domingo, 25 de diciembre de 2011

A las doce

A las doce
en la hora de la tristeza
vacío mis vasos
brindo deseos inútiles
me aprovecho del recuerdo
y logro esbozar una mueca de sonrisa
mientras
el teléfono suena
con saludos y familia.
No es tarde para salir a fumar
tomarse una pausa
y abrazar.



Nochebuena, por Pollobarba

Feliz Navidad amigos!


Acá tienen algunos cuentos navideños que escribí:


lunes, 5 de diciembre de 2011

Mariel, la lluvia y ningún tren

Rivadavia y Carhué antiguas y todo el cielo,
Liniers, más allá la inundación,
tu melena de novia en el recuerdo
y tu nombre flotando en el adios...

No es así el tango, pero así es el nuevo cuento, disfruten de esta historia de amor bajo la lluvia (clic en la imagen para leer).


miércoles, 9 de noviembre de 2011

Begas Vowie y la pelopincho


  Mucho antes de ser el dandi que soy hoy en día, yo era un fracaso. Las mujeres no me daban bola, pasaban al lado mio y ni siquiera me dedicaban una mirada de asco. Yo era un adolescente retraído, que para animarme a pedirle la hora a una piba tenía que estar borracho. Mi mejor amigo, Marcelo, era igual que yo, así que nuestra vida pasaba de la escuela a la casa de alguno de los dos para dedicarnos a jugar video juegos, como mucho una salida al ciber para los Viernes a la noche.
   Un día sábado Marcelo llegó muy excitado: lo habían invitado a una fiesta. Enseguida me prendí; nos pusimos de acuerdo, plantamos nuestra mejor ropa y el sábado arrancamos para el lugar.
   Mientras viajabamos en el colectivo, mi amigo me contó como venía la mano: su tio cumplía años y había decidido tirar la casa por la ventana. El tipo vivía en un departamento y había invitado al edificio entero porque pensaba meter tal bochinche que no quería que nadie lo denunciase por ruidos molestos.
-¿Y hay mujeres? -pregunté, con la hormonas golpeando mi craneo.
-¿Mujeres? ¡¿Cómo te pensás que puede haber un edificio en el que no haya mujeres?! ¡Va a estar lleno. Mujeres chicas, mujeres grandes, mujeres flacas, mujeres gordas, mujeres para tirar para el techo!
  Y la verdad es que Marcelo tenía razón: el lugar estaba lleno de mujeres: mujeres mayores que solicitamente rodeaban a su tio y le ofrecían diferentes caldos y viandas con las que habían colaborado. Algún vinito por aquí, otro por allá, pero no mucho, que Don Oscar tenía tantas enfermedades que había que cuidarlo y no dejar que se salga de la dieta.
   Le hice notar a mi amigo que no había ninguna chica de nuestra edad, pero hizo un gesto con los hombros y me llevó ante su tío, para presentarnos.
  El tipo era un viejo flaquísimo, con ojos de loco, vestido con boina y bufanda que iba en su silla de ruedas de aquí para allá contando chistes verdes y pidiendo que cambien la música, que era una fiesta loco, que no todos los días se cumplen ochenta años.
   Finalmente, a las nueve de la noche, las vecinas se fueron, comentando que ya era muy tarde y había que dejar dormir al anciano. Mi amigo, después de cerrar las persianas porque su tio tenía frio, se puso a lavar los platos y yo me puse a conversar con Don Oscar.
-¿Qué pasó Oscar que no vino ningún hombre?
-¿Y vos qué sos?
-Digo, ningún hombre de su edad.
-Es que el edificio está lleno de viudas. Acá somos todos viejos, compramos hace cincuenta años. Después se fueron muriendo, los hijos se fueron yendo... Es un edificio de viejos. ¡Pero no te creas que esto es aburrido! Ahora, en un rato, cuando las vecinas vean que ustedes se van, uff, no van a dejar de golpearme la puerta.
-Ya lo creo.
-Porque las viejas me vienen a buscar.
-Claro.
-Porque así como me vez soy un pibe.
-Seguro.
-Porque yo las vacuno.
-Sí, ya entendí, Oscar, no necesita ser tan gráfico -el hombre hacia movimientos con sus brazos al tiempo que me guiñaba los ojos.
-Acá está tu amigo que no me deja mentir. ¡Marcelo! ¿Cuantas veces viniste acá y viste salir a una mujer del departamento?
-¿A la enfermera?
-Sí, la enfermera. ¿De verdad pensaste que era una enfermera? Esa piba viene y hace todo el numerito. Yo las vacuno a todas.
  Así pasó el resto de la noche. Don Oscar nos siguió contando sus conquistas, con detalles escabrosos. Con Marcelo nos mirabamos y en silencio nos indicabamos que el tipo estaba medio loco, pero como ninguno de los dos había tenido relaciones todavía, tratabamos de ver si algo podíamos aprender.
   Pasó el tiempo, crecimos, terminamos nuestros estudios secundarios, nos hicimos grandes y decidimos dejar nuestras casas. Empezamos a buscar un departamento para irnos a vivir: con algún laburito que pegamos, entre los dos podíamos bancarnos. Oscar nos hizo la gamba para conseguir lugar en el edificio en el que vivía y así, contentos, tuvimos nuestro departamento de solteros mi amigo y yo. Con las mujeres nos seguía yendo igual de mal, ninguna nos daba pelota, a lo sumo alguna se acercaba en la Facultad y nos pedía que la agreguemos en algún trabajo práctico, cosa a la que accedíamos porque a pesar de todo nunca perdíamos las esperanzas, pero la mina después del diez nos dejaba pagando siempre.
   Los que sí nos querían eran los viejos del edificio, porque eramos tranquilos y les ayudábamos a cambiar las lamparitas o sacábamos a pasear a los perros y de paso comprarles Jockeys Suaves. Oscar nos pedía cerveza de contrabando, sin que se entere ninguna vecina, pobre hombre tenía que cuidar la dieta por la hipertensión. Llevábamos las cervezas y Oscar, envolviéndose en su bufanda y calzándose su boina, empezaba a contarnos sus aventuras sexuales, que nunca se terminaban porque no solo había arrasado con todas las señoras del edificio, con las enfermeras y las doctoras del centro médico, con la chica que le limpiaba la casa y la que le planchaba y con la administradora del edificio, sino que ahora se había anotado en el Club de Jubilados del barrio y eso le habría posibilidades infinitas de conquista.
   Una noche, el viejo Oscar puso el dedo en la llaga, nos hizo la pregunta que siempre habíamos temido con Marcelo que nos hiciera.
-Chicos, ¿ustedes no tienen novia?
-No... -contestamos a coro, temiendo lo que se venía.
-Porque nunca salen, están todo el día acá adentro... ¿No serán virgenes, no?
