miércoles, 24 de febrero de 2010

Accidente

Estaba en el bar tomando un café y tratando de concentrarme en la lectura del diario, buscando algún hecho cotidiano para inspirarme y desencajarme y poder salir de la banquina a la que me había relegado el no poder entregar el cuento que le prometí a mi editor sobre Carolina Fernández, mi amor de juventud, cuando un grupo de pibes vociferando y gritando detrás mio me distrajo. Sentados en la mesa ubicada a mi espalda, hacian tanto ruido con sus risas y cervezas que era imposible concentrarme.
El que llevaba la conversación era un pibe, de no más de dieciocho o diecinueve años, como sus compañeros. Estaba contando una historia sobre un accidente de tránsito y sobre una maniobra que tuvo que hacer con su Citroën C3. Supuestamente, si uno se atenía a la historia que contaba, había tomado de más y fumado faso y ya no podía controlar su pie que parecia hundirse en el acelerador; entonces agarró Panamericana y aprovechó que era tarde en la noche y parecía un billar; y justo cuando ya las luces no eran luces sino que parecían pintadas con crayones, empezó a ver coches parados a los costados de la autopista y gente que le hacía señas moviéndo los brazos. Pero él no frenó, porque no sabía que en realidad esa gente le estaba indicando que más adelante había ocurrido un accidente en cadena que parecia no terminar nunca porque a esa hora, en la Panamericana, todos los autos iban muy rápido y cuando llegaban a la zona del choque la velocidad no les permitia frenar a tiempo y entonces pasaban a formar parte de una masa compacta de autos, una masa en llamas, con olor a pollo y humo imposible de respirar. Entonces, cuando se dio cuenta de que había sido un error acelerar tanto y que aunque frenara iba a terminar formando parte de esa pila de autos que ya parecía Nascar en 1960 pero sin suerte, pegó un volantaso y se tiró tanto a la izquierda que la fricción entre el auto y el guard raid comenzó a echar chispas; pero no chispas como las que larga una piedra cuando la aplasta una rueda del tren sino chispas como la que larga una soldadora halógena. Así, logró pasar de largo y evitar el siniestro. Horrorizado, aceleró aún más y escapó.
El tipo terminó de contar su historia entre exclamaciones de admiración de sus amigos y palmadas de asentimiento y comienzos de historias en las que siempre quien las contaba era un experto corredor. Yo me cambié de lugar, porque si seguia escuchando me iba a seguir distrayendo y tenía que terminar el cuento sobre Carolina Fernández que me había encargado mi editor.
Me senté en una mesa contra la ventana, encendí un cigarro y pedí otro café. Mientras esperaba que lo traigan, me puse a mirar a través del vidrio los autos que pasaban por la Avenida. Entonces volví a cambiarme de lugar y me acerqué a la mesa más próxima a la barra, porque esos segundos sentado observando el transito me hicieron reflexionar sobre cuestiones filosóficas y llegué a la conclusión de que el ser humano es frágil y pelotudo y lo mejor era sentarse en una mesa contra la pared, bien al fondo, donde no pudiera llegar ningún boludo con su coche.