viernes, 27 de agosto de 2010

Recuerdo mojado

  Yo entiendo que una de las cosas más sagradas que hay en este mundo es la hermana de un amigo: pero si hubieran visto a Daniela como yo la vi, entenderían por qué se me iban los ojos detrás de ella cada vez que Víctor se daba vuelta para cambiar la yerba o cuando, con la excusa de ir al baño, dejaba de mirar los bodrios de partidos que mi amigo ponía los sábados por la tarde y entonces me metía por el pasillo y, sigilosamente, miraba por la cerradura como la chica dormía la siesta. Lo mejor era espiar en verano, porque en verano... El primer verano que la espié fue en el del ´93. Yo tenía diecisiete años y ella era una niña de trece, pero ya tenía las piernas que la distinguen. La espié y fue empezar a tejer fantasías y así pasé, como un estúpido, cinco años pensando en la forma de hablarle. A ella y a Víctor, porque no tenía ninguna duda de que él seria, ante una eventual relación, el primero en oponerse.
  Víctor y Daniela eran el día y la noche. La fragilidad de Daniela, sus buenas notas, sus buenos modales y la forma tan tierna de morder las biromes mientras estudiaba contrastaban con lo tosco de mi amigo, su desprecio para todo lo que no fuera fútbol y heavy metal y su forma de escupir tan precisa. ¿Yo? Yo era un tarado que durante mucho tiempo oscilé en el dilema de estudiar para sacar buenas notas y agradar a la hermana de Víctor o ratearme junto con él para tomar un vino en la plaza.
   Finalmente, como buen cagón, nunca confesé mis sentimientos por Daniela. Ni ella ni mi amigo se enteraron y con el tiempo me resigné a que ella iba a ser de cualquier otro, incluso de alguien a quien Víctor odiase, un médico o un abogado, menos mía.
  Terminé el secundario y los caminos con mi amigo empezaron a diferir. A él le gustaba el fútbol y el metal, y como no tenía actitudes para la pelota, decidió comprarse una guitarra. A pesar de su insistencia, rechacé invertir mis ahorros en una batería y puse todas mis energías en la Facultad.
  Poco a poco, como sucede a veces con las amistades de pibe, nos dejamos de ver. Que él estaba en un ensayo, que yo tenía que trabajar; que él tocaba el sábado a la noche, que yo tenía que estudiar.
  Igual, estudiar estudié, pero no me fue muy bien: cinco años después tuve que abandonar la carrera. Mi trabajo en el tallercito me permitía tirar, pero llegaba a clase tan cansado que buscaba los asientos del fondo para dormir. La última vez que el profesor me despertó, agarré mis cosas, salí de clase, y ya en la vereda le dije adiós a los estudios y a los deseos de ser un comunicador social. Empecé a caminar, pensando en el superpancho que me comería en la estación de Caballito, cuando un afiche mal pegado en un poste de luz me llamó la atención: Corroebalas, la banda que dos años antes creara mi amigo, tocaba el siguiente viernes en un sucucho de la capital y era la banda principal. Súbitamente me invadió la nostalgia: me dieron ganas de volver a escuchar la guitarra estridente de Víctor; sus canciones contra los caretas, los canas y los futbolistas que se iban a jugar al exterior. Además, se me ocurrió, tal vez Daniela asistiese. Solo pensarlo, afloró todo lo que sentí alguna vez por ella; me acordé de todas las veces que la espié, sigilosamente, por la cerradura y me dí cuenta de que eso era lo mejor que me había pasado en hasta ese entonces.

  Desempolvé mi vieja remera de Iron Maiden, tomé el tren y llegué al barcito. Me sorprendí, porque parecía un lugar de nivel y no un local roñoso como esperaba. Entré al barcito, estaba muy oscuro y al fondo, sobre un escenario apenas iluminado, estaban acomodando instrumentos. Había poca gente, toda sentada en mesitas. Traté de reconocer a Daniela entre esas personas, pero me fue imposible, así que me acerqué a la barra y pedí una cerveza que me salió un ojo de la cara. Corroebalas debía ser una buena banda para que tocara en un lugar en el que la bebida salía tanto.
  Un grupo de músicos subió al escenario: incluso en ese momento no sospeché nada, porque el impecable traje blanco que lucía Víctor me sonó a una ironía, una burla. Pero cuando mi amigo tomó la guitarra acústica, se sentó, y empezó a cantar canciones melódicas, se me vino la adolescencia abajo. Corroebalas hablaba en sus letras sobre amor, amistad y la paz del mundo. El mundo se había ido al carajo en dos años y yo no me había enterado.
  Terminé mi cerveza y pedí otra y otra más y para cuando Víctor y su banda terminaron de tocar yo ya estaba entonado y dispuesto a cantarle un par de verdades en la cara.
  Me sentía traicionado, y furioso lo abordé. “¡Víctor!”, lo increpé. Él se dio vuelta, puso cara de sorpresa y alegría y me abrazó. “¡Salí de acá! Vine a escuchar canciones contra los caretas y resulta que el careta sos vos! ¡Vestido de traje! ¡¿Dónde está el Víctor que yo conozco, el que se peleaba todos los sábados en la cancha?!” Tomado por sorpresa, mi amigo no sabía qué responder, y solo atinaba a hacer señas para que baje la voz para que no me echaran del lugar. Yo seguía gritando y vociferando y él trataba de meter alguna palabra.
- ¿Vos estás loco? -me susurró-. ¿Cómo vas a armar este escándalo?
- El que está loco sos vos. ¡¿Cómo vas a cantar canciones de putos?!
- Estás en pedo, estás en pedo, hace silencio, por favor.
  Víctor miraba para todos lados, rojo de vergüenza. Se dio vuelta y le dijo a alguien que me sacara afuera. Como me encontraba medio en pedo no pude ofrecer resistencia, y me empezaron a arrastrar hacia la vereda mientras yo no dejaba de gritarle: “¡Puto, careta, encima te pones la gorra y me echas del bar, ¿ves que sos un puto?!”.
  Llegué a la vereda y, no viendo ya a mi amigo, me di vuelta para pegarle al patova que me estaba sacando: pero no era un patova, era Daniela, tan igual a la Daniela que yo miraba. Quedé duro de la sorpresa.
- Pará, tranquilízate -me dijo mientras me abrazaba, temiendo que yo siguiera haciendo macanas.
  Acaté todas sus indicaciones. Que fuéramos para la esquina, que me siente en el cordón, que ya venía, que perdón, se demoró porque agarró sus cosas, que tome un poco de agua, que use su pañuelo, que si quería ir a tomar un café a un lugar más tranquilo.
  Tomamos el café y ahí me contó que la novia de Víctor estaba embarazada, que a mi amigo las cosas no le habían salido bien con el metal y en cambio, tocando esas canciones melódicas, sacaba unos mangos que, junto con un laburo en un local de música, le permitían llegar a fin de mes y construir una piecita en la terraza.
  Luego me preguntó por mí. Le conté que trabajaba como un burro para ganar dos mangos, que con la excusa de la crisis cada vez me pagaban menos, que había dejado de estudiar porque no iba ni para adelante ni para atrás, que no sabía que hacer. Ella me retó por resignar la carrera pero dijo entenderme porque había terminado recién el secundario y no sabía que hacer, que no quería meterse a estudiar porque no tenía trabajo y los viejos no la podían bancar, que tampoco podía conseguir un trabajo como la gente, que qué le iba a hacer. Pero que yo sí tenía algo que hacer.
- ¿Qué cosa?
- Tenés que venir a casa, hace mucho que no pasas. Es una buena oportunidad para que escuches las canciones que Víctor y de paso conoces a la novia que ya está de siete meses y se mudó con nosotros.
- Y... Voy a tener que ir y remontarla mucho después del quilombo que armé hoy.
- No... Víctor te quiere mucho. Incluso escribió una canción, una canción bien de puto -acá Daniela se rio y yo ya estaba pegado al techo- que habla sobre su mejor amigo, sobre ir a la cancha y ratearse de la escuela.
- Daniela...
  Víctor entró al bar. Ahora parecía una persona, se había sacado el traje y me empezó a putear desde la puerta. En cuanto vio que estaba tomando café, me dijo “y vos me decís puto a mí, pedí una cerveza, maricón”. Nos tomamos una cerveza los tres y después agarramos para el lado de Flores, donde había un festival metalero.

  Unos días después visité la casa de mi amigo; sus padres me recibieron muy bien y su novia resultó ser una conocida de mi barrio a quién él siempre le había tenido ganas. Almorzamos y después de hacer sobremesa escuchando a Víctor tocar en la guitarra sus viejas canciones contra los caretas, la policía y los futbolistas que se iban a jugar al exterior, las mujeres lavaron los platos y se fueron a recostar mientras los nos instalamos en el living a ver el partido.
  Para cuando empezó el segundo tiempo, entre el asado y el vino tinto me había dado sueño, así que me paré para ir al baño a mojarme la cara y despejarme un poco.
  Entre al pasillo y fue inevitable: me asaltó la tentación. Sigilosamente me acerqué a la puerta de Daniela: suspiré bien hondo; miré para todos lados para estar seguro de que no venía nadie; golpeé la puerta y, con su invitación y escalofríos en todo el cuerpo, entré.


2 comentarios:

  1. Grande Deivid!!!!!!
    De dónde sacaste el nombre de la banda? Me hace acordar a un amigo que tenemos por acá, jaja!

    ResponderEliminar
  2. Me gusta el nuevo diseño, este cuento está muy bueno.

    Pablog.com

    ResponderEliminar

Dicen los que saben...