   Al oir nuestra respuesta el viejo Oscar se calentó, saltó de su silla de ruedas y nos gritó que eso no podía seguir así, que era antinatural, que ya teníamos los huevos peludos.
-Escuchen bien. Cuando cobre la jubilación, les prometo que los voy a llevar a ponerla. ¡Vamos a ir a un cabarulo!
-Nos negamos un poco, pero no con muchas ganas, porque ya no dabamos más, queríamos que una mina aunque sea nos acariciara la cabeza, y si no habíamos ido antes era porque teníamos miedo de entrar y no saber como comportarnos y además nuestras economías no nos permitían mucho.
   Pero aún faltaba mucho para la fecha de cobro del viejo, y encima estabamos en un verano muy caluroso, lo que aumentaba nuestra temperatura. Fue a mí a quién se le ocurrió la idea, pero a todos les gustó. En la reunión de Consorcio propuse instalar una pelopincho en la terraza. La idea fue muy bien recibida, aplaudida, casi diría que ovacionada; incluso fue una de las pocas reuniones en las que a nadie se le ocurrió protestar porque los gatos de la señora del tercero saltaban de balcón en balcón y orinaban todas las casas.
  Al día siguiente viajé hasta la casa de mi vieja; revolví el galpón hasta encontrar la lona y los caños, y luego volví con el paquetón en el colectivo, para incomodidad de los demás pasajeros.
   Ya casi era medianoche cuando terminamos con Marcelo de armar la pileta, azul, con dibujos de pecesitos celestes. No habíamos cenado así que pedimos pizza con mi amigo y mientras esperábamos llenamos con baldes la pelopincho porque no quisimos despertar a la portera para pedirle prestada la manguera.
   Cuando estuvo llena y llegaron las pizzas, bajamos hasta el 5° C a buscar al viejo Oscar y lo cargamos a la terraza. El viejo se llevó su boina y su bufanda por si hacía frio, y una botella de moscato reservada para ocasiones especiales:
-Pensaba guardarla para celebrar cuando perdieran la virginidad, pero para qué esperar, la próxima semana cobro y les pago las chicas y de paso compro otra botellita.
   En calzoncillos, nos metimos los tres al agua y nos pusimos a comer y a beber.
-Esto me hace acordar -empezó a contar Oscar- a la vez en que tuve sexo en la pileta del club. Fue hace dos semanas. La clase de natación había terminado, todos se fueron y yo pensé que la profesora, una mina de unos treinta años con un culo terrible, como todas las nadadoras, se había olvidado de mí, de que necesito ayuda para salir de la pileta. Apagaron las luces: habían cerrado el club. ¡Imaginen, si me quedaba en el agua, iba a despertar más arrugado de lo que estoy! Entonces apareció la profesora y me dijo, “Oscar, no piense que me olvidé de usted”, y ahí mismo se sacó la malla negra, una malla enteriza, no sabés pibe lo que era eso. La mina se tiró de cabeza a la pileta y emergió delante mio, mirandome provocadoramente. Yo ya veía venir lo que que se venía, así que me saqué el short. Entonces ella se puso juguetona y me dijo “Oscar, que lindo patito de goma que encontré” y...
   Oscar cortó su relato y señaló, incrédulo, hacia el cielo. Miramos también y nos quedamos boquiabiertos: sobre nuestras cabezas una intensa luz se acercaba más y más al edificio.
-¡Son extraterrestres! -gritó Marcelo.- ¡Nos van a secuestrar!
   La luz comenzó a descender, y cuando estaba a unos diez metros se apagó, dejando ver una especie de platillo volante que, lentamente, se posó al lado de la pelopincho.
- Argh -gruñó Oscar, y temí que le estuviera dando un paro cardíaco, pero solo se había atragantado con una aceituna que ya escupía a tiempo y bajaba con moscato.
  Una pequeña puerta se abrió al costado de la nave: la luz interior recortó una figura humanoide que nos habló, con la voz femenina más sexy que yo haya escuchado jamás:
-Saludos, terricolas, mi nombre es Begas Vowie. Atravesando el espacio sideral, enfrentando uno y mil peligros, he viajado miles de años para pedir vuestra ayuda. ¡En nombre de la colaboración intergaláctica, pido vuestro socorro!
  Con Marcelo no sabíamos que decir; pero por suerte estabamos con el viejo Oscar, que chasqueando los dedos, se hizo cargo de la situación:
-Vení, chiquita, si te quedás ahí no te veo bien. Explicale qué te pasa al tio Oscar.
   La extraterrestre salió de la nave y dejó delante nuestro la figura más cortaaliento que hubieramos visto jamás. Encima venía desnuda, por lo que casi nos quedamos sin cuero cabelludo. Y menos mal que el cabello, de un tono azulado, le caía por delante y nos tapaba los puntos más caros a nuestra dicha, porque sino hubieramos palmado ahí nomás. Begas Vowie se acercó a Oscar, se arrodilló junto a él, al borde de la pileta y le habló desesperada:
-Nuestra especie está a punto de desaparecer. ¡Nos hemos quedado sin hombres! Satélites lanzados hace eones por nuestros científicos nos han indicado que solo los hombres terrestres son compatibles genéticamente con nuestras mujeres, por eso he venido en misión para encontrar uno de ustedes que pueda ayudarnos con nuestro problema.
-Y lo encontraste, chiquita, lo encontraste.- El viejo Oscar besó a la extraterrestre y para rematar la tanda de sucesos increíbles, haciendo caso omiso de su imposibilidad para caminar, se paró. Mirandonos nos dijo: - Lo siento mucho, pero el cabarulo va a quedar para otra ocasión. Les dejo mi boina y mi bufanda, que tantos buenos resultados me dieron.
   Agarramos los atuendos de Oscar y luego lo vimos levantar en vilo a Begas Vowie y en calzoncillos y con la chica en brazos, entrar dentro de la nave espacial.
   La puerta se cerró detrás de ellos y unos instantes después, luego de encenderse las luces, se alejó surcando el cielo de Buenos Aires.
   Convinimos con Marcelo en que nadie nos iba a creer lo acaecido, así que nos hicimos los tontos cuando días después los vecinos empezaron a preguntar por su tío, comentando extrañados lo raro de que había desaparecido dejando su silla de ruedas en la terraza.
  Han pasado cincuenta años desde aquella noche. Hoy en día no pasa un baile en el Club de Jubilados sin que una señora nos acompañe a nuestro departamento. En honor a nuestro mentor, queremos creer que el hecho de usar su boina y bufanda tiene algo que ver.

