luego me dormía para despertar por la mañana con mucho sueño, con la sensación de no haber descansado.

  Llegó un verano en el que yo ya me creía un tipo grande: no dejaba que nadie me saludara si no era estrechando mi mano y empecé a lavar mis propios calzoncillos. Ya no acompañaba a mi madre a visitar a su amiga: no quería ver jugar a Daniela, las muñecas eran cosa de nenas. Aún así, a veces pasaba con mi bicicleta frente a su casa; y si la veía a través de la ventana, aceleraba el pedaleo. Luego daba la vuelta manzana y volvía a probar suerte.
  Uno de esos días, al pasar frente a su casa, la vi en el jardín, regando las plantas. Levantó la mano para saludarme, pero aceleré y doblé en la esquina, dispuesto a dar la vuelta para verla de nuevo. Estaba seguro que mi presencia le molestaba, por eso en un tiempo me había pegado y por eso en un tiempo me había ignorado. Y quería molestarla; era mi único objetivo por esos días.
  Pasé frente a su casa de nuevo, pero para mi decepción ya no estaba en el frente. Frené. Recordé el bosque y me dieron ganas de estar allí, mirando que hacía. Me bajé de la bicicleta.  Decidí tocar timbre. 
  Su madre salió, me abrió la puerta y me dijo que su hija estaba en el fondo, que deje la bici ahí mismo y pase tranquilo.
  Recorrí la casa; estaba igual que como la recordaba. Salí al patio: seguía igual, aunque una hilera de bombachitas y corpiños pequeños secándose al sol en un tender llamaron mi atención.
  Caminé hacía la maraña de arbustos y árboles que había en el fondo y que era el bosque que tanto recordaba. Las plantas habían crecido en tanto tiempo, la vegetación era más fuerte.
-Daniela... -Llamé. Pero no se escuchaba nada. -Daniela...
  El bosque parecía vacío. No estaba Daniela ni las muñecas colgando entre las ramas. Di media vuelta para irme, seguro su madre se había equivocado.
  Y en ese momento un piedrazo me pegó en la frente.
  Caí al suelo mientras trataba de reaccionar. Levanté mi vista y sobre un árbol estaba Daniela, desternillándose de risa, con una gomera en la mano.
  Insultando, comencé a trepar, agarrándome a las salientes de la corteza del tronco. Daniela reía y reía.
-¡Ya te voy a alcanzar! -rugí. Daniela siguió riendo un rato, hasta que vio que yo ganaba altura, hecho una furia. Entonces sacó de su bolsillo una bolsita, pero se le cayó. Miré al suelo: un montón de piedritas se habían desparramado.
  Me arrojó la gomera, que me pegó pero no me dolió ni nada, y empezó a subir a las ramas superiores; yo también trepaba y pronto la alcancé. Sentados a horcajadas de uno de los brazos más altos, ella en una punta y yo en la otra, quedamos a un par de metros del suelo, separados a poca distancia.
-Tengo miedo, -dijo-, no quiero caerme.
-Bajemos.
-No puedo bajar ahora. Nunca subí tan alto y tengo miedo. Además, se desgarró mi pantalón. 
  Presté atención. Su pantalón se había abierto por un costado, seguramente al engancharse en alguna rama. Podía ver su piel y sobre la piel su ropa interior. Me puse muy nervioso y de golpe me dio mucha vergüenza de que ella notara mi estado.
-Yo no miro si vos no me miras.
-Así nos vamos a caer. Bajá y después bajo yo. Tengo miedo.
-O bajamos juntos o no bajamos nada -la extorsioné.
  Daniela dudó, pero al rato estiró su mano. Su mano húmeda, transpirada, igual que la mía. La sostuve con fuerza mientras ella se acercaba hacia mí.
  Quedamos frente a frente, muy pegados. Hice acopio de valor y solté la frase, apelotonada, con las palabras en un tono inseguro juntándose unas a otras.
-Solo-te-dejo-bajar-si-me-besas.
  Me besó, y luego caí tres metros hasta el suelo mientras ella reía por el empujón que me dio.
  Me quebré el brazo, pero no había por esos días un tipo más feliz que yo.