jueves, 5 de mayo de 2011

Caloventor


  En Septiembre enterré a un amigo.
  Entre tantos seres queridos que se lamentaban al borde del foso y arrojaban puñados de tierra, yo era el único que conocía la verdad sobre la enfermedad de Mariano.
  Amanda lo había pateado en el comienzo del verano. La mina le dijo "me voy" y ya atinaba a irse con una maletita con sus cuatro vestidos y el abrigo de lana que él le había regalado un año antes, para el aniversario, cuando mi amigo, cruzando su cuerpo en el umbral, la detuvo, le rogó que se quede, y luego, ante la determinación que tenía la chica, le dijo "bueno, pero llevate todo, que no quiero tener ningún recuerdo tuyo".
  La minita, ni corta ni perezosa, llamó un remis para la mediahora y empezó a amontonar cuanto objeto podría serle de utilidad, o no, en su próxima pensión. Allá fueron los libros de filosofía, los compactos de Los Redondos, cuatro cuadernos llenos de buenas poesías, las colchas tejidas por una tatarabuela y el caloventor.
  Sonó una bocina en la calle, y la flaca comenzó a bajar las cosas y cargarlas en el baúl del auto, mientras mi amigo ayudaba para que se fuera lo más rápido posible y no lo viera llorar.
  Quince minutos después, la casita estaba vacía. Mi amigo compró varias cervezas y un poco de mala vida para llenar el vacío y esperó. Esperó todo el verano y ella nunca volvió.
  Y cuando llegó el otoño y se dio cuenta de que ella se había largado para no volver nunca jamás, decidió dejar de llorar en público y me llamó para que le contara algunas historias.
  Me instalé en su casa, a pesar del frío que empezaba a colarse por las rendijas. Sugerí a mi amigo comprar una estufa, pero me dijo que no tenía un mango, que estaba pagando las cuotas de la heladera comercial que le había comprado a su ex suegra para que pusiera un almacén y no fuera tanto de visita a interrumpir las fiestas de las siestas los domingos por la tarde. Pero la vieja iba igual, cerraba el almacén y no le importaba vender un Uvita menos, total, ella no pagaba el crédito personal.
  Tal vez tendría que haberle regalado yo una estufa, pero los escritores no ganamos mucho, así que ni siquiera lo pensé. Lo pienso ahora, cuando ya pasó el invierno y las bajas temperaturas le pegaron una neumonía a mi amigo que primero lo dejó de cama, abrigado con un par de pulóveres y tapado con dos sábanas para después mandarlo al hospital donde para variar no funcionaba la calefacción porque no había gas.
  En Agosto, cuando ya la temperatura empezaba a aflojar, el estado de salud de mi amigo empezó a empeorar. Se murió en un ataque de tos.
  Al salir del funeral, en el cementerio de Moreno, en la puerta del cementerio me encontré a su ex novia. Me entraron ganas de insultarla, pero noté su cara descolorida y suponiendo que tenía su merecido la abracé y lloramos un rato juntos. Tampoco la abracé mucho, porque enseguida me dio calor: a pesar de la temperatura cálida, ella iba vestida con un grueso abrigo.
- ¿Tenés frío? ¿Te sentís bien?
- Es que lo perdí, lo perdí sin querer. Tantas veces pensé en volver a su lado... Pero él no me hubiera recibido, me dijo "llevate todo, no quiero tener ningún recuerdo tuyo", y me tiró lo que yo le había regalado, los libros de filosofía, los compactos de Los Redondos, cuatro cuadernos llenos de poesías muy malas que yo le había dedicado, una colcha tejida por mi tatarabuela y el caloventor. Extraño tanto sus abrazos, que ahora vivo envuelta en el abrigo que él me regaló.
  Amanda se murió en Diciembre. El médico dijo que fue por un golpe de calor.