 Imagen de la película El vengador del futuro

viernes, 14 de octubre de 2011

El olor del cigarrillo por las mañanas

  Al terminar una relación, siempre con algo te quedas. Es como cuando te comés un pan, que por más empeño que le pongas, siempre una miguita cae sobre la mesa o se queda pegada en tus bigotes -ni que decir si mojás el pan en el café con leche.
  De mi primer novia, una novia de juventud, me quedó la manía de no meterme en las sábanas limpias con la ropa con la que estuve todo el día en la calle. La chica ponía pausas al momento de la pasión y si no estabamos empelotados totalmente no nos metíamos en la cama. De otra novia me quedó el gusto de no decir todo el tiempo te quieros y te amos. Según ella se gastaban y por eso me daba sus palabras de cariño con cuentagotas, para que no se cosifiquen los sentimientos.
  Pero tal vez una de las cosas que más se me quedaron fue el malestar por el olor a cigarrillo en la habitación. Una pareja me prohibía fumar el cigarro post coito dentro de su pieza; me echaba hacia el comedor, decía que no quería que se queme todo el oxígeno del lugar donde dormía.
  Su comedor no era muy amable: no tenía un buen sillón, no tenía ni un cuadrito, no tenía ni un libro que hojear. Entonces yo me iba al patio, donde jugaba con los perros o miraba el cielo nublado mientras fumaba mi pucho.
  Luego volvía a la habitación, donde ella ya dormía -tenía el sueño fácil- y por más que trataba de despertarla con caricias y cariños sus ronquidos no se podían interrumpir y ya me quedaba sin escarceos hasta otra noche.
  En esos momentos me iba a la cocina, me preparaba un té, y sacaba mi cuadernito y me ponía a garabatear cuentos en los que las chicas no eran tolerantes y por eso fracasaban en el amor.
  La otra noche una mujer me acompañó a casa. Cenamos, miramos una película por la mitad y nos fuimos al dormitorio donde no paramos de forcejear hasta que no pude más y me dormí, muy contento, pensando en las cosas que haríamos por la mañana.
  Más al despertar, mi apreciación del mundo se dio vuelta. Era el olor a humo que llenaba la habitación; la colilla aplastada contra el cenicero sobre la mesita de luz. Un aroma rancio que sentía pegado a sábanas y almohada. Ante esto, yo que pensaba levantarme y hacer un desayuno para dos, le hablé a mi compañera de juerga no muy amablemente y le dije que se me había hecho tarde, que me tenía que ir a laburar, que por favor se apurase en ir.
  La chica me miró desde detrás de sus lagañas, me preguntó si no me quedaba un ratito para un jueguito matutino, y yo medio que aflojé porque tampoco soy tonto. Ella me dijo que antes se lavaba las dientes, y entonces se paró: ¡estaba vestida!
- ¿Qué haces vestida?
- Es que anoche me levanté para ir al baño y hacía frío. Pero ya me desvisto.
  Yo empecé a protestar. Que vaya a saber sobre qué se sentó, que en el colectivo hay gérmenes, que ahora pasó esas porquerías a mi cama. La mina me miró como si le estuviese haciendo una broma y luego fue al baño. Volvió con aliento a menta y se sacó toda la ropa.
  Yo aflojé un poco, y la invité a avanzar poniendo mis manos y mis besos en los lugares claves.
  Entonces, cuando la estreché entre mis brazos, me susurró un «amor mío», y el vaso se colmó.
- Vamos, vamos, que se hace tarde -le dije mientras me paraba y empezaba a buscar mi ropa y a arrojarle la suya.
  Puse la pava, hice un café medio tibio, y la empujé, mientras se maquillaba, hacia la calle.
- Te llamo, no te preocupes.
  Y la llamé, pero ya no la invito a casa. Los «te quiero» me los aguanto, porque tampoco soy tonto, que los siga usando si quiere; yo me los guardo a buen recaudo para que no se gasten innecesariamente.

