martes, 16 de noviembre de 2010

La noche de los perros


  Antonio caminaba pegado a las paredes: en el barrio comentaban que si uno no quería quedar como un gil tenía que marchar por el medio de la calle, pero él estaba seguro de que yendo por la vereda tendría más chances de saltar una reja y meterse en un zaguán u ocultarse tras un árbol en caso de que doblando la esquina apareciese algún chorro o una bandita con ganas de punguear. Sacó el celular y miró la hora: no vio nada, porque la pantalla no tenía luz de tan casqueado que estaba, y no había mucha iluminación en el barrio. Debía ser, calculó, alrededor de las dos de la madrugada. Media hora antes había salido de su casa en busca un kiosco: su novia llegó de visita después del trabajo y, como no la esperaba, la heladera estaba pelada y en la alacena solo había migas: sabiendo que si ella no comía se ponía de un humor de perros, había salido a buscar algún lugar abierto donde comprar aunque sea unos alfajores.
  En el cruce de Pedriel y Olazabal, un perro que dormía junto a un portal levantó la cabeza cuando pasó y lo miró con sus ojos lagañosos. El perro se había escapado por la tarde tras una hembra en celo, y tras dar andar diez cuadras, en las cuales se prendieron otros nueve perros callejeros, intentó abordar a la perra. Ella mostró sus dientes, le tiró tarascones y los otros animales no se quedaron atrás, “que se vaya”, le dijeron, “que se vaya, perro feo”, mientras lo corrían por toda la avenida para destrozarlo a dentelladas. El perro, que se llamaba Pupi por culpa del niño de la casa, era medio rengo por culpa de un camionero que había chocado por culpa del perro al esquivarlo para no pisarlo cuando se le atravesó en el camino: viendo el daño el conductor había bajado del vehículo y le pegó tal cantidad de palos que le quebró la patita al animal. Ahora el perro no era atractivo para las perras por culpa de su pata renga, y tras el rechazo amoroso no había tenido otra cosa que hacer más que volver a su casa; pero como era medio desorientado, le había costado trabajo encontrarla y al llegar ya estaba la puerta cerrada, por lo que se echó en el piso a pasar la noche.
  Nicolás dormía con sus pies fuera del cobertor: aplastaba bajo su cuerpo a Pupi, el oso de peluche. Pupi debía su nombre al único balbuceo que podía articular el bebé, su dueño. El niño soñaba con la teta gigante de su madre, aunque esto era una cuestión de perspectiva, ya que el marido de la señora opinaba que las tetas de la misma no eran tanta teta como el desearía, una tetas como las de la verdulera, esa sí que tenía busto. Gracias a ese par de pechos nunca se había visto tal cantidad de hombres haciendo los mandados los domingos. Sus mujeres, contentas, y ellos, boquiabiertos.
  Perla, la verdulera, estaba próxima a cumplir los cuarenta años. Ya se había retirado de la conquista amorosa desde que había liado al carnicero del barrio, pero aún así gustaba de llamar la atención y por eso vestía anchos escotes y por eso mismo estaba despierta a esa hora, esperando todavía diez minutos más antes de sacarse la mascarilla para eliminar imperfecciones de su rostro. Mientras se miraba desnuda en un espejo para corroborar que aún su cintura era más delgada que la de la esposa del carnicero: seguía igual de ajustada que siempre. “Entonces”, se preguntaba, “¿por qué llega tan cansado?” Y una y otra vez se daba la misma respuesta: “seguro que debe estar comiendo en casa, con esa yegua de la mujer, no sé cuando la va a dejar. Por mí que siga con ella, pero que no me quite la verdulería que me puso”.
  Sonó el timbre de calle.
  “Es el carnicero”, pensó Perla, y se echó sobre los hombros lo primero que encontró a mano: una toalla que había usado para enroscarse el pelo recién lavado y que estaba echa sopa sobre una silla.
  Antonio se había hartado de caminar buscando un kiosco, así que al pasar por la verdulería se decidió a probar algo osado: al ver luz por la ventana de la casa contigua al local pensó que a lo mejor los dueños del mismo vivirían allí y si así era tal vez le podían vender unas frutas o algo de verdura para improvisar una ensalada para su novia.
