viernes, 14 de octubre de 2011

El olor del cigarrillo por las mañanas

  Al terminar una relación, siempre con algo te quedas. Es como cuando te comés un pan, que por más empeño que le pongas, siempre una miguita cae sobre la mesa o se queda pegada en tus bigotes -ni que decir si mojás el pan en el café con leche.
  De mi primer novia, una novia de juventud, me quedó la manía de no meterme en las sábanas limpias con la ropa con la que estuve todo el día en la calle. La chica ponía pausas al momento de la pasión y si no estabamos empelotados totalmente no nos metíamos en la cama. De otra novia me quedó el gusto de no decir todo el tiempo te quieros y te amos. Según ella se gastaban y por eso me daba sus palabras de cariño con cuentagotas, para que no se cosifiquen los sentimientos.
  Pero tal vez una de las cosas que más se me quedaron fue el malestar por el olor a cigarrillo en la habitación. Una pareja me prohibía fumar el cigarro post coito dentro de su pieza; me echaba hacia el comedor, decía que no quería que se queme todo el oxígeno del lugar donde dormía.
  Su comedor no era muy amable: no tenía un buen sillón, no tenía ni un cuadrito, no tenía ni un libro que hojear. Entonces yo me iba al patio, donde jugaba con los perros o miraba el cielo nublado mientras fumaba mi pucho.
  Luego volvía a la habitación, donde ella ya dormía -tenía el sueño fácil- y por más que trataba de despertarla con caricias y cariños sus ronquidos no se podían interrumpir y ya me quedaba sin escarceos hasta otra noche.
  En esos momentos me iba a la cocina, me preparaba un té, y sacaba mi cuadernito y me ponía a garabatear cuentos en los que las chicas no eran tolerantes y por eso fracasaban en el amor.
  La otra noche una mujer me acompañó a casa. Cenamos, miramos una película por la mitad y nos fuimos al dormitorio donde no paramos de forcejear hasta que no pude más y me dormí, muy contento, pensando en las cosas que haríamos por la mañana.
  Más al despertar, mi apreciación del mundo se dio vuelta. Era el olor a humo que llenaba la habitación; la colilla aplastada contra el cenicero sobre la mesita de luz. Un aroma rancio que sentía pegado a sábanas y almohada. Ante esto, yo que pensaba levantarme y hacer un desayuno para dos, le hablé a mi compañera de juerga no muy amablemente y le dije que se me había hecho tarde, que me tenía que ir a laburar, que por favor se apurase en ir.
  La chica me miró desde detrás de sus lagañas, me preguntó si no me quedaba un ratito para un jueguito matutino, y yo medio que aflojé porque tampoco soy tonto. Ella me dijo que antes se lavaba las dientes, y entonces se paró: ¡estaba vestida!
- ¿Qué haces vestida?
- Es que anoche me levanté para ir al baño y hacía frío. Pero ya me desvisto.
  Yo empecé a protestar. Que vaya a saber sobre qué se sentó, que en el colectivo hay gérmenes, que ahora pasó esas porquerías a mi cama. La mina me miró como si le estuviese haciendo una broma y luego fue al baño. Volvió con aliento a menta y se sacó toda la ropa.
  Yo aflojé un poco, y la invité a avanzar poniendo mis manos y mis besos en los lugares claves.
  Entonces, cuando la estreché entre mis brazos, me susurró un «amor mío», y el vaso se colmó.
- Vamos, vamos, que se hace tarde -le dije mientras me paraba y empezaba a buscar mi ropa y a arrojarle la suya.
  Puse la pava, hice un café medio tibio, y la empujé, mientras se maquillaba, hacia la calle.
- Te llamo, no te preocupes.
  Y la llamé, pero ya no la invito a casa. Los «te quiero» me los aguanto, porque tampoco soy tonto, que los siga usando si quiere; yo me los guardo a buen recaudo para que no se gasten innecesariamente.

Consumiéndose, por SpejoBlancoNegro