Consumiéndose, por SpejoBlancoNegro

jueves, 28 de julio de 2011

Carnaval ranran

Muchos puntos, por David Cabrera

Te quiero encontrar
con foquitos de distintos colores
y sanguchitos de miga;
tablas, caballetes,
tu vestido soplando va;
llevas los lentes sonriendo,
el cabello suelto, yo detrás.
La noche se termina,
me quedo con un papel
y en el papel tu teléfono.
vuelvo a casa,
me saco mi careta,
me pongo tu anillo,
y duermo mientras te escucho
roncando ranran.

(Para María Ward, para su pedestal de dioses menores.)

jueves, 14 de julio de 2011

Tenía una amiga que partía caños

Tenía una amiga que partía caños
pero yo solo la veía como una amiga
porque mi amiga había dejado bien claro desde el primer día que no iba a pasar nada de nada de nada de nada
porque mi amiga amaba mujeres
y las mujeres se le derretían como se me derriten a mí los helados
y ella se las comía como si fueran cucuruchos
exactamente como yo me las comería.
  
Esta amiga un día de borrachera
le dijo a mi amigo que debían nadar juntos en una taza de café
mi amigo que miraba a mi amiga que partía caños
se deliró y se imaginó una escena en que cuerpos del color de una lágrima se debatían en una lucha color de lodo
pero mi amiga amaba mujeres
y las mujeres se le deshacían como se le deshacen a él los terrones de azúcar
y ella se las bebía como si fueran té con canela
exactamente como él se las bebería.

