lunes, 3 de mayo de 2010

Casa habitada



La casa era una antigüedad ubicada en pleno centro y si la vendían tan barata, nos dijeron los dueños, es  porque le tenían mucho aprecio a la construcción dado que fue el hogar que piedra sobre piedra construyeron sus bisabuelos y no querían venderlo a una empresa especuladora que no dudaría en demoler el caserón y construir catorce departamentos.
  Nosotros aceptamos, porque justo buscabamos algo en zona céntrica y el número que pedían era una oportunidad y nos íbamos a ahorrar quince mil pesos del dinero que pensabamos gastar en un comienzo. Además, Silvina se enamoró de los pisos de parquet que se hundían como elásticos; de las perillas giratorias para encender la luz; de las paredes de la cocina hechas de barro cocido.
  Entonces nos mudamos y nos descubrimos estafados: nada más llegar, la primera noche que debíamos pasar en la casa, vino a visitarnos un vecino viejo que se presentó como don Jorge, al que invitamos a entrar y una vez que se ubicó en mí asiento de ver el fútbol y comió varias galletitas de limón que le convidamos comenzó a contarnos cosas del barrio. Nosotros lo escuchamos con no más atención de la que imponía la cortesía, hasta que se mostró sorprendido por nuestra adquisición, ya que ni las empresas de construcción se habían interesado por la casa.
-¿Qué nadie quería comprar la casa? Pero, ¿por qué?
-Ricardo, ¿no le sorprendió a usted que una propiedad tan bien ubicada, con un terreno tan grande, haya estado más de quince años sin encontrar comprador? Si se tardó tanto en ubicar esta propiedad, es porque la casa está habitada.
  Silvana tembló. A decir verdad, a mí también me dio miedito y un escalofrio me recorrió la espalda y pensé en pasos en la noche, llantos de bebé y objetos moviéndose solos. Haciendo de tripas corazón, porque me dio mucho temor la respuesta, le pregunté con un hilo de voz:
-Dice que la casa está habitada... ¿Habitada por fantasmas?
-No, no. No dije habitada, dije abichada. La casa está abichada, llena de bichos. De ratas.
  Su aclaración me sacó un peso de encima, porque soy medio miedoso, pero Silvina saltó de su asiento y plegó las piernas bajo sus piernas.
-Esta casa es un nido de ratas -prosiguió el viejo-; ¡ratas gigantes de pelo gris, con colas escamosas de más de veinte centímetros que viven en el sótano y por la noche salen chillándo y se meten en las alacenas y se comen la comida y luego entran en los placares y se comen la suela de los zapatos; ratas rapaces que transmiten hantavirus, leptopirosis y la peste bubónica!
-¡Basta, don Jorge! - Lo corté, parándome como si fuese a boxearlo. Tenía que hacer algo frente al miedo que el viejo le estaba metiéndo a Silvina- ¡lo que usted dice es imposible! Primero, porque la casa no tiene sótano; segundo, porque si hubiera tantas ratas hace rato habrían atacado la comida que guardamos en la alacena; y tercero, porque esta propiedad está muy bien ubicada y cualquier constructor la habría comprado y tirado una pastilla de gamexane y listo, ¡chau roedores!
-¿Gamexane? ¡Hubiera sido perjudicial, el lindano se mete en las grasas de todos los animales, incluyendo el hombre, que estén viviéndo en el ambiente cercano a donde se liberó el pesticida y provoca, a la larga, cánceres! ¡La Asociación de Vecinos está en contra del uso de sustancias tóxicas y por eso hicimos piquetes cada vez que venían a matar con Gamexane a las ratas!
-Pero hay otros insecticidas... O gatos.
-Una vez metimos al Mauchi, el gato callejero más fiero que había en el barrio. Hasta los perros le tenían miedo. El caso es que los dueños de la casa le pidieron autorización a la Asociación de Vecinos para usar el gato -porque como era un gato callejero era un gato comunal y nosotros regulabamos su uso- y nosotros, reticentes, se la dimos. Yo mismo traje al Mauchi porque no se dejaba agarrar por cualquiera. Abrimos la trampilla del sótano, que está escondida debajo de la alfombra raída que cubre el piso del pasillo que da a las habitaciones, y tiramos al gato adentro. ¡Pobrecito! -El viejo comenzó a llorar y la voz se le quebró-: ¡las ratas le comieron las patitas! Mauchi maullaba y lloraba y por suerte le habíamos atado una correa porque nadie sabe cuanto mide el sótano en realidad y de esa forma podíamos siempre tirar y rescatar el animal en caso de que se perdiera. ¡Pobre gato! Ya nunca pudo volver a cazar pajaritos ni meterse de prepo en los jardines a embarazar siamesas.
-Don Jorge, no quiero sonar grosero pero voy a pedirle que se retire. Mi señora está visiblemente alterada por lo que usted acaba de contar, una sarta de mentiras, porque no existe ese sótano del cual usted habla. -lo tomé por el brazo y violentamente lo arranqué de mi asiento de ver el fútbol y de las galletitas de limón. Lo arrastré hasta el pasillo de las habitaciones donde estaba la alfombra raída por el paso del tiempo que había mencionado mi vecino y tiré de una esquina de esta. Una nube espesa de polvo que se había estado acumulado por años en las fibras se levantó; cuando terminamos de toser y la tierra se asentó, señalé el lugar en el que debía estar el acceso al sótano para mostrarle a don Jorge que estaba totalmente equivocado, que seguramente su edad le había jugado una mala pasada; yo tenía en mi poder los planos de la vivienda y en ellos no había ningún sótano... ¡Pero sí estaba en el piso! Cuadrada, se recortaba la figura de la trampilla sobre el piso de parquet.
-¿Me crée ahora, Ricardo?
-Eh... ¡Eso no significa nada! En los planos no figura este sótano...
-Lo que pasa es que no hay planos del sótano porque cuando la Municipalidad instruyó a los vecinos a realizar el catastro, esta casa ya estaba construída y ya estaba llena de ratas y nadie se animó a entrar en el sótano. Ya le dije, no se sabe cuanto mide. Algunos libros hablan de un sótano infinito, de un sótano donde están todos los lugares del orbe... Yo prefiero pensar que las ratas son animales asombrosos y han construído galerias que se extienden en mil direcciones.
-¡Basta, don Jorge! ¡Usted está loco! ¡Silvina, trae la linterna!
  Silvina corrió a rebuscar en mi caja de herramientas. Mientras tardaba, el silencio se impuso entre el viejo y yo. Cuando volvió mi señora, trajo la linterna y una soga, con cara preocupada
-No entre, Ricardo, acuerdese de las patitas del Mauchi.
  Sin hacerle caso, me até la soga a la cintura para que Silvina se quede tranquila y luego abrí la trampilla. Un olor denso, como la fetidez de una tumba abierta, asaltó mis fosas nasales. Tapandome la cara con el ante brazo iluminé la estancia: solo podía ver unos escalones que bajaban y se perdían en el oscuridad.
-¡Voy a bajar!
  Me dí ánimos y comencé a descender en el más absoluto silencio: silencio en el sótano y silencio arriba, en mi casa, donde Silvina y don Jorge aguardaban expectantes cualquier novedad.
  No sé cuanto caí. Luego de unos diez peldaños la escalera se terminó y yo, sin darme cuenta, caí al vacío. Dolorido, empecé a buscar la linterna, guíado por su luz. La encontré y me iluminé: primero vi el paquete de galletitas de limón, lleno de migas y soretitos negros. Después ví las ratas que corrían hacía mí agitando sus colas escamosas y amarillas y me desmayé.

