miércoles, 9 de noviembre de 2011

Begas Vowie y la pelopincho


  Mucho antes de ser el dandi que soy hoy en día, yo era un fracaso. Las mujeres no me daban bola, pasaban al lado mio y ni siquiera me dedicaban una mirada de asco. Yo era un adolescente retraído, que para animarme a pedirle la hora a una piba tenía que estar borracho. Mi mejor amigo, Marcelo, era igual que yo, así que nuestra vida pasaba de la escuela a la casa de alguno de los dos para dedicarnos a jugar video juegos, como mucho una salida al ciber para los Viernes a la noche.
   Un día sábado Marcelo llegó muy excitado: lo habían invitado a una fiesta. Enseguida me prendí; nos pusimos de acuerdo, plantamos nuestra mejor ropa y el sábado arrancamos para el lugar.
   Mientras viajabamos en el colectivo, mi amigo me contó como venía la mano: su tio cumplía años y había decidido tirar la casa por la ventana. El tipo vivía en un departamento y había invitado al edificio entero porque pensaba meter tal bochinche que no quería que nadie lo denunciase por ruidos molestos.
-¿Y hay mujeres? -pregunté, con la hormonas golpeando mi craneo.
-¿Mujeres? ¡¿Cómo te pensás que puede haber un edificio en el que no haya mujeres?! ¡Va a estar lleno. Mujeres chicas, mujeres grandes, mujeres flacas, mujeres gordas, mujeres para tirar para el techo!
  Y la verdad es que Marcelo tenía razón: el lugar estaba lleno de mujeres: mujeres mayores que solicitamente rodeaban a su tio y le ofrecían diferentes caldos y viandas con las que habían colaborado. Algún vinito por aquí, otro por allá, pero no mucho, que Don Oscar tenía tantas enfermedades que había que cuidarlo y no dejar que se salga de la dieta.
   Le hice notar a mi amigo que no había ninguna chica de nuestra edad, pero hizo un gesto con los hombros y me llevó ante su tío, para presentarnos.
  El tipo era un viejo flaquísimo, con ojos de loco, vestido con boina y bufanda que iba en su silla de ruedas de aquí para allá contando chistes verdes y pidiendo que cambien la música, que era una fiesta loco, que no todos los días se cumplen ochenta años.
   Finalmente, a las nueve de la noche, las vecinas se fueron, comentando que ya era muy tarde y había que dejar dormir al anciano. Mi amigo, después de cerrar las persianas porque su tio tenía frio, se puso a lavar los platos y yo me puse a conversar con Don Oscar.
-¿Qué pasó Oscar que no vino ningún hombre?
-¿Y vos qué sos?
-Digo, ningún hombre de su edad.
-Es que el edificio está lleno de viudas. Acá somos todos viejos, compramos hace cincuenta años. Después se fueron muriendo, los hijos se fueron yendo... Es un edificio de viejos. ¡Pero no te creas que esto es aburrido! Ahora, en un rato, cuando las vecinas vean que ustedes se van, uff, no van a dejar de golpearme la puerta.
-Ya lo creo.
-Porque las viejas me vienen a buscar.
-Claro.
-Porque así como me vez soy un pibe.
-Seguro.
-Porque yo las vacuno.
-Sí, ya entendí, Oscar, no necesita ser tan gráfico -el hombre hacia movimientos con sus brazos al tiempo que me guiñaba los ojos.
-Acá está tu amigo que no me deja mentir. ¡Marcelo! ¿Cuantas veces viniste acá y viste salir a una mujer del departamento?
-¿A la enfermera?
-Sí, la enfermera. ¿De verdad pensaste que era una enfermera? Esa piba viene y hace todo el numerito. Yo las vacuno a todas.
  Así pasó el resto de la noche. Don Oscar nos siguió contando sus conquistas, con detalles escabrosos. Con Marcelo nos mirabamos y en silencio nos indicabamos que el tipo estaba medio loco, pero como ninguno de los dos había tenido relaciones todavía, tratabamos de ver si algo podíamos aprender.
   Pasó el tiempo, crecimos, terminamos nuestros estudios secundarios, nos hicimos grandes y decidimos dejar nuestras casas. Empezamos a buscar un departamento para irnos a vivir: con algún laburito que pegamos, entre los dos podíamos bancarnos. Oscar nos hizo la gamba para conseguir lugar en el edificio en el que vivía y así, contentos, tuvimos nuestro departamento de solteros mi amigo y yo. Con las mujeres nos seguía yendo igual de mal, ninguna nos daba pelota, a lo sumo alguna se acercaba en la Facultad y nos pedía que la agreguemos en algún trabajo práctico, cosa a la que accedíamos porque a pesar de todo nunca perdíamos las esperanzas, pero la mina después del diez nos dejaba pagando siempre.