jueves, 5 de mayo de 2011

Caloventor


  En Septiembre enterré a un amigo.
  Entre tantos seres queridos que se lamentaban al borde del foso y arrojaban puñados de tierra, yo era el único que conocía la verdad sobre la enfermedad de Mariano.
  Amanda lo había pateado en el comienzo del verano. La mina le dijo "me voy" y ya atinaba a irse con una maletita con sus cuatro vestidos y el abrigo de lana que él le había regalado un año antes, para el aniversario, cuando mi amigo, cruzando su cuerpo en el umbral, la detuvo, le rogó que se quede, y luego, ante la determinación que tenía la chica, le dijo "bueno, pero llevate todo, que no quiero tener ningún recuerdo tuyo".
  La minita, ni corta ni perezosa, llamó un remis para la mediahora y empezó a amontonar cuanto objeto podría serle de utilidad, o no, en su próxima pensión. Allá fueron los libros de filosofía, los compactos de Los Redondos, cuatro cuadernos llenos de buenas poesías, las colchas tejidas por una tatarabuela y el caloventor.
  Sonó una bocina en la calle, y la flaca comenzó a bajar las cosas y cargarlas en el baúl del auto, mientras mi amigo ayudaba para que se fuera lo más rápido posible y no lo viera llorar.
  Quince minutos después, la casita estaba vacía. Mi amigo compró varias cervezas y un poco de mala vida para llenar el vacío y esperó. Esperó todo el verano y ella nunca volvió.
  Y cuando llegó el otoño y se dio cuenta de que ella se había largado para no volver nunca jamás, decidió dejar de llorar en público y me llamó para que le contara algunas historias.
  Me instalé en su casa, a pesar del frío que empezaba a colarse por las rendijas. Sugerí a mi amigo comprar una estufa, pero me dijo que no tenía un mango, que estaba pagando las cuotas de la heladera comercial que le había comprado a su ex suegra para que pusiera un almacén y no fuera tanto de visita a interrumpir las fiestas de las siestas los domingos por la tarde. Pero la vieja iba igual, cerraba el almacén y no le importaba vender un Uvita menos, total, ella no pagaba el crédito personal.
  Tal vez tendría que haberle regalado yo una estufa, pero los escritores no ganamos mucho, así que ni siquiera lo pensé. Lo pienso ahora, cuando ya pasó el invierno y las bajas temperaturas le pegaron una neumonía a mi amigo que primero lo dejó de cama, abrigado con un par de pulóveres y tapado con dos sábanas para después mandarlo al hospital donde para variar no funcionaba la calefacción porque no había gas.
  En Agosto, cuando ya la temperatura empezaba a aflojar, el estado de salud de mi amigo empezó a empeorar. Se murió en un ataque de tos.
  Al salir del funeral, en el cementerio de Moreno, en la puerta del cementerio me encontré a su ex novia. Me entraron ganas de insultarla, pero noté su cara descolorida y suponiendo que tenía su merecido la abracé y lloramos un rato juntos. Tampoco la abracé mucho, porque enseguida me dio calor: a pesar de la temperatura cálida, ella iba vestida con un grueso abrigo.
- ¿Tenés frío? ¿Te sentís bien?
- Es que lo perdí, lo perdí sin querer. Tantas veces pensé en volver a su lado... Pero él no me hubiera recibido, me dijo "llevate todo, no quiero tener ningún recuerdo tuyo", y me tiró lo que yo le había regalado, los libros de filosofía, los compactos de Los Redondos, cuatro cuadernos llenos de poesías muy malas que yo le había dedicado, una colcha tejida por mi tatarabuela y el caloventor. Extraño tanto sus abrazos, que ahora vivo envuelta en el abrigo que él me regaló.
  Amanda se murió en Diciembre. El médico dijo que fue por un golpe de calor.