  La puerta se abrió y Perla y sus pechos vestidos solo con un corpiño aparecieron. El muchacho trató de no mirar más que el rostro de la señora, pero le era difícil porque este estaba cubierto de una pasta verde, y además esas tetas eran demasiado grandes como para ocultarlas de la vista, más que la toalla que traía la mujer sobre los hombros chorreaba agua y esta caía en un delicioso hilillo por el surco. Haciendo un esfuerzo increíble, le dijo que “disculpe la hora, pero quería saber si usted es la dueña de la verdulería porque tengo urgencia de comprar melones... Es que vino una amiga a visitarme y no tengo nada que darle de comer... Por favor, está con hambre y si no come se pone de un humor de perros”. “Espera que me voy a vestir”, contestó Perla, después de reaccionar y darse cuenta que estaba media en bolas delante de un desconocido y luego de sopesar si no sería un chorro o si habría algo raro tras el extraño pedido. Roja de vergüenza pero halagada por la mirada del joven, Perla entró a su casa, se quitó la mascarilla, se puso una remera y volvió.
  “Vas a tener que ayudarme a levantar la persiana, porque no tiene puerta”. Perla se agachó y quitó los candados. Antonio comprobó que la figura era apetitosa, mirase por donde mirase. Entre ambos levantaron la persiana y el aire se impregnó de un fuerte olor a lechuga. En la oscuridad, desde el fondo del comercio, se escuchó un gruñido. “Pedra, vení para acá. ¡Pedra!”
  La perra había sido encerrada en el local como un favor a una vecina que tenía terreno al frente y con la perra en celo no podía dormir del desfile de animales frente a su domicilio. Encima la perra era una perra atorranta, que a cada rato se escapaba para ir a provocar varones, y la vecina no quería que quedase otra vez preñada. Así que al volver Pedra de sus aventuras por la tarde, la agarró por el collar y le pidió a la verdulera si la podía encerrar en el negocio esa noche, que la metería dentro de su casa, pero su marido no quería, que le molestaban los animales adentro y no quería que se pusiere enojoso.
  Pedra mostró los dientes y se acercó con el lomo arqueado: la verdulera no era nadie para darle órdenes, y encima molestarla justo que mordisqueaba un pepino.
  “Es la perra de mi vecina, sabe lo que me cuesta decir que no y me trajo el animal para que lo cuide. ¿Ahora como entramos? Esta perra malcriada no le hace caso a nadie. Mira si nos muerde”.
  Haciendo acopio de valor y pensando que si no comía su novia se pondría de un humor peor que el de Pedra, dio un paso en el local a oscuras. Desde atrás de una pila de cajones de tomates saltó el animal. Ambos cayeron al suelo y comenzaron a dar vueltas, hasta que, cerrando Pedra su mandíbula, tomó al chico del pantalón, a la altura de la cola, y le arrancó un pedazo que se quedó masticando mientras el pibe huía hasta la entrada del comercio.
  “Mejor cierro, que esto va a terminar mal”. “No, por favor, espere que agarro dos naranjas, aunque sea”. “No te preocupes, vení a casa y cocino algo y de paso te coso los pantalones”. “No, por favor, no se moleste”. “No hay problema, me gusta cocinar y coser. Además, tengo la heladera llena de carne. ¿Cuál es tu comida preferida?” “Las marineras”. “Serán marineras, entonces”.
  Bajaron la persiana, pusieron los candados, y entraron a la casa de Perla.
  Atravesaron un pasillo e ingresaron a una amplia cocina donde la verdulera, tras decirle que se sacase los pantalones para coserlos luego, se puso manos a la obra y en un segundo, mezclando harina y carne, preparó unas marineras. Tomó una sartén, le echó aceite y la puso al fuego. “Ahora, apenas calienta el aceite, pongo la comida a freír y te llevas unas milangas espectaculares”, dijo mientras se daba vuelta sonriendo. Al hacer esto tuvo el pequeño accidente: con su cuerpo empujó la sartén y la sartén se dio vuelta y el aceite saltó hacia ella: no estaba tan caliente como para aullar de dolor o levantar la piel, pero Perla se asustó y comenzó a gritar igual. Solícito, Antonio estuvo al instante junto a ella y la ayudó a sacarle la remera. El aceite había traspasado la tela. “Vamos junto a la canilla así te limpias… Ahí sale todo”. “Sí, te quedó medio colorado, ¿te arde?” “No, no me arde para nada”. “Pero tenés la panza coloradita”.
  Antonio estaba en calzoncillos y enseguida se notó como lo perturbaba el juego de tocar a Perla. Perla, que estaba extrañando los juegos con el carnicero desde hacia días, también reaccionó, y tras que estaban ambos con poca ropa, de ahí hubo un paso a que estuviesen sin ninguna.