   Los que sí nos querían eran los viejos del edificio, porque eramos tranquilos y les ayudábamos a cambiar las lamparitas o sacábamos a pasear a los perros y de paso comprarles Jockeys Suaves. Oscar nos pedía cerveza de contrabando, sin que se entere ninguna vecina, pobre hombre tenía que cuidar la dieta por la hipertensión. Llevábamos las cervezas y Oscar, envolviéndose en su bufanda y calzándose su boina, empezaba a contarnos sus aventuras sexuales, que nunca se terminaban porque no solo había arrasado con todas las señoras del edificio, con las enfermeras y las doctoras del centro médico, con la chica que le limpiaba la casa y la que le planchaba y con la administradora del edificio, sino que ahora se había anotado en el Club de Jubilados del barrio y eso le habría posibilidades infinitas de conquista.
   Una noche, el viejo Oscar puso el dedo en la llaga, nos hizo la pregunta que siempre habíamos temido con Marcelo que nos hiciera.
-Chicos, ¿ustedes no tienen novia?
-No... -contestamos a coro, temiendo lo que se venía.
-Porque nunca salen, están todo el día acá adentro... ¿No serán virgenes, no?
   Al oir nuestra respuesta el viejo Oscar se calentó, saltó de su silla de ruedas y nos gritó que eso no podía seguir así, que era antinatural, que ya teníamos los huevos peludos.
-Escuchen bien. Cuando cobre la jubilación, les prometo que los voy a llevar a ponerla. ¡Vamos a ir a un cabarulo!
-Nos negamos un poco, pero no con muchas ganas, porque ya no dabamos más, queríamos que una mina aunque sea nos acariciara la cabeza, y si no habíamos ido antes era porque teníamos miedo de entrar y no saber como comportarnos y además nuestras economías no nos permitían mucho.
   Pero aún faltaba mucho para la fecha de cobro del viejo, y encima estabamos en un verano muy caluroso, lo que aumentaba nuestra temperatura. Fue a mí a quién se le ocurrió la idea, pero a todos les gustó. En la reunión de Consorcio propuse instalar una pelopincho en la terraza. La idea fue muy bien recibida, aplaudida, casi diría que ovacionada; incluso fue una de las pocas reuniones en las que a nadie se le ocurrió protestar porque los gatos de la señora del tercero saltaban de balcón en balcón y orinaban todas las casas.
  Al día siguiente viajé hasta la casa de mi vieja; revolví el galpón hasta encontrar la lona y los caños, y luego volví con el paquetón en el colectivo, para incomodidad de los demás pasajeros.
   Ya casi era medianoche cuando terminamos con Marcelo de armar la pileta, azul, con dibujos de pecesitos celestes. No habíamos cenado así que pedimos pizza con mi amigo y mientras esperábamos llenamos con baldes la pelopincho porque no quisimos despertar a la portera para pedirle prestada la manguera.
   Cuando estuvo llena y llegaron las pizzas, bajamos hasta el 5° C a buscar al viejo Oscar y lo cargamos a la terraza. El viejo se llevó su boina y su bufanda por si hacía frio, y una botella de moscato reservada para ocasiones especiales:
-Pensaba guardarla para celebrar cuando perdieran la virginidad, pero para qué esperar, la próxima semana cobro y les pago las chicas y de paso compro otra botellita.
   En calzoncillos, nos metimos los tres al agua y nos pusimos a comer y a beber.
-Esto me hace acordar -empezó a contar Oscar- a la vez en que tuve sexo en la pileta del club. Fue hace dos semanas. La clase de natación había terminado, todos se fueron y yo pensé que la profesora, una mina de unos treinta años con un culo terrible, como todas las nadadoras, se había olvidado de mí, de que necesito ayuda para salir de la pileta. Apagaron las luces: habían cerrado el club. ¡Imaginen, si me quedaba en el agua, iba a despertar más arrugado de lo que estoy! Entonces apareció la profesora y me dijo, “Oscar, no piense que me olvidé de usted”, y ahí mismo se sacó la malla negra, una malla enteriza, no sabés pibe lo que era eso. La mina se tiró de cabeza a la pileta y emergió delante mio, mirandome provocadoramente. Yo ya veía venir lo que que se venía, así que me saqué el short. Entonces ella se puso juguetona y me dijo “Oscar, que lindo patito de goma que encontré” y...