  Cuando desperté, fruto de un balde de agua arrojado en mi cara por don Jorge, inmediatamente me saqué la soga de la cintura.
-¡Rápido, tenemos que irnos! ¡Está lleno de ratas, miles de ratas, ratas grises y voraces y con colas largas y escamosas!
-Se lo dije.
-¡Ricardo, para que me cambio!
-¡No hay tiempo, Silvina, no hay tiempo! Nos vamos con lo que tenemos puesto.
  Corrí al armario de mi escritorio a buscar los quince mil pesos que me había ahorrado en la compra de la casa y tenía bajo llave y que me servirían para ubicarme unos días: ya no existían, las ratas habían entrado al cajón y se habían comido los billetes.
  Volví a la sala horrorizado. Don Jorge se había sentado a descansar en mi sillón del fútbol. Nos ofreció asilo en su casa y nosotros aceptamos.
-Me llevo el sillón, es una lastima dejar un mueble tan cómodo para las ratas.
-Llevelo nomás, don Jorge, pero vamos rápido, que no quiero estar más acá.
  Eran las once de la noche. Rodée con mi brazo la cintura de Silvina y salimos a la calle. Antes de alejarnos cerré bien la puerta y casi me vi tentado de tirar la llave de no ser porque pensaba vender a precio de regalo la casa al primer pobre diablo que se interesara.

7 comentarios:

  1. Las ratas son los okupas más difíciles de desalojar de una vivienda ...
    Me gustó tu versión de "la casa tomada", aggiornada a tu manera.
    Cariños!

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  2. Jajaja. Muy entretenido. También encuentro alguna referencia a Amores Perros.
    Lo que me incomodó un poco fue que el desmayo me dejó mucha intriga que al final queda irresuelta. Estuve todo el tiempo esperando a que el personaje descubriera que le faltaba alguna parte del cuerpo.

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  3. ¡qué linda que está la página, Deivid!

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  4. me gusto,entretenido,cortito al pie.mar

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  5. Muy bueno David. Buena atmosfera de terror. Algo de "Casa Tomada", pero aquí mostras a los invasores !!! Seguí asi.
    Doble R

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  6. burda ,parda ,falta de recursos literarios ademas de ser una vil copia o adaptacion de un cuento .
    me duelen los ojos de leerte estimado , dedicate a otra cosa

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Dicen los que saben...