miércoles, 3 de septiembre de 2014

Tatuajes

Se despertó tras una pesadilla. Sudaba, casi hasta pegarse al colchón. Estaba agitado.
Miró a su izquierda: su esposa dormía, el pelo extendido sobre la almohada, tranquila. Dulce sueño. La cadencia de su respiración, el subir y bajar de sus pechos, movía el tatuaje que la mujer tenía sobre el seno derecho.
Pensó. Siempre pensaba de más. "Si ese tatuaje, con esa flor, estuviera en otra parte... porque la flor es ella y la piel es ese otro que tuvo, el que andaba en velero, o tal vez aquel otro, el que corría todos los domingos. Todos hombres que debían ser gigantescamente musculosos y yo que paso horas llenándome de lípidos... O el otro, el de la cerveza... O el otro o el otro o el otro... Si el tatuaje estuviera en otro lado... Pero no, está sobre su seno, el seno que quiero estrujar y no puedo, porque es el otro, el seno vivo, respirando, no puedo dormir".
Se incorporó, harto de no descansar, y silenciosamente buscó sus pantalones, atravesó toda la casa, salió a la oscuridad de la noche y caminó una cuadra hasta la ruta.
Y se acostó sobre el asfalto.