jueves, 14 de abril de 2011

Tus pies bailar

  En un momento estaba en medio de un tributo a los Ramones y, tras una llamada que recibió mi primo en su celular, me veía metido en un viaje a un boliche de salsa. ¡Salsa! No tanto por la música, lo que me molestaba era que en esos lugares me tengo que quedar parado en un rincón, tomando falsos tragos centroamericanos servidos por falsos cubanos.
  Pero mi primo El Chino había recibido una llamada de una mina que venía chamullando desde hacía rato y no lo podía dejar atrás. Así que lo agarré a Marcelo, le dije nos vamos, y nos subimos al 504 para acompañar al galán a su cita. Cuando se enteró durante el viaje de nuestro destino, Marcelo se enfurruñó, pero El Chino conduce rápido y no era muy buena idea saltar desde el auto hasta la autopista, por más seguidor de Flema que uno fuese.
  Un rato después estábamos por Caballito o Flores tratando de ingresar a la disco.
- Chicos, así vestidos no pueden pasar.
- Pero vengo a ver a una chica, me está esperando. A ella le gusto así como soy, con mi remera de Misfits -argumentaba mi primo, aunque no conocía a la chica y la chica no lo conocía a él. Todo el contacto que habían tenido había sido a través de un chat.
  Marcelo trató de aprovechar el desvío que le ofrecía el mono de la puerta, dando media vuelta y oteando por un bar donde comprar cervezas, cuando una voz femenina saludó al patova y le dijo:
- Están conmigo. Dejalos entrar un rato.
  Como si hubiera sido una aparición de una diosa olímpica cuya voz era voluntad, el tipo se suavizó y nos franqueó el paso. Pero la mujer, a mi gusto, estaba lejos de ser una aparición divina. Era bonita, sí, pero su cuerpo apenas cabía en el vestido plateado que llevaba. Mi primo la saludó con un beso en la mejilla, nos presentó, y entramos tras ella. Se llamaba Gabriela y adentro nos presentó a La Colombiana, una amiga de Lomas del Mirador. Marcelo abrió los ojos lo más que pudo, era una mujer grandota como de las de su tipo: La Colombiana le sacaba dos cabezas y apenas lo vio lo tomó de la mano y lo llevó para la pista de baile. Fue inútil que pretextara que no sabía bailar, ella le dijo que le iba a enseñar y lo iba a sacar bueno y su baile dejaría de limitarse a saltar en el lugar y pegarse patadas.
  Con pena por mí, El Chino, me comentó:
- Me voy a bailar, pero enseguida vuelvo, no quiero dejarte solo.
- Anda nomás, yo voy a pedir un trago.
  Me compré un mojito y me puse a observar el lugar. La mayoría de las chicas no eran muy agraciadas; tampoco eran muy jóvenes y no parecían bailarinas, aunque debía reconocer que se movían bien a pesar de los excesos en el pesaje. Lo que sí, todas muy bien vestidas, igual que los flacos, todos de camisa y saco, facheros, moviendo su cintura sin parar y yo sin entender si tenían la cadera dislocada o la música los purgaba de algún demonio.
  En un momento, se hizo un corro en la pista. La gente empezó a dejar un espacio en el medio, una pareja la estaba rompiendo. Sosteniendo mi trago, me asomé y ante mi asombro, mi propio primo, con su remera de Misfits, sus pantalones chupines y sus borceguíes, hacía dar vueltas como una perinola a Gabriela, la tiraba al aire, se la pasaba por debajo de las piernas, como si toda su vida hubiera bailado.
- Es hermoso -dijo una rubia a mi costado.
  La miré de perfil y vi que era muy muy linda y tenía un cuerpo muy muy bueno. Haciendo acoplo de gracia, le hablé:
- Es tan lindo como yo. Es mi primo.
- Me refiero al baile.
- Y eso que aprendió a bailar en el día de hoy. Si me enseñas, yo también puedo revolearte así. Mi primo y yo tenemos la misma cintura, desde chicos jugamos juntos a la pelota.
  Con chica puso cara de pena, y se alejó hacia la barra. La seguí, pedí un trago para ella y me senté en un taburete a su lado.
- ¿Dije algo que te molestó?
- No... Es que no sé bailar.
- Pero eso no debe ser un gran problema. A una chica tan bonita, más de uno debe querer enseñarle un par de pasos y agarrarla un ratito por la cintura. No sos ninguna competencia para el resto de las mujeres que veo acá.
- Es que varios me sacaron a bailar y trataron de enseñarme, pero se me enredan los pies y me caigo y el que me saca a bailar pasa vergüenza cuando alguien se vuelca encima la bebida por un empujón mio. Acá, si no sabés bailar, podes ser la mina más linda y nadie te va a dar bola
- No te preocupes. Ahora mismo mi amigo Marcelo está tratando de aprender a bailar y mirá el desastre que está haciendo -señalé hacia donde bailaban Marcelo y La Colombiana. Pero Marcelo, lejos de aplastar zapatos, parecía que había nacido con dos maracas en la mano y las chicas se peleaban con él ante el celo de su pareja. Desvié la conversación - No, ese no es Marcelo, Marcelo se debe de haber ido apenado por tener las patas oxidadas.
  La chica sorbió fuerte el final del trago, apoyó el vaso en la barra, me dio un beso en la mejilla y se despidió:
- Bueno, me voy.
- Pará, no sé tu nombre.
- Andrea.
- Pero no sé tu teléfono.
- ¿Para qué lo querés? Nunca vas a poder bailar conmigo, te voy a pisar y te voy a arruinar los zapatos y encarnar las uñas.
- Andrea, ¡vayamos a bailar otra música!
- Es que no puedo bailar nada, ni salsa, ni cumbia, ni el himno nacional.
  El Chino y Gabriela, Marcelo y La Colombiana, dejaron de bailar y se acercaron a nosotros.
- ¿Qué pasa que no bailan?
- Es que yo no sé bailar.
  Gabriela se rió. E hizo un gesto de desdén. Mientras se tiraba sobre un Cuba Libre, comentó:
- Con esa cara, me parece que te lo estás tomando muy a pecho. Primero que nada te tenés que divertir.
- Hacele algunas cosquillas -aconsejó La Colombiana, mirándome a mí.
- Es que no tengo cosquillas, ni con una pluma.
- Todos sabemos bailar -dijo en tono filosófico El Chino-. Lo que pasa es que a veces no tenemos el valor.
- Pero el valor aflora ante el peligro -acotó Marcelo tratando de seguir la línea de pensamiento de mi primo.
  Yo, que me había prendido a la rubia y no quería que se fuera, me aferré a esta idea y le murmuré algo a mi amigos al oído.
  Decidido, me encaminé hacia la pista, donde las parejas bailaban en una armonía perfecta con la música.
- ¡Oh, no! -gritaron a coro El Chino y Marcelo- ¡va a bailar solo! ¡la mayor vergüenza que puede existir sobre una pista de baile!
  Andrea, fue empujaba por las chicas, y en el envión vino a mi rescate, justo cuando yo hacía mi movimiento de un pasito atrás con pie, luego adelante, otro pasito para atrás con el otro pie, luego adelante. Se paró delante mio, la tomé de las manos, y empezamos a movernos.
- ¡Estoy moviendo los pies para cualquier lado! -me gritó entre el estruendo de la música.
- ¡No te preocupes, hay tanta gente que nadie va a reparar en nuestros pies! ¡Solamente mové mucho los brazos, es mi formula secreta!
  Nos fuimos todos con una sonrisa, mientras mi primo manejaba el 504 por Avenida Rivadavia, buscando un lugar donde desayunar y planear la salida del próximo fin de semana.