  Un rato largo después, Antonio prometía volver y salía con el pantalón roto y un atado con marineras bajo el brazo. Comenzó a desandar el camino.
  En la esquina de Pedriel y Olazabal, el mismo perro que lo había mirado a la ida, levantó la cabeza entre su sueño y lo observó nuevamente. “Este ya pasó por acá”, pensó Pupi. “Pero... ¿qué es ese aroma? ¿es el aroma de la dama que seguí hoy? No puede ser, no puedo controlarme, desde esta tarde que ese perfume me tiene loco”.  Pupi se abalanzó sobre Antonio, desorientado como siempre, confundiendo al muchacho con su amada. Él quería refregarse un poco, pero el pibe pensó que otra vez un perro lo atacaba y empezó a correr.
  Nicolás, el bebé, se despertó con los gritos que pegó el acosado muchacho. “¿Pupi?”, dijo, y se puso a llorar. Su madre se levantó, sacó un pecho fuera del camisón y le metió el pezón en la boca para que se durmiera otra vez. El niño se sintió colmado y enseguida se le pasó la rabieta. Desde la cama, el marido de la señora, que se había despertado por culpa del llanto, se tapó la cabeza con la almohada y se preguntó cuando se destetaría ese niño, que ya le están saliendo dientes y la mordisquea toda a Susana y después no se deja ni tocar. Las mujeres son todas iguales, como esa verdulera que tanto muestra y tan poco vende.
  Afuera, con el perro tras él, Antonio recordó aquellas palabras que decían de noche era mejor caminar por la calle que por la vereda, pensó que tal vez no hacían referencia a chorros sino a perros enojados, así que decidió probar, bajó el cordón y siguió moviendo sus pies por el asfalto. Pupi no aflojó. Rengo y todo, corría tras su presa y pensaba en todo el amor que le ofrecería a esa perra ahora que no había otros perros que compitiesen con él.
  El muchacho estaba desesperado, esa noche le había tomado un miedo atroz a los perros. Ya sin saber que hacer para escapar de su perseguidor, abrió el paquete de marineras y se las arrojó. El perro, que desde que se fuese ese día temprano de su casa no había probado bocado, aminoró la marcha y volvió tras las marineras. “Es que si no tengo el estómago lleno no voy a poder rendir frente a ella. Si me alimenta, es porque me quiere conquistar. Que ya sabemos que las mujeres predican esa creencia de que al hombre se lo conquista por el estómago. Que quien sabe cocinar, ya se puede casar. Que tortas y postres para el novio y un cerdito para la boda”. Esto cavilaba Pupi, comiendo en medio de la calle, y no vio venir el camión. El camionero sí lo vio, pegó un volantazo y se la dio de lleno contra un árbol.
  Tomándose la cabeza, el conductor descendió y al ver el daño comenzó a putear y se abalanzó contra el perro, que si bien rengo podía correr, ya no tenía la misma velocidad después de dos kilos de marineras. Un palazo tras otro palazo recibió y un gran golpe en una de sus patitas sanas que se quebró en dos.
  El muchacho abrió despacito la puerta de su casa: las luces estaban apagadas, por lo que pensó que su novia se había dormido, pero no, solo estaba sentada en la oscuridad, en el sillón, esperando. “¿Qué pasó que tardaste tanto?” “Es que no conseguí ningún lugar abierto donde comprar comida”. “Me cansé de llamarte, ¿cuándo vas a cambiar ese celular zaparrastroso que nunca funciona?” “Es que lo quiero así, aunque esté rotito”. “¿Y ese olor?”, preguntó y se acercó a olerle el cuello. Ahí se enojó y le vino el humor de perros que solía adoptar cada vez que algo le molestaba. “¡No se puede confiar en vos, yo me voy inmediatamente!” “¡No, mi amor, no es lo que vos pensás!” “¡Sí, es lo que yo pienso! Tenés un olor a marineras terrible: vos comiste en otro lado y a mí que me parta un rayo, sola acá, como una perejila!
  La puerta de la pieza se cerró con un estruendo. Antonio se acomodó para dormir en el sillón pensando que, si quería el perdón de su novia, debería olvidarse por un tiempo de comer marineras para evitar recordarle el motivo de la discordia. No le importó mucho, porque decidió, desde el día siguiente, incorporar más verduras a su dieta.

 Fotografía del señorísimo Julián Beroldo