jueves, 14 de abril de 2011

Tus pies bailar

  En un momento estaba en medio de un tributo a los Ramones y, tras una llamada que recibió mi primo en su celular, me veía metido en un viaje a un boliche de salsa. ¡Salsa! No tanto por la música, lo que me molestaba era que en esos lugares me tengo que quedar parado en un rincón, tomando falsos tragos centroamericanos servidos por falsos cubanos.
  Pero mi primo El Chino había recibido una llamada de una mina que venía chamullando desde hacía rato y no lo podía dejar atrás. Así que lo agarré a Marcelo, le dije nos vamos, y nos subimos al 504 para acompañar al galán a su cita. Cuando se enteró durante el viaje de nuestro destino, Marcelo se enfurruñó, pero El Chino conduce rápido y no era muy buena idea saltar desde el auto hasta la autopista, por más seguidor de Flema que uno fuese.
  Un rato después estábamos por Caballito o Flores tratando de ingresar a la disco.
- Chicos, así vestidos no pueden pasar.
- Pero vengo a ver a una chica, me está esperando. A ella le gusto así como soy, con mi remera de Misfits -argumentaba mi primo, aunque no conocía a la chica y la chica no lo conocía a él. Todo el contacto que habían tenido había sido a través de un chat.
  Marcelo trató de aprovechar el desvío que le ofrecía el mono de la puerta, dando media vuelta y oteando por un bar donde comprar cervezas, cuando una voz femenina saludó al patova y le dijo:
- Están conmigo. Dejalos entrar un rato.
  Como si hubiera sido una aparición de una diosa olímpica cuya voz era voluntad, el tipo se suavizó y nos franqueó el paso. Pero la mujer, a mi gusto, estaba lejos de ser una aparición divina. Era bonita, sí, pero su cuerpo apenas cabía en el vestido plateado que llevaba. Mi primo la saludó con un beso en la mejilla, nos presentó, y entramos tras ella. Se llamaba Gabriela y adentro nos presentó a La Colombiana, una amiga de Lomas del Mirador. Marcelo abrió los ojos lo más que pudo, era una mujer grandota como de las de su tipo: La Colombiana le sacaba dos cabezas y apenas lo vio lo tomó de la mano y lo llevó para la pista de baile. Fue inútil que pretextara que no sabía bailar, ella le dijo que le iba a enseñar y lo iba a sacar bueno y su baile dejaría de limitarse a saltar en el lugar y pegarse patadas.
  Con pena por mí, El Chino, me comentó:
- Me voy a bailar, pero enseguida vuelvo, no quiero dejarte solo.
- Anda nomás, yo voy a pedir un trago.
  Me compré un mojito y me puse a observar el lugar. La mayoría de las chicas no eran muy agraciadas; tampoco eran muy jóvenes y no parecían bailarinas, aunque debía reconocer que se movían bien a pesar de los excesos en el pesaje. Lo que sí, todas muy bien vestidas, igual que los flacos, todos de camisa y saco, facheros, moviendo su cintura sin parar y yo sin entender si tenían la cadera dislocada o la música los purgaba de algún demonio.
  En un momento, se hizo un corro en la pista. La gente empezó a dejar un espacio en el medio, una pareja la estaba rompiendo. Sosteniendo mi trago, me asomé y ante mi asombro, mi propio primo, con su remera de Misfits, sus pantalones chupines y sus borceguíes, hacía dar vueltas como una perinola a Gabriela, la tiraba al aire, se la pasaba por debajo de las piernas, como si toda su vida hubiera bailado.
- Es hermoso -dijo una rubia a mi costado.
  La miré de perfil y vi que era muy muy linda y tenía un cuerpo muy muy bueno. Haciendo acoplo de gracia, le hablé:
- Es tan lindo como yo. Es mi primo.
- Me refiero al baile.