   Oscar cortó su relato y señaló, incrédulo, hacia el cielo. Miramos también y nos quedamos boquiabiertos: sobre nuestras cabezas una intensa luz se acercaba más y más al edificio.
-¡Son extraterrestres! -gritó Marcelo.- ¡Nos van a secuestrar!
   La luz comenzó a descender, y cuando estaba a unos diez metros se apagó, dejando ver una especie de platillo volante que, lentamente, se posó al lado de la pelopincho.
- Argh -gruñó Oscar, y temí que le estuviera dando un paro cardíaco, pero solo se había atragantado con una aceituna que ya escupía a tiempo y bajaba con moscato.
  Una pequeña puerta se abrió al costado de la nave: la luz interior recortó una figura humanoide que nos habló, con la voz femenina más sexy que yo haya escuchado jamás:
-Saludos, terricolas, mi nombre es Begas Vowie. Atravesando el espacio sideral, enfrentando uno y mil peligros, he viajado miles de años para pedir vuestra ayuda. ¡En nombre de la colaboración intergaláctica, pido vuestro socorro!
  Con Marcelo no sabíamos que decir; pero por suerte estabamos con el viejo Oscar, que chasqueando los dedos, se hizo cargo de la situación:
-Vení, chiquita, si te quedás ahí no te veo bien. Explicale qué te pasa al tio Oscar.
   La extraterrestre salió de la nave y dejó delante nuestro la figura más cortaaliento que hubieramos visto jamás. Encima venía desnuda, por lo que casi nos quedamos sin cuero cabelludo. Y menos mal que el cabello, de un tono azulado, le caía por delante y nos tapaba los puntos más caros a nuestra dicha, porque sino hubieramos palmado ahí nomás. Begas Vowie se acercó a Oscar, se arrodilló junto a él, al borde de la pileta y le habló desesperada:
-Nuestra especie está a punto de desaparecer. ¡Nos hemos quedado sin hombres! Satélites lanzados hace eones por nuestros científicos nos han indicado que solo los hombres terrestres son compatibles genéticamente con nuestras mujeres, por eso he venido en misión para encontrar uno de ustedes que pueda ayudarnos con nuestro problema.
-Y lo encontraste, chiquita, lo encontraste.- El viejo Oscar besó a la extraterrestre y para rematar la tanda de sucesos increíbles, haciendo caso omiso de su imposibilidad para caminar, se paró. Mirandonos nos dijo: - Lo siento mucho, pero el cabarulo va a quedar para otra ocasión. Les dejo mi boina y mi bufanda, que tantos buenos resultados me dieron.
   Agarramos los atuendos de Oscar y luego lo vimos levantar en vilo a Begas Vowie y en calzoncillos y con la chica en brazos, entrar dentro de la nave espacial.
   La puerta se cerró detrás de ellos y unos instantes después, luego de encenderse las luces, se alejó surcando el cielo de Buenos Aires.
   Convinimos con Marcelo en que nadie nos iba a creer lo acaecido, así que nos hicimos los tontos cuando días después los vecinos empezaron a preguntar por su tío, comentando extrañados lo raro de que había desaparecido dejando su silla de ruedas en la terraza.
  Han pasado cincuenta años desde aquella noche. Hoy en día no pasa un baile en el Club de Jubilados sin que una señora nos acompañe a nuestro departamento. En honor a nuestro mentor, queremos creer que el hecho de usar su boina y bufanda tiene algo que ver.

 Imagen de la película El vengador del futuro

2 comentarios:

  1. Esta parece mi versión de Cocoon; pero es realidad es una reescritura de Jia, un cuento muy viejo que sin embargo siempre me pareció una buena idea. Prometo seguir trabajando en él!

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  2. ... los que saben no dicen nada!

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Dicen los que saben...