domingo, 25 de julio de 2010

Talita musitada

  Ahora estoy en el bar de Carlos y hay un cartel grande, con la foto de un gatito pegada, que dice "Si fuma me mata, no me mate"; así que apago el cigarrillo que acabo de encender y pido dos cafés. Tamara fue al baño y yo te sigo esperando. Ya son más de las dos de la mañana, miro al frente, al edificio; todas las luces apagadas. La gente duerme y los únicos desvelados en el barrio, son los pocos borrachos habituales que se juntan acá y yo, que te sigo esperando.
  Tamara se acerca a mi mesa; su vestido tiene tan poco ruedo que todos se dan vuelta para mirarle las piernas; yo disimulo.
- ¿Cómo estoy?
- Estás hermosa.
- ¿No se ven mis ojeras?
- Para nada. Bueno, un poquito. ¿No estás muy desabrigada?
  El escote de Tamara es amplio y sus tetas son tan grandes que no caben en él, y el saquito blanco y el pañuelo que lleva al cuello tapan tan poco como abrigan.
- ¿Me estás mirando las tetas? -Se ríe. Luego me explica que perdió el abrigo antes de estar conmigo.
  Mientras espero, sigo conversando con ella; me cuenta sobre su familia, de como su hermano consiguió un nuevo trabajo y ya no va a tener que trabajar en esa sucia cocina; y sobre su viejo, que es gasista y le encanta comer cordero; sobre la casita en Santa Teresita que tuvieron que vender para pagar el departamento. Yo le cuento sobre vos; le hablo mucho de vos, de cuando vivíamos juntos, de lo mal que me trataste, de lo mal que te traté; de lo que aprendí y de lo que no voy a cambiar jamás.
  Luego, le cuento de los gatos.
- Al menos tiene que venir a buscar los gatos.
  Pero los tres gatos ya son tan míos que no vas a venir por ellos.
  Una hora después, resignado, me levanto. Acompaño a Tamara hasta la esquina, a tomar un taxi. El viento sopla y en sus piernas se le marcan los poros por la temperatura.
- Tenes piel de gallina.
- ¿Me estás mirando las piernas?
- Sí, un poco. -Pero miro sus piernas porque me recuerdan a las tuyas, o porque extraño las tuyas,y el olor que tenían en los días de invierno.
- Mirá que aún estamos a tiempo de pasar la noche...
- Prefiero así.
  Llegamos a la esquina. El taxista pone grandes los ojos cuando ve a Tamara, no es para menos, y abre la puerta nervioso. Tamara me desea un rápido olvido, me da un beso y se va al próximo cliente.

Chica y gatos por Flor A