lunes, 14 de febrero de 2011

El hombre de las 41 mujeres

   Es mentira que Carlos Ward, el hombre de las 41 mujeres, murió asesinado por los tiros traidores efectuados por Nadiuska, su amante croata, en uno de los copetines de Liniers, esos que estaban debajo del puente antes de que el gobierno de la Ciudad decidiera demolerlos. Es cierto que recibió ese tiro, ese tiro que lo volteó de la banqueta en la que estaba sentado, pero no se murió.
  Lo que pasó fue que al caer, su cabeza golpeó el piso y se desmayó. La amante enojada lo dio por muerto y salió corriendo para el lado de San Cayetano. Luego, llegaron la policía y una ambulancia del SAME, y los oficiales presentes lo reconocieron porque Carlos Ward era intensamente buscado desde hacía varios meses por haberse acostado con la esposa de un comisario y el comisario se había ocupado de que toda la federal estuviese enterado de su rostro, aunque las razones que había urguido para evitar el ridículo de que un boliviano fuese capaz de robarle la mina a un argentino de ley como él lo señalaban como el lider de una red de narcotráfico.
  Carlos Ward despertó arriba de la ambulancia y se vio esposado a la camilla. Carlos Ward era un luchador implacable -y no hablamos de un luchador de causas justas, hablamos de un luchador de pendencias- y con un solo brazo dejó grogui al policía que lo custodiaba y obligó al médico de emergencias a dejarlo escapar. Saltó de la ambulancia, cayó sobre Avenida Rivadavia y se largó a correr hacia un rumbo más seguro que las calles de Buenos Aires.
  Eran aproximadamente las once de la noche cuando Stellita sintió los golpes en la puerta. Se asomó por la ventana de la casita que tenía en Ciudadela y vio a su amante ensangrentado. Con prisa, lo hizo pasar dentro y comenzó a practicar con él todos sus conocimientos de medicina. Stellita estudiaba para médica; no le iba muy bien, pero era persistente, y en catorce años de carrera al menos sabía como hacer para extraer una bala y cicatrizar una herida.
  Carlos Ward se despertó desnudo y con mucha energía: necesitaba descargar toda la adrenalina de las últimas horas, así que zamarreó a Stellita que velaba dormida en una silla, al lado de la cama. La mujer abrió los ojos, tomó la mano que le ofrecía el hombre, y se dejó llevar bajo las sábanas. Tantas ganas tenía Ward que ni siquiera la desnudó. Al cabo de una hora Stellita había acumulado varias sonrisas y entonces se atrevió a preguntar que había pasado.
- Me mataron, me clavaron un cuchillo por la espalda.
  Stelliya no desmintió a su amante; en lugar de eso lo besó y se levantó para prepararle algo para comer. Luego, mientras lo dejaba cenando, salió a la calle y caminó hasta la estación de servicio donde dejaba estacionado el Fiat 1500. Volvió con el autito rojo, Ward se escondió en el baúl, y arrancó rumbo al lugar que previamente el hombre le había indicado.
  Un rato después, Stellita estacionó el auto sobre la ruta 3, cerca de una esquina llena de prostitutas. Ward se apeó, la besó y la despidió, asegurandole que más tarde la llamaría. Luego se dirigió hacia el lugar donde paraba Marcela, alias la Pichi. Stella se alejó en el auto, pero a los cien metros pegó la vuelta para ver con quien iba a encontrarse su amante: miró y luego rajó, criticando a la prostituta por gorda y tetas caídas, pero deseando que no le arrebatara a su hombre.
  Carlos Ward increpó a su amante con un vamos: la chica se despidió de las demás y lo siguió. Dieron la vuelta a la esquina y se mataron un rato a besos. Ward le explicó luego lo que le había sucedido y le pidió ayuda para esconderse de la policía y de Nadiuska, la muchacha despechada. La Pichi, cuando escuchó que había otra de por medio, puso mala cara, pero amaba a Ward y se lo tenía que bancar así como él se bancaba que ella hiciese la vida.
- Te puedo ofrecer ochenta pesos, la noche no viene muy bien.
- Yo no acepto dinero de mujeres. Yo quiero que me ayudes a llegar a un lugar seguro. Solo vos sabés donde se esconde Minina.
  La Pichi aceptó llevarlo hasta Minina, pero por la mañana porque había recibido un tiro y tenía que descansar. Fueron caminando hasta un hotel barato, la mujer le pidió al encargado que le hiciera precio de amigo, que no estaba trabajando, y pasaron a una habitación en la que Carlos Ward tuvo que demostrar porque era tan reputada su baja por todo el límite entre Capital y el Conurbano Bonaerense.
  Por la mañana La Pichi y Carlos Ward tomaron un remis hasta Florencio Varela y Carlos Ward de despidió con un beso y un te llamo. Luego golpeó las manos en la casa de Minina.
  Minina no estaba en casa, porque eran las nueve de la mañana y a esa hora estaba dando clases. Así que Carlos Ward compró Crónica y el diario le sirvió para enterarse de que se había muerto, según declaraban unos policías junto a un cadaver irreconocible por las heridas en el rostro -tras su salto de la ambulancia había tenido lugar un persecución implacable que finalizó con un allanamiento en un asentamiento de Flores donde los policías habían tenido que descargar cientos de balazos sobre el pobre tipo al que confundieron con Ward. También el pasquín le sirvió para taparse la cara mientras esperaba frente a la casa de Minina que volviera del trabajo, no fuese a ser que siguiesen buscándolo.
   Minina no apareció hasta las seis y media de la tarde, porque al salir de la escuela se había dirigido hasta la Secretaria de Inspección y allí tomó una suplencia en el turno tarde. Volvió cansada porque el grupo nuevo era muy revoltoso y la directora una harpía y solo quería poner sus pies en una palangana con agua y sal. Cuando, desde la esquina, divisó a Carlos Ward junto al portón de entrada, no creyó al comienzo que fuese él en verdad y dudó de sus sentidos.
   Carlos Ward, el hombre de las 41 mujeres, solo había tenido un amor en su vida y era Minina. Pero Minina nunca le había dado bola, y ahora, con las emociones de las últimas horas, quería volver a probar suerte. 
  Tal vez a Carlos Ward ya le ardía la fiebre por la herida mal curada; tal vez la herida mal curada ya estaba infectada. Carlos Ward miró a Minina y le dijo:
- Vine para terminar el recorrido en tus brazos. Es solo un ratito y luego me muero.
  Minina, que nunca le había dado bola a Carlos Ward porque pensaba que era un mujeriego que solo quería desflorarla y luego marcharse a volar por ahí dejandola con el deseo de más Ward como le había sucedido a su amiga Marcela que para borrar el recuerdo del hombre tuvo que entregarse a la prostitución; Minina, que siempre había deseado que Carlos Ward muriese en sus brazos para así estar segura de que Carlos Ward no volvería a corretear por las piernas de ninguna otra mujer; Minina, que había tenido un día terrible en el trabajo con un montón de chicos revoltosos y una directora que era una harpía, y que sabía que solo Carlos Ward podía arrancarle una sonrisa; Minina dijo que no.
- ¿Cómo que no?
- No.
  Es cierto que Carlos Ward, el hombre de las 41 mujeres, murió asesinado por una mujer. Es mentira que fue Nadiuska, su amante croata. Carlos Ward murió tirado en una vereda de Florencio Varela mientras, sentada en un sillón, Minina metía los pies en una palangana.