- Y eso que aprendió a bailar en el día de hoy. Si me enseñas, yo también puedo revolearte así. Mi primo y yo tenemos la misma cintura, desde chicos jugamos juntos a la pelota.
  Con chica puso cara de pena, y se alejó hacia la barra. La seguí, pedí un trago para ella y me senté en un taburete a su lado.
- ¿Dije algo que te molestó?
- No... Es que no sé bailar.
- Pero eso no debe ser un gran problema. A una chica tan bonita, más de uno debe querer enseñarle un par de pasos y agarrarla un ratito por la cintura. No sos ninguna competencia para el resto de las mujeres que veo acá.
- Es que varios me sacaron a bailar y trataron de enseñarme, pero se me enredan los pies y me caigo y el que me saca a bailar pasa vergüenza cuando alguien se vuelca encima la bebida por un empujón mio. Acá, si no sabés bailar, podes ser la mina más linda y nadie te va a dar bola
- No te preocupes. Ahora mismo mi amigo Marcelo está tratando de aprender a bailar y mirá el desastre que está haciendo -señalé hacia donde bailaban Marcelo y La Colombiana. Pero Marcelo, lejos de aplastar zapatos, parecía que había nacido con dos maracas en la mano y las chicas se peleaban con él ante el celo de su pareja. Desvié la conversación - No, ese no es Marcelo, Marcelo se debe de haber ido apenado por tener las patas oxidadas.
  La chica sorbió fuerte el final del trago, apoyó el vaso en la barra, me dio un beso en la mejilla y se despidió:
- Bueno, me voy.
- Pará, no sé tu nombre.
- Andrea.
- Pero no sé tu teléfono.
- ¿Para qué lo querés? Nunca vas a poder bailar conmigo, te voy a pisar y te voy a arruinar los zapatos y encarnar las uñas.
- Andrea, ¡vayamos a bailar otra música!
- Es que no puedo bailar nada, ni salsa, ni cumbia, ni el himno nacional.
  El Chino y Gabriela, Marcelo y La Colombiana, dejaron de bailar y se acercaron a nosotros.
- ¿Qué pasa que no bailan?
- Es que yo no sé bailar.
  Gabriela se rió. E hizo un gesto de desdén. Mientras se tiraba sobre un Cuba Libre, comentó:
- Con esa cara, me parece que te lo estás tomando muy a pecho. Primero que nada te tenés que divertir.
- Hacele algunas cosquillas -aconsejó La Colombiana, mirándome a mí.
- Es que no tengo cosquillas, ni con una pluma.
- Todos sabemos bailar -dijo en tono filosófico El Chino-. Lo que pasa es que a veces no tenemos el valor.
- Pero el valor aflora ante el peligro -acotó Marcelo tratando de seguir la línea de pensamiento de mi primo.
  Yo, que me había prendido a la rubia y no quería que se fuera, me aferré a esta idea y le murmuré algo a mi amigos al oído.
  Decidido, me encaminé hacia la pista, donde las parejas bailaban en una armonía perfecta con la música.
- ¡Oh, no! -gritaron a coro El Chino y Marcelo- ¡va a bailar solo! ¡la mayor vergüenza que puede existir sobre una pista de baile!
  Andrea, fue empujaba por las chicas, y en el envión vino a mi rescate, justo cuando yo hacía mi movimiento de un pasito atrás con pie, luego adelante, otro pasito para atrás con el otro pie, luego adelante. Se paró delante mio, la tomé de las manos, y empezamos a movernos.
- ¡Estoy moviendo los pies para cualquier lado! -me gritó entre el estruendo de la música.
- ¡No te preocupes, hay tanta gente que nadie va a reparar en nuestros pies! ¡Solamente mové mucho los brazos, es mi formula secreta!
  Nos fuimos todos con una sonrisa, mientras mi primo manejaba el 504 por Avenida Rivadavia, buscando un lugar donde desayunar y planear la salida del próximo fin de semana.