lunes, 9 de noviembre de 2009

Rodo, el poeta vegano

Encontré a mi amigo Rodo, el poeta vegano, desmoronado sobre la mesa del bar de Ramón que solíamos compartir en nuestra desocupación. Tenía los ojos rojos y el conjunto que hacia su cuerpo laxo y la mirada perdida me extrañó enormemente porque Rodo, además de odiar la explotación animal, era abstemio y ahora todas las señales indicaban que se había agarrado una buena curda.
Sin embargo, rapidamente, la botellita de agua mineral sobre la mesa desmintió mi tesis. No era borrachera, así que solo podía ser depresión.
- ¿Qué te pasa, Rodo? -le pregunté amable y chistosamente- ¿Otra vez con el dilema moral sobre si está mal tomar agua sin escherichia coli?
- No es eso, amigo, no es eso. Estoy arruinado. Hice una locura.
- ¿Te comiste un sanguche de vacio de los que hace Ramón? No te preocupes, que con la excusa de que los hace jugosos, vienen prácticamente con la vaca viva.
- No te rias, Manuel, no te rias de mi desgracia.
- ¡Eh, che! ¿No habras perdido la inspiración, no? Si es así, yo te ayudo. Escucha el poema que hice mientras viajaba en el 500:

Algo oscuro
se cruza en mi camino;
pateo al gato negro
¡mierda!
era soruyo de canino.

Mi poema no fue del agrado de Rodo que enseguida comenzó a destruirlo; me dijo que más que poema parecia un aro-aro, que era especista porque asumía que estaba bien pegarle a un gato y que si de verdad había pisado caca me lo merecía por cobarde y no se cuantas cosas más porque en ese momento me fui a la barra y le pedí a Ramón un vinito.
Volví con mi botellita y dos vasos; serví uno para mí y otro para mi amigo que se negó a tomar; lo agarré del pescuezo y le eche un trago de tinto en el garguero. No pasó mucho tiempo para que la bebida hiciera efecto y Rodo soltara la lengua.
- Este vino es riquísimo, es como una zapatilla de los tiempos que me lleva a mi niñez. Me acuerdo cuando aún no conocía la poesía y miraba a las niñas en el jardín, tirandome al piso para ver sus bombachitas de goma. ¡Cuánta inocencia! Más luego vino la edad y las mujeres se convirtieron en un dolor de cabeza; me rechazaban, me cuerneaban, me pateaban. Comencé a sufrir como un perro y mi corazón se hacia trizas. ¡Pobre Rodo enamorado! Y entonces descubrí la poesía. Empecé a unir palabras, a jugar con las ideas; y las mujeres volvieron a mirarme, volvieron a interesarse en mí. Empecé a ser un bicho raro en el barrio y las chicas en la cola del supermercado suspiraban por mí y las madres en las veredas, en el mate vespertino, se pasaban recetas para evitar que yo entre por las ventanas de sus casas y desvirgue a las quinceañeras. ¡Me convertí en un seductor, en un Don Juan! Porque encima, a mi sensibilidad de poeta se unía mi sensibilidad de vegano y eso atraía más y más a las féminas, aunque sus padres les decían que si yo no comía carne debia ser homosexual.
Las historias de las conquistas de Rodo, el poeta vegano, me las conocía de memoria, porque siempre eran un recurso para distraer a los rivales en las canchitas del barrio, contandoles que mi amigo se había acostado con sus hermanas, lo que los enfurecía y se quejaban y decían "antes con un Testigo de Jehová o con el viejo que levanta la Quiniela, pero con ese anormal no!".
- Bueno, pero todo eso ya lo sé. Ahora desembuchá de una vez. ¿Qué te pasa que estás así de tirado?
- Es que... Embaracé a Sarita...
Era verdad. El poeta vegano había metido la pata hasta el fondo, porque Sarita no era otra que la hija del Tano, el carnicero del barrio.
- ¿Te das cuenta lo qué eso significa? El Tano es un tipo jodido. En cuanto se entere que su hija esta embarazada, me va a obligar a casarme con ella.
- Claro. Y además te va a obligar a laburar.
- Sí. Los esposos de las hermanas mayores de Sarita trabajan todos en la carnicería. ¡Sería mi peor pesadilla hecha realidad! Imaginarme los cadaveres de las vacas me revuelve el estómago; tener que cortar sus cuerpitos, decirles a las señoras que la paleta está tiernita... ¡¿Qué hago, Manuel, qué hago?!
A cualquier otro yo le hubiese aconsejado abortar, pero mi amigo ponía en el mismo plano a terneros y a bebés y eso lo hubiera visto como un crimen contra la humanidad. Otra era rajar; pero El Tano no lo dejaría escapar, lo iba a encontrar tarde o temprano y lo metería en la Iglesia para felicidad de Sarita.
A falta de consejo, le llené el vaso nuevamente para que ahogue sus penas en alcohol.
- Por suerte, Manuel, aún me queda la poesía. -Me dijo el poeta vegano. Y llamándo a Ramón, el dueño del bar, recitó una de sus geniales creaciones:

Mozo, mozo
sirvame tinto del fino
que esta noche me emborracho bien borracho
porque a mi novia no le vino.


Bebe, por Sergio Martínez