sábado, 11 de abril de 2015

Tombuctú

  Esta es la historia de Mr. Bones. Mr. Bones es el compañero de Willy Christmas -un escritor vagabundo autoproclamado portador del "espíritu de la navidad". El hombre está muy enfermo, por lo que ambos recorren las calles en una carrera contra la muerte: antes de fallecer, Willy quiere encontrar un hogar para su amigo, dejarlo en manos de alguien que lo cuide.
  Una historia angustiante, narrada desde la perspectiva de Mr. Bones, desde sus sueños y sus reflexiones, mientras trata de comprender a sus humanos. ¿Existe la vida después de la muerte? ¿Dejarán entrar a los perros en Tombuctú y se reencontrará allí con Willy?
  Acá un fragmento para que se enganchen y lo lean:
Así y todo, Míster Bones era un perro. Desde la punta de la cola al final del hocico era un puro ejemplar de Canis familiaris, y cualquiera que fuese la presencia divina que pudiese albergar en su piel, era en primer lugar y fundamentalmente aquello que parecía ser. Míster Bow Wow, Monsieur Woof Woof, Don Guau Guau, Señor Perro.
Como dijo un borracho ingeniosamente a Willy en un bar de Chicago cuatro o cinco veranos atrás: 
-¿Quieres saber cuál es la filosofía de la vida que tienen los perros, amigo? Se reduce a una breve frase: "si no vale para comer ni para coger, échale una meada".
A Willy no le preocupaba eso. ¿Quién sabía los misterios teológicos que encerraba un caso así? Si Dios había enviado a su hijo al mundo en forma de hombre, ¿por qué no podía un ángel bajar a la tierra en forma de perro? Míster Bones era un perro, y a Willy le gustaba su condición perruna, disfrutaba contemplando el espectáculo de los hábitos caninos de su compadre. Willy nunca había tenido un animal de compañía. De niño, sus padres siempre habían rechazado sus peticiones de tener alguno en casa. Gatos, tortugas, periquitos, hámsters, peces de colores: no querían saber nada de eso. El departamento era demasiado pequeño, decían, los animales olían mal, costaban dinero o Willy no era lo bastante responsable. En consecuencia, hasta que se encontró con Míster Bones nunca había tenido ocasión de observar de cerca el comportamiento de un perro, nunca se había molestado en pensar mucho sobre el tema. Los perros no eran para él más que presencias vagas, figuras imprecisas que se movían al borde la conciencia. Se evitaban las que ladraban, se acariciaban las que daban lametones. Hasta ahí llegaban sus conocimientos. Dos meses después de su trigésimo octavo cumpleaños, todo aquello cambió de repente.