domingo, 13 de febrero de 2011

4 años de Damebola

  Queridos lectores:

  Gracias por llegar hasta acá, hasta los cuatro años de damebola. Desde ese primer poema que publicamos en febrero de 2007 hasta el día de hoy han pasados muchas poesías y cuentos y me han llenado de comentarios que, ya sean flores o palos, me requete-contra-sirvieron para seguir adelante y empeñarme en mejorar, para ser mas claro y tratar de que mis historias sean un poquito menos mías y un poquito más suyas.
  Un agradecimiento gigante para todos los que hacen los blogs amigos, todos los artistas que colaboraron con sus fotos, pinturas y escrituras; también a los que gustan de comentar y a los que gustan de asentir o disentir en silencio.
  Para que el festejo sea completo, vamos a ir con los regalos: esta semana vamos a publicar un montón de cosas que estaban en el tintero, empezando el 14 de Febrero con un cuento de amor como para estar a tono con el día.

  Les dejo una foto que me tomó Marilú Mansilla:

(me gusta como me quedaron los bigotes).

 David Rojas.

miércoles, 12 de enero de 2011

Muchos pensamientos para una sola cosa

Este cuento va para mi hermano Javier.

  Todas las mañanas son iguales: lindas, novedosas y especiales. Me levanto, abro la canilla y descubro que el agua todavía no volvió. Ya son dos semanas, el barrio, encima del calor, tiene un tufo a chivo y huevos terrible y yo no soy la excepción. Nuevamente no me afeito, no vaya a ser cosa que, por no ablandar mi piel con el calor del agua caliente, me corte como un pelotudo con la gillete.
  Levanto la tapa del inodoro: un terrible olor a baño de estación amenaza con voltearme, así que cierro y me digo que ya orinaré en el trabajo.
  Me pongo la camisa con menos arrugas y menos olor, sudo bajando los ocho pisos, y salgo al sol de las nueve de la mañana que a esta altura ya te recalienta la cabeza con treinta y cuatro grados. En el asfalto están los restos de las fogatas de basura que encendieron los vecinos por la noche protestando por la falta de luz. De agua, dos semanas; de luz, un día sí, cuatro no.
  Camino hasta la parada del colectivo. Me subo, pago, levanto el brazo para agarrarme y una vieja me pone mala cara por quedar bajo mi axila.
  Después de un montón de vueltas, bajo en el microcentro y me meto dentro del laburo. El supervisor me mira mal.
  Mientras se enciende la PC, voy al baño, me lavo los dientes, me enjabono las axilas y los huevos. Me acomodo un poco los pelos, también.
  Al salir, mi compañero Morales, me informa que el gerente me llama. Voy y me pega una levantada en peso por mi aspecto.  Me dice que soy un hombre desprolijo, porque en la apariencia no me fijo, que así no puedo ser. Mientras el tipo habla yo pienso que no cambia nada estar un poco sucio si mi cabeza es eficaz. Se lo manifiesto y el trompa niega, no, no, no, y me echa de su oficina, tirando Glade detrás de mí.
  Vuelvo a mi escritorio, me siento delante de la PC. Mi compañero me pregunta qué quería él gerente. Resignado, le contesto:

- Siguen reprochandome, Morales.

 Vagabundo, por Javier Díaz
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  Acá, el gran tema de Pappo y un link sobre la falta de luz en Buenos Aires y los piquetes en respuesta:

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