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El ahorcado


 Por las tardes, en lugar de dormir la siesta, mi madre me hacía lavar los dientes y salíamos a la calle, rumbo a la casa de una amiga suya.
Su amiga tenía un hija pequeña, de la misma edad que yo. Daniela.
  Daniela era una niña muy independiente, al decir de su familia, y gustaba de jugar sola con sus muñecas, entre los árboles que había al fondo del terreno en el que vivían, el bosque decía ella. Por eso mi presencia era un incordio para la chica, lo que derivaba en alguna que otra pelea.
  En las peleas yo siempre llevaba las de perder, porque me habían aleccionado que pegarle a una dama no era propio de un hombre: así que dejaba que ella me surta de lo lindo, pegándome, tirando de mi pelo, pellizcando. Yo, estoico, me dejaba hacer, esperando que se canse.
  Claro que las peleas no se desarrollaban frente a todos. Cuando llegaba con mi madre a la casa, Daniela me besaba mientras me invitaba a jugar al bosquecito y corría conmigo de la mano hacía el fondo, donde me metía entre los árboles que poblaban el lugar y aprovechaba para darme un golpe tras otro.
  Fue un día de tortazos cuando, tras pegarme, empezó a pellizcarme. Yo trataba de mantenerme impasible.
-¿Por qué no te duele? -preguntó.
-Porque soy hombre.
  Mi respuesta la enfureció: empezó a patearme y pellizcar con más ahínco. Yo lagrimeaba pero evitaba mostrar el dolor.
  Entonces Daniela pellizcó bajo mi cintura y el grito que pegué fue tal que vino mi madre corriendo. Ese día a ella la retaron y a mí me llevaron retorciéndome del dolor a casa.

  Pasaron algunos años: desde aquel día Daniela me llevaba al fondo, pero ya no me pegaba. De hecho, una vez allí, ni me prestaba atención. Se dedicaba a jugar con sus muñecas en el bosque, en silencio. A veces ataba cintas a sus cuellos y las hacía desfilar. Otras veces ataba las cintas a los ramas y jugaba al ahorcado. A mí me fascinaba mirarla en esta nueva etapa de paz entre los dos, pero fingía indiferencia. Yo estaba allí, viéndola jugar durante horas, y ella no me dirigía una mirada ni una palabra hasta que mi madre me llamaba para marchar.

  Fue por esa época en que comencé a soñar con ella.
  En mis sueños Daniela ataba una cinta en mi cuello y luego me colgaba de un árbol.
  Me despertaba agitado, mojado, y mi madre acudía a ver por qué había gritado. "Una pesadilla", le decía, y luego me dormía para despertar por la mañana con mucho sueño, con la sensación de no haber descansado.

  Llegó un verano en el que yo ya me creía un tipo grande: no dejaba que nadie me saludara si no era estrechando mi mano y empecé a lavar mis propios calzoncillos. Ya no acompañaba a mi madre a visitar a su amiga: no quería ver jugar a Daniela, las muñecas eran cosa de nenas. Aún así, a veces pasaba con mi bicicleta frente a su casa; y si la veía a través de la ventana, aceleraba el pedaleo. Luego daba la vuelta manzana y volvía a probar suerte.
  Uno de esos días, al pasar frente a su casa, la vi en el jardín, regando las plantas. Levantó la mano para saludarme, pero aceleré y doblé en la esquina, dispuesto a dar la vuelta para verla de nuevo. Estaba seguro que mi presencia le molestaba, por eso en un tiempo me había pegado y por eso en un tiempo me había ignorado. Y quería molestarla; era mi único objetivo por esos días.
  Pasé frente a su casa de nuevo, pero para mi decepción ya no estaba en el frente. Frené. Recordé el bosque y me dieron ganas de estar allí, mirando que hacía. Me bajé de la bicicleta.  Decidí tocar timbre. 
  Su madre salió, me abrió la puerta y me dijo que su hija estaba en el fondo, que deje la bici ahí mismo y pase tranquilo.
  Recorrí la casa; estaba igual que como la recordaba. Salí al patio: seguía igual, aunque una hilera de bombachitas y corpiños pequeños secándose al sol en un tender llamaron mi atención.
  Caminé hacía la maraña de arbustos y árboles que había en el fondo y que era el bosque que tanto recordaba. Las plantas habían crecido en tanto tiempo, la vegetación era más fuerte.
-Daniela... -Llamé. Pero no se escuchaba nada. -Daniela...
  El bosque parecía vacío. No estaba Daniela ni las muñecas colgando entre las ramas. Di media vuelta para irme, seguro su madre se había equivocado.
  Y en ese momento un piedrazo me pegó en la frente.
  Caí al suelo mientras trataba de reaccionar. Levanté mi vista y sobre un árbol estaba Daniela, desternillándose de risa, con una gomera en la mano.
  Insultando, comencé a trepar, agarrándome a las salientes de la corteza del tronco. Daniela reía y reía.
-¡Ya te voy a alcanzar! -rugí. Daniela siguió riendo un rato, hasta que vio que yo ganaba altura, hecho una furia. Entonces sacó de su bolsillo una bolsita, pero se le cayó. Miré al suelo: un montón de piedritas se habían desparramado.
  Me arrojó la gomera, que me pegó pero no me dolió ni nada, y empezó a subir a las ramas superiores; yo también trepaba y pronto la alcancé. Sentados a horcajadas de uno de los brazos más altos, ella en una punta y yo en la otra, quedamos a un par de metros del suelo, separados a poca distancia.
-Tengo miedo, -dijo-, no quiero caerme.
-Bajemos.
-No puedo bajar ahora. Nunca subí tan alto y tengo miedo. Además, se desgarró mi pantalón. 
  Presté atención. Su pantalón se había abierto por un costado, seguramente al engancharse en alguna rama. Podía ver su piel y sobre la piel su ropa interior. Me puse muy nervioso y de golpe me dio mucha vergüenza de que ella notara mi estado.
-Yo no miro si vos no me miras.
-Así nos vamos a caer. Bajá y después bajo yo. Tengo miedo.
-O bajamos juntos o no bajamos nada -la extorsioné.
  Daniela dudó, pero al rato estiró su mano. Su mano húmeda, transpirada, igual que la mía. La sostuve con fuerza mientras ella se acercaba hacia mí.
  Quedamos frente a frente, muy pegados. Hice acopio de valor y solté la frase, apelotonada, con las palabras en un tono inseguro juntándose unas a otras.
-Solo-te-dejo-bajar-si-me-besas.
  Me besó, y luego caí tres metros hasta el suelo mientras ella reía por el empujón que me dio.
  Me quebré el brazo, pero no había por esos días un tipo más feliz